El profundo anhelo de todo cristiano es ser como Jesús, imitar a Aquel que obedeció perfectamente a Dios y cumplió perfectamente toda justicia. Anhelamos ser “transformados en la misma imagen de gloria en gloria” (2 Corintios 3:18). Este es nuestro anhelo porque ese es nuestro propósito. Según Calvino, Dios quiere “poner nuestras vidas en armonía y acuerdo con Su propia justicia, y así manifestarnos a nosotros mismos y a los demás nuestra identidad como Sus hijos adoptivos”.

Uno de los medios que Dios utiliza para conformarnos a la imagen de Jesucristo es la tentación. Aunque nunca debemos buscarla o desearla, aún así, tenemos la confianza de que Dios redime el crisol de la tentación para refinar a Su pueblo, para eliminar su pecado y para infundir Su justicia en ellos. Aunque nunca elegiríamos ser tentados, aún así vemos cómo Dios lo utiliza para lograr sus buenos propósitos en nosotros. No nos conformamos a Cristo al margen de la tentación, sino a través de ella.

Ya hemos avanzado mucho en nuestra serie, “8 reglas para crecer en piedad“. Estas son instrucciones para que el cristiano viva una vida que agrade a Dios. Hemos llegado a la cuarta regla para crecer en piedad: cuidado con la tentación. Aquí puedes leer las regla 1, regla 2 y regla 3.

La tentación

Ningún cristiano quiere ser tentado, pero todo cristiano lo será.  De hecho, cada cristiano inevitablemente soportará tiempos de tentación agotadora cuando la oportunidad de pecar e incluso el deseo de pecar son casi abrumadores. La Biblia establece que las tentaciones surgirán desde dentro y desde afuera ya que los grandes enemigos del cristiano -el mundo, la carne y el diablo- están desplegados contra nosotros, cada uno atacando con su propia arma de deseo pecaminoso. Cada día y cada hora encontramos nuestros corazones agitados por aquellas cosas que Dios prohíbe. Así es la vida de las personas pecadoras en un mundo pecador.

Si queremos soportar y resistir la tentación, para salir de ella refinados y no arruinados, debemos adoptar una postura ofensiva contra ella. Lo hacemos mediante la vigilancia, la oración contra la tentación y el estudio de nuestros corazones para detectar los primeros signos de su aparición.

Oración vigilante

Cristo nos llama a estar atentos. Nos dice que nos preparemos para la tentación que inevitablemente vendrá contra nosotros orando contra el Tentador y sus tentaciones. La complacencia aquí es el colmo de la locura y de la arrogancia.

Cuando Jesús enseñó a sus discípulos a orar, les dijo que suplicaran: “No nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal” (Mateo 6:13). Por supuesto, el Dios sin pecado nunca tentaría a su pueblo a pecar, “porque Dios no puede ser tentado por el mal, y él mismo no tienta a nadie” (Santiago 1:13). Sin embargo, Dios sí pone a prueba nuestra fe, y a veces estas pruebas exponen debilidades internas que generan la oportunidad y el deseo de pecar. Aun así, estas tentaciones no son culpa de Dios, sino de nosotros mismos ya que “cada uno es tentado cuando es llevado y seducido por su propia pasión” (Santiago 1:14). Aun así, debemos “considerar como una alegría” el hecho de encontrarnos con pruebas y tentaciones, sabiendo que estas pruebas producen paciencia y que la paciencia a su vez, nos hace crecer en madurez espiritual (Santiago 1:3-4). Cada tentación es una oportunidad para resistir, obedecer y crecer en conformidad con Cristo Jesús.

Por ello, debemos orar cada día para que Dios nos guarde de las tentaciones que podrían abrumarnos. John Stott resume la petición de esta manera: “No nos dejes caer en la tentación de tal manera que nos abrume, más líbranos del maligno”. Jesús instruyó a sus discípulos: “Velad y orad para que no entréis en tentación. El espíritu está dispuesto, pero la carne es débil” (Marcos 14:38). No oraron, entraron en la tentación y por su falta de vigilancia, cayeron en un pecado terrible y evitable. Si se hubieran fortalecido en la oración, hubieran podido haber resistido. Aquellos que no oran contra la tentación no pueden esperar soportarla. “Por lo tanto, velad” (Mateo 24:42a)

Autoexamen vigilante

A veces, la tentación parece surgir de la nada y abrumarnos como un tsunami que arrasa la costa. Sin embargo, lo más común es que las tentaciones sigan patrones establecidos y se aprovechen de las debilidades conocidas. Nos preparamos para soportar y resistir la tentación mediante el autoexamen, que implica conocer nuestras inclinaciones pecaminosas y cómo hemos sucumbido a la tentación en el pasado. Cuando el agua llega al desierto, fluye a través de los cauces de los arroyos establecidos incluso si hace tiempo se han secado. De la misma manera, la tentación tiende a seguir patrones establecidos y aprovecharse de hábitos muy arraigados. Pedro advierte: “Sed de espíritu sobrio, estad alerta. Vuestro adversario, el diablo, anda al acecho como león rugiente, buscando a quien devorar” (1 Pedro 5:8).

