Hay pocas promesas en la Biblia tan dulces como esta: “Y sabemos que para los que aman a Dios, todas las cosas cooperan para bien, esto es, para los que son llamados conforme a su propósito” (Rom. 8:28). Esta es una promesa de gran bendición, pero no es una promesa que se extiende a toda la humanidad. Más bien, conlleva condiciones. Todas las cosas cooperan para bien, esto es a) para los que aman a Dios y b) son llamados conforme a su propósito. ¿Y qué pasa con los que no aman a Dios y no son llamados según su propósito? Debemos esperar que para ellos, todas las cosas no trabajen juntas para el bien; de hecho, todas las cosas finalmente trabajarán en conjunto para su perjuicio.

En su libro Consolación Divina, Thomas Watson se enfoca en la gran bendición de la adoración a Dios —el Dios de todo el universo permite e invita a los seres humanos a adorarle— para mostrar cómo incluso algo tan bueno puede perjudicar a aquellos que no conocen ni aman a Dios.

Todas las cosas para un perjuicio

Los siervos de Dios trabajan para herir a los que no aman a Dios. Los predicadores fieles de Dios convocan a la gente a arrepentirse en Cristo y a creer en Él para el perdón de sus pecados. El pueblo de Dios responde con arrepentimiento y fe. Pero “el mismo viento que lleva a un barco al puerto, lleva a otro barco contra una roca. El mismo aliento que sopla un hombre piadoso al cielo, sopla a un pecador pecaminoso al infierno”. Aquellos que rechazan a Dios aumentan su condena al negarse a aceptar el llamado del evangelio. Para estos, “la palabra predicada no es sanación, sino endurecimiento. ¡Y qué terrible es que los hombres se hundan en el infierno con los sermones!”

La oración funciona para herir a aquellos que no aman a Dios. Qué privilegio es para los cristianos poder hablar con Dios, sabiendo que a Èl le encanta escuchar a su pueblo y responder a sus oraciones. Pero qué abominación es cuando los que odian a Dios le piden como si fueran sus hijos. El incrédulo peca por su falta de oración, ya que todos los hombres deben clamar a Dios, pero él también peca por sus oraciones, ya que rechaza al verdadero y santo Dios y ora a un Dios de su imaginación. Le pide a Dios a pesar que no se somete a Dios. “El sacrificio de los impíos es abominación al Señor”, y del mismo modo es la oración de los impíos (Prov. 15:8). “Sería un juicio triste si toda la comida que un hombre comiera se convirtiera en tumores malignos, y produjera enfermedades congénitas en el cuerpo: así es con un hombre perverso. La oración que debe hacerle bien, obra para su mal; ora contra el pecado, y peca en contra de su oración”.

La cena del Señor sirve para herir a los que no aman a Dios. La Biblia contiene las más serias y sobrias advertencias para aquellos que participan en la Cena del Señor pero no aman al Señor de la cena. Donde los cristianos comen y beben vida y gracia, los incrédulos comen y beben el juicio divino y la ira sobre ellos mismos (1 Corintios 11:29).”Algunos profesantes mantenían sus fiestas de ídolos, pero venían a la mesa del Señor. Los profanos se dan un banquete con sus pecados, y sin embargo vienen a darse un banquete en la mesa del Señor. Esto es provocar a Dios”. De esta manera la Cena del Señor, que es tan buena y tan importante para el pueblo de Dios, hace daño a aquellos que no son el pueblo de Dios.

Cristo obra para herir a los que no aman a Dios. Incluso Cristo, que es tan bueno y tan maravilloso, trabaja para herir a los que pecan contra Él, porque Él es “piedra de tropiezo y roca de escándalo” (1 Pedro 2:8). Esto no refleja ninguna falta en Él, pero sí una gran falta en los corazones de aquellos que lo rechazan “porque en vez de creer en Él, se ofenden por Él”. El sol, aunque en su propia naturaleza es puro y agradable, sin embargo es doloroso para los ojos”.  Dice Watson, “los pecadores tropiezan con El Salvador, y arrancan la muerte del árbol de la vida”. Así como [los medicamentos] curan a algunos pacientes, pero destruyen a otros; así la sangre de Cristo, aunque para algunos es medicina, para otros es condenación. Aquí está la miseria sin igual de los que viven y mueren en pecado. Las mejores cosas obran para su daño; las consolaciones mismas, matan”.