La semana pasada, hablamos del reto de por qué nuestra teología no cambia nuestra vida rápido, al menos no tan rápido como quisiéramos. También hablamos del poder expulsivo de un nuevo afecto; es decir, que los nuevos afectos santos por Dios sacan de nuestras vidas los deseos caídos que tenemos por el pecado. Pero, de estos temas emerge una pregunta relacionada: Siendo realistas, ¿qué tanto cambio puedo tener en mis deseos en esta vida?

Esta pregunta viene de una escucha llamada Emma. “¡Hola, Pastor John. Creo que entiendo el hedonismo cristiano. Por la gracia soberana de Dios en la regeneración, Él me da nuevos deseos que compaginan con los suyos. Esto incluye un nuevo deleite en lo que más deleita a Dios, ¡Él mismo! Amén y amén. Pero, vaya, ¡sí que lucho con un montón de deseos en mí que no honran a Dios! Así que, ¿cómo puedo estar segura de que Dios me ha dado nuevos deseos santos cuando me siento tan a menudo inundada por mis viejos deseos impíos? Incluso Jesús parecía más motivado en Su vida terrenal por el gozo futuro (Hebreos 12:2). ¿Cuánta victoria sobre los deseos es realista y normativa en la vida cristiana, dentro de esta carne caída y de este planeta bajo maldición?”.

Como lo entiendo, Emma hace dos preguntas. Primero, pregunta: “¿Cómo puedo estar segura de que he recibido nuevos deseos santos?”. Y esta pregunta es en realidad: “¿Cómo puedo estar segura de que soy nacida de nuevo?”. Porque eso es lo que el nuevo nacimiento hace; nos da estos nuevos deseos centrados en Dios, en Cristo, llenos del poder del Espíritu. Y la otra pregunta que hace es: “¿Qué tanto deseo por Dios y victoria sobre los deseos contrarios, los deseos pecaminosos, es realista o normativa en la vida cristiana?”.

Así que, contestemos estas dos preguntas de la siguiente manera: Describamos cómo el Nuevo Testamento ilustra los deseos de una persona que ha nacido de nuevo y el tipo de batalla que esto introduce en la vida de una persona. Luego, veamos si las respuestas a las preguntas de Emma fluyen de la descripción del nuevo nacimiento y qué podemos obtener de ello.

Adiós a la oscuridad

Antes de nacer de nuevo, quiero decir: nacer de nuevo por el Espíritu de Dios por medio de la Palabra de Dios, la Biblia nos describe como personas naturales, lo que significa que no tenemos el Espíritu Santo. Y, por tanto, no tenemos la habilidad espiritual de ver la belleza de Cristo y de Su evangelio como son en realidad, ni la habilidad de sentirlas como son en realidad; es decir, preciosas. 1 Corintios 2:14 dice:

“Pero el hombre natural no acepta las cosas del Espíritu de Dios, porque para él son necedad; y no las puede entender, porque son cosas que se disciernen espiritualmente”.

Cristo y el evangelio son necedad, locura, irreales, aburridos para nosotros hasta que nacemos de nuevo y ya nos somos personas naturales sino sobrenaturales: hemos sido hechos hijos de Dios y el Espíritu Santo sobrenatural habita en nosotros.

Ahora, aquí está lo que sucede y el efecto que tiene. Aquí está una paráfrasis de 2 Corintios 4:6-7: “Dios, que en el principio de la creación dijo: ‘Hágase la luz’, ha brillado ahora en nuestros corazones (el mismo tipo de milagro) para darnos la luz del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo. Pero tenemos este tesoro en vasijas de barro para mostrar que el poder supremo pertenece a Dios y no a nosotros”. En otras palabras, en el nuevo nacimiento, Dios vence nuestra ceguera, nuestro estado de muerte hacia la gloria de Dios en Cristo. Él brilla en nuestros corazones con una luz espiritual, no física sino espiritual. Y el resultado es que podemos ver. Pablo lo llama los ojos del corazón (Efesios 1:18). Vemos la gloria de Dios en Cristo como un tesoro.

La palabra tesoro es utilizada por Pablo en 2 Corintios 4:7 para describir a lo que se refiere cuando sucede. Él dice: “Tenemos este tesoro, al que me acabo de referir en el versículo 6 cuando vemos la gloria de Dios en la faz de Cristo, en vasijas de barro”. Las vasijas de barro son nuestros cuerpos mortales, estos cuerpos nuestros frágiles, enfermizos, depresivos.