Para mantener la vigilancia, primero debemos conocer nuestras inclinaciones individuales al pecado. Este auto conocimiento proviene de una búsqueda profunda en nuestro interior porque el pecado no comienza en nuestras acciones sino en nuestros corazones. Jesús dijo: “Porque del corazón provienen malos pensamientos,homicidios, adulterios, fornicaciones, robos, falsos testimonios y calumnias”. (Mateo 15:19). El corazón es la sede de nuestras emociones y deseos y también nuestro centro de control espiritual. Además, es del corazón de donde brota el pecado porque lo que el corazón desea, las manos pronto lo ejecutan . Cada vez que nuestras manos se dirigen hacia el pecado, sabemos que nuestro corazón ya se ha vuelto. Así que debemos ir a la fuente. Primero debemos conocer las inclinaciones pecaminosas de nuestro corazón y sus patrones que nos han llevado a pecar en el pasado.

Luego, como los guardias de una torre que vigilan la menor señal de acercamiento del enemigo, debemos estar atentos a la más mínima tentación, a la más mínima oportunidad de pecar. Debemos vigilar nuestros pensamientos, sabiendo que nuestra imaginación suele estar ocupada mucho antes que nuestro cuerpo. Cuando surgen los malos pensamientos, debemos volver inmediatamente nuestro corazón a lo que es bueno, verdadero, puro y hermoso (Filipenses 4:8). Debemos vigilar nuestros ojos, negándonos a ver lo que pueda despertar la tentación, y nuestros oídos, negándonos a escuchar lo que es burdo e inadecuado (Efesios 5:1-13). Debemos cuidarnos de los ambientes en los que la tentación puede abalanzarse sobre nosotros (Génesis 39:7-10). A través de todo esto, debemos ser realistas y conscientes de nosotros mismos. Debido a la gracia de Dios, somos lo suficientemente fuertes para soportar algunos tipos de tentación. Debido a nuestra depravación, debemos -a toda costa- huir de otro tipo de tentaciones que pueden atraparnos rápidamente (1 Corintios 6:18, 10:14).

Mientras tanto, debemos suplicar la ayuda de Dios, porque somos demasiado pecadores y demasiado interesados para tener la visión clara que necesitamos. Sin Su ayuda, no podemos identificar siempre los malos pensamientos y tampoco vigilar adecuadamente nuestros ojos y oídos. Sin Su ayuda, puede que ni siquiera seamos capaces de reconocer una tentación cuando se precipita hacia nosotros. Aún así, Dios conoce incluso los secretos más profundos del corazón y los expone a través de Su Palabra (Salmo 44:21). Cuando nos acercamos a la Palabra de Dios en oración y meditación, descubrimos que “es viva y eficaz, más cortante que cualquier espada de dos filos, que penetra hasta la división del alma y del espíritu, de las coyunturas y de los tuétanos, y que discierne los pensamientos y las intenciones del corazón” (Hebreos 4:12).

Por lo tanto, velamos en la oración y velamos en el autoexamen. Velamos contra todo lo que pueda tentarnos a alejarnos de la piedad, de la conformidad con nuestro Salvador.

Conclusión

Incluso cuando soportamos la tentación, Dios nos ofrece su amable seguridad de que ningún pecado es más poderoso que su gracia. “No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea común a los hombres; y fiel es Dios, que no permitirá que vosotros seáis tentados más allá de lo que podéis soportar, sino que con la tentación proveerá también la vía de escape, a fin de que podáis resistirla” (1 Corintios 10:13). Si bien es cierto que debemos ser tentados, ceder a esas tentaciones nunca es inevitable, no si nos cuidamos de ellas en la oración y el autoexamen. El deseo y el placer de Dios es preservarnos de las consecuencias de sucumbir a la tentación y concedernos el beneficio de soportarlas. Cristiano, ¡vigila! Vigila la tentación ya que  la mayoría de los pecados se cometen precisamente porque no estamos atentos.

Las “8 reglas para crecer en piedad” se han extraído de la obra de Thomas Watson. Estas son las palabras que inspiraron este artículo: “Vigilad vuestros corazones: fue la consigna de Cristo a sus discípulos, Mt. xxiv. 42. Velad, pues; el corazón nos precipitará al pecado antes de que nos demos cuenta; un corazón sutil necesita un ojo vigilante; vigilad vuestros pensamientos, vuestros afectos; el corazón tiene mil puertas por las que escaparse: Vigilad de cerca vuestras almas. Permaneced continuamente en vuestra atalaya, Hab. ii. 1.  Cuando hayáis orado contra el pecado, velad contra la tentación; la mayor parte de las maldades del mundo se cometen por falta de vigilancia; la vigilancia mantiene la bondad, es la orilla que impide que la religión se deshaga”.