Como ser humano, el cristiano no es inmune a las tentaciones de jactarse, celebrar o incluso reprochar a alguien con un “te lo dije.” Ciertamente todos experimentaremos un momento celestial cuando los malvados que nos han hecho tanto daño enfrentarán un juicio justo (nosotros también lo haremos), pero es también posible que aquellos que nos han lastimados enfrentarán consecuencias aquí en la tierra.

Eso podría ser por medio de ir a prisión, ser despedidos de su trabajo o vergüenza pública. Incluso consecuencias más severas, como dañarse físicamente, pérdida de su sustento, o hasta la muerte. En todos estos escenarios, hay una parte de nuestra carne que desea golpear a nuestros enemigos hasta exterminarlos. Queremos recuperar el brazo que tomaron de nosotros y después tomar también sus piernas. Para los creyentes, esta postura del corazón debe ser puesta en revisión.

Recuerdo el momento cuando un reporte vino a mí vía mensaje de texto. No cualquier reporte, sino uno bastante importante que alimentó mi carne con el tipo de platillo que ama; un “enemigo acérrimo” de mi pasado había experimentado un doloroso y vergonzoso evento que lo exponía como la persona que yo ya sabía que era, me sentí vindicado, incluso feliz. Pensé en mi mente, “¡Sí, por fin tienes lo que mereces!”

Pero la celebración no duró mucho. Tan rápido como mi carne emulsionó mi alegría basada en el orgullo, el Espíritu Santo se apresuró a convencerme y fui golpeado con un sentimiento de que algo no estaba bien en mi corazón. Sabía que necesitaba escuchar a Dios respecto a mi reacción. Abrí mi Biblia y Proverbios 24:17 habló: “No te regocijes cuando caiga tu enemigo, y no se alegre tu corazón cuando tropiece”.

Había leído ese proverbio muchas, muchas veces. Pero en esta ocasión, golpeó como un millar de ladrillos. Con rapidez me di cuenta que no era el tiempo de festejar celebrando mi vindicación. Era tiempo de confesar mi pecado y orar (1 Jn 1:9).

Al navegar ese tipo de situaciones, la auto-reflexión es vital. Al menos dos cosas pueden ser útiles.

¿Estoy siguiendo el modelo de Jesús?

En su sermón del monte, Jesús enseñó numerosas verdades que ayudaron a guiar a Su audiencia original, de la misma forma a nosotros. Al punto que Sus Palabras hacen detenernos y reflexionar sobre la justicia cuando se trata de relaciones interpersonales y conflicto. Él declaró:

Habéis oído que se dijo: «Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo». Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos; porque Él hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tenéis? ¿No hacen también lo mismo los recaudadores de impuestos? Y si saludáis solamente a vuestros hermanos, ¿qué hacéis más que otros? ¿No hacen también lo mismo los gentiles? Por tanto, sed vosotros perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto. Mateo 5:43-48

Jesús consistentemente enseñó y modeló negar al yo. Cualquier forma de búsqueda de revancha o de regodearse en el dolor de otros en forma de justicia vengativa no es como los seguidores de Jesús deben operar. Tal comportamiento revela un corazón que busca el “yo”.

Él desafió tanto a Sus seguidores como a Sus detractores con Su verdad. Seguirlo significa que estarás enfocado en los demás (y sí, incluye tus enemigos), en oraciones, reacciones, servicio, e incluso en tu amor. La meta no es que los derrotes, sino que, o puedan ser ganados por medio de tu testimonio del evangelio o queden sin excusa delante de Dios.

¿Estoy sobre-enfatizando mi propio pecado?

Una cosa es desear que la justicia prevalezca y que la ley y el orden se mantengan. Eso es bueno para nuestra sociedad. Sin embargo, hay una corriente en nuestra cultura que demanda justicia para nosotros mismos, y juicio para otros, sin nunca mirar en el espejo de nuestros corazones. Somos tan rápidos para apuntar nuestro dedo a aquel que nos lastima, pero ¿es posible que el momento de que afronten las consecuencias sea una oportunidad para que confesemos nuestro pecado también?

Cuando nuestros enemigos fallan y nosotros deseamos celebrar su dolor y vergüenza, estamos negando nuestra propia necesidad del evangelio y de gracia. Los fariseos eran expertos en esto. En Mateo 5:1-5, Jesús advierte:

No juzguéis para que no seáis juzgados. Porque con el juicio con que juzguéis, seréis juzgados; y con la medida con que midáis, se os medirá. ¿Y por qué miras la mota que está en el ojo de tu hermano, y no te das cuenta de la viga que está en tu propio ojo? ¿O cómo puedes decir a tu hermano: «Déjame sacarte la mota del ojo», cuando la viga está en tu ojo? ¡Hipócrita! Saca primero la viga de tu ojo, y entonces verás con claridad para sacar la mota del ojo de tu hermano.

Jesús habló estas fuertes Palabras tanto a Sus discípulos como a los líderes religiosos que eran expertos en la justicia de auto-servicio y en elevar su propia rectitud. Sin miedo, Él los confrontó con su hipocresía y enseñó a Sus discípulos el negarse a sí mismos como la esencia de lo que significa seguirlo. Negarse a sí mismo incluye mirar al espejo, confrontando tu propio pecado y ser humillado por la caída de otros porque podrías ser tú también.

Es imposible decir que amamos a Jesús y no obedecer Sus mandamientos (Jn. 14:15). Uno de Sus mandamientos es amar a nuestros enemigos –lo cual es una tarea imposible sin la ayuda de Jesús-. Cuando un enemigo falla y estás tentado a alegrarte en ello, mira al evangelio para encontrar esperanza humilde. Es en Cristo que encontrarás la fuerza para amar a tu enemigo y orar por los que te persiguen.