Tesoro escondido

Pero la clave aquí está en que el efecto de este milagro de vista (ver a Cristo y Su evangelio como hermosos, como en verdad lo son) es que ahora conocemos a Cristo como tesoro. Él ya no es aburrido. Ya no es locura. Ya no es mitología. Es un tesoro. Nuestros deseos, por tanto (nuestras preferencias, nuestros placeres) son transformados por descubrir que, lo que alguna vez pensamos loco, irreal o aburrido, ahora es la realidad más preciosa en el mundo. Ese es el cambio fundamental en el nuevo nacimiento.

Así que Jesús describe esta transformación de la siguiente forma en Mateo 13:44: “El reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo, el cual un hombre halla”, este es el momento de la conversión, el momento del nuevo nacimiento. Él encuentra este tesoro, lo esconde de nuevo y luego, “gozoso por ello”, porque eso es lo que sucede cuando tus ojos son abiertos al tesoro, “va y vende todo lo que tiene, y compra aquel campo”.

Y luego Pablo lo describe de esta manera en Filipenses 3:8: “Y aún más, yo estimo como pérdida todas las cosas en vista del incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor”. Así que, el efecto de este nuevo nacimiento es que ahora hemos sido vivificados espiritualmente por Dios, con el efecto de que ahora vemos a Cristo y al evangelio como nuestro tesoro supremo. Lo valoramos, lo amamos y lo atesoramos y lo disfrutamos y estamos satisfechos en Él más que en nuestros mayores placeres anteriores.

Esto significa guerra

Ahora, esto es lo que causa el problema para Emma y para todos nosotros: Esta nueva realidad no destruye por completo la antigua realidad llamada carne. En un sentido, la victoria decisiva sobre mi carne ya ha sido ganada. “Con Cristo he sido crucificado,” dice Pablo en Gálatas 2:20. Hecho. Decisivo.

Pero, en otro sentido, debemos tomar esta victoria decisiva por fe, hora con hora y contar nuestro antiguo yo, nuestro cuerpo, como muerto de acuerdo con la realidad de que en verdad está muerto. Así que tenemos que hacer guerra contra la carne y contarnos muertos como en verdad lo estamos. Así lo dice Pablo en Gálatas 5:16-17 (esta es la realidad que estamos tratando):

“Digo, pues: anden por el Espíritu, y no cumplirán el deseo de la carne. Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne, pues estos se oponen el uno al otro [¡esto es guerra!], de manera que ustedes no pueden hacer lo que deseen”.

Y ningún otro libro de la Biblia es más insistente en que el nuevo nacimiento produce un cambio real que la primera epístola de Juan y, sin embargo, este libro enfatiza que no hemos dejado de pecar. La batalla continúa. Esto es lo que dice en 1 Juan 1:8: “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros”. Entonces, sí pecamos. Es decir, no valoramos a Dios como deberíamos. Sí valoramos el mundo muchas veces como no deberíamos hacerlo. Luego, continúa: “Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonarnos los pecados y para limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9).

Y Pablo describe su propia batalla de esta manera: “Según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros” (Romanos 7:22-23).

Nunca más allá de la guerra, ni de la esperanza

Así que, ¿qué diremos? ¿Cómo podemos contestar las dos preguntas de Emma, que son en realidad nuestras propias preguntas?

  1. En vista de esta batalla, ¿cómo puedo estar seguro de que he recibido nuevos deseos santos? Y, mi respuesta a esa pregunta tiene que ver con la autenticidad y la realidad de nuestros deseos por Cristo, no principalmente con la intensidad y la frecuencia de la batalla, porque estamos hablando de un deleite espiritual dado por Dios en la gloria de Cristo y en la belleza del evangelio, un deleite que una persona natural no puede tener en ninguna cantidad.

Así que, ora para que el Señor no solo te muestre el fruto de estos deseos espirituales, sino que, por Su espíritu, te de testimonio de que tu vista y tu deleite en Cristo son reales y auténticos. Ese es el trabajo del Espíritu: testificar a tu espíritu que realmente has probado a Cristo y que tus deseos, grandes o pequeños, son reales y auténticos, cosa que ninguna persona natural tiene.

  1. ¿Qué tanto deseo por Dios y victoria sobre los deseos pecaminosos es realista o normativa en la vida cristiana? Yo lo pondría algo así: nunca esperes en esta vida haber superado la guerra contra tu propia carne y nunca asumas que el Señor no puede tener más victoria para ti de la que podrías jamás imaginar.