Historia tras historia, libro tras libro, la Biblia nos recuerda que nadie es inmune a las profundas y desorientadoras luchas espirituales. Es un testimonio de la directa honestidad de la Biblia, una razón por la que la encontramos intuitivamente confiable, que registra a los más fieles seguidores de Dios (los más piadosos, diligentes y sabidos en teología) experimentando largas temporadas de oscuridad espiritual, inquietantes dudas y hasta crisis de fe.

Uno de mis ejemplos favoritos es Asaf. Si estás familiarizado con los Salmos, seguro lo reconocerás, ya que él es el compositor de los Salmos 50 y 73-83.

Pero Asaf era mucho más que un poeta. Él estaba entre los líderes espirituales más prominentes en sus días. El rey David lo seleccionó como uno de los tres líderes levitas a supervisar todos los aspectos vocales e instrumentales del ministerio del tabernáculo (1 Crónicas 6:31-46; 15:16-17). Lo que significó que Asaf estaba inmerso en todo lo relacionado a la adoración a Dios. Él llevaba grandes responsabilidades, y era un conocido líder espiritual público.

Pero este hombre también tenía una profunda lucha con la duda. Casi perdió su fe en Dios. Como poeta, él capturó en versos su lucha y aquello que lo liberó de esta. Es lo que conocemos como el Salmo 73.

Dios es Bueno para con los puros de corazón

Asaf era muy culto y educado. En su tiempo, pocos hubieran tenido un conocimiento más profundo de las Escrituras hebreas existentes. Y como un cantante en jefe en una cultura oral, él tendría la mayoría, si no todas, las canciones de alabanza de Israel memorizadas. Entonces, él sabría:

  • De la canción de Moisés, que “Su obra es perfecta, porque todos sus caminos son justos” (Dt. 32:4);
  • De la canción de Ana, que “Él guarda los pies de sus santos, mas los malvados son acallados en tinieblas” (1 Sm. 2:9); y,
  • De las canciones de su rey y amigo, David, que “…el Señor ama la justicia, y no abandona a sus santos […] pero la descendencia de los impíos será exterminada” (Sal. 37:28).

Esas descripciones del carácter de Dios eran las bases para el entendimiento de Israel (y por lo tanto de Asaf) acerca de Dios. Las grandes historias del pasado de Israel reforzaban la creencia de que “ciertamente Dios es bueno para con Israel, para con los puros de corazón” (v 1), porque “el Señor sostiene al afligido y humilla a los impíos hasta la tierra” (Sal. 147:6).

Las bases comienzan a desmoronarse

De todas maneras, aún cuando Asaf guiaba a otros a celebrar estas creencias básicas, sus bases se estaban desmoronando. Él podía sentir sus pies espirituales deslizándose (v 2). Ya que mientras cantaba de la bondad de Dios y Su justicia, también veía “la prosperidad de los impíos”, lo que parecía contar una historia diferente (v 3).

Dadas la madurez de Asaf y su educación, y el tipo de reflexión que su vocación requería, éste asunto no sería nuevo para él. Pero algunas veces, debido a la confluencia de factores, nuestra perspectiva de la realidad cambia. Preguntas que no nos preocupaban antes, o tal vez lo hacían ligeramente, ahora nos perturban. Visto bajo esta luz, parecen amenazar nuestras creencias básicas sobre Dios. La duda se asienta, y comenzamos a sentir que nuestros pies espirituales se resbalan. Habiendo atravesado y visto crisis de fe yo mismo, apuesto a que Asaf experimentó algo como esto.

Siendo alguien que guió a miles en el canto acerca de cuánto el Señor amaba la justicia y defendía a los oprimidos, Asaf ahora veía perturbadamente cómo los impíos parecían vivir vidas tan bendecidas. Ellos no eran afligidos por la enfermedad, tenían mucho para comer, eran libres de las ansiedades que pesaban en la mayoría de las personas, y veían su riqueza aumentar (vs 4-7, 12). Además de eso, ellos eran crueles, orgullosos y blasfemos, todos con aparente impunidad del juicio de Dios. Y ya que Dios no parecía importarle, o darse cuenta, todos los demás consentían con ellos (vs 8-11).

El cinismo se asienta

Asaf, mientras tanto, había “lavado sus manos en inocencia;” fielmente, y ¿cuál era su recompensa? Él había sido “azotado” todo el día y “castigado cada mañana” (vs 13-14). La incongruencia no tenía sentido. ¿Dónde estaba el enaltecimiento de los humildes y el desecho de los impíos? Su confianza y esperanza en las promesas de Dios estaban disminuyendo, y un cinismo amargo estaba fluyendo.

Él no estaba hablándoles a los demás acerca de su lucha, por razones entendibles. En su posición de influencia, él podía traicionar la confianza de los amigos y colegas a los que tanto quería, y podía dañar potencialmente la fe de los santos que tenía a su cargo (v 15). Pero en su interior, él envidiaba a los impíos y pensaba, “ciertamente en vano he guardado puro mi corazón” (vs 3, 13).

La fe de Asaf estaba en crisis. Y luchar con cuestionamientos y dudas, especialmente en el contexto de su ministerio visible y público, se sentía cada vez más como una tarea “difícil para él” (v 16).

Vista en el santuario

Pero algo le ocurrió a Asaf, que cambió su cinismo lleno de duda de nuevo en esperanza llena de fe. Él no vió a Dios finalmente enaltecer a los santos humildes, ni desechar a los orgullosos impíos. En su lugar, una vez más vio algo que cambió su perspectiva de la realidad, esta vez durante una experiencia extraordinaria que tuvo cuando “entró en el santuario de Dios” (v 17).

Asaf no escribió qué fue lo que ocurrió, pero es claro que él experimentó un encuentro transformador. No muy diferente a los dos discípulos desanimados y dubitativos que caminaron con Jesús ignorantemente hacia Emaús hasta que de repente lo vieron (Lc. 24:13-35), Asaf, desanimado y dubitativo, de repente vio algo que lo cambió todo.

La palabra viva y eficaz de Dios penetró hasta sus profundidades y se dirigió a sus pensamientos más escondidos (Heb. 4:12). Él encontró la Verdad y la Vida que le dieron la vista de la fe, que sanó su ceguera (Jn. 9:39). Y los alumbrados ojos de su corazón le contaron una historia diferente (Ef. 1:18).

De repente, Asaf vio a los impíos que había envidiado, cuyo pecado parecía atraer tantas bendiciones, y él “entonces comprendió el fin de ellos” (v 17), el terrible final de “todos los que.. son infieles [a Dios]” (v 27):

Ciertamente tú los pones en lugares resbaladizos;

los arrojas a la destrucción.

¡Cómo son destruidos en un momento!

Son totalmente consumidos por terrores repentinos.

Como un sueño del que despierta,

oh Señor, cuando te levantes, despreciarás su apariencia.

(vs 18-20)

Y él vio la vida que Dios le había dado, incluyendo los latigazos y castigos que parecían ceder tales privaciones, y comprendió su final, el glorioso final de todo el que es fiel a Dios:

Sin embargo, yo siempre estoy contigo;

tú me has tomado de la mano derecha.

Con tu consejo me guiarás,

y después me recibirás en gloria.

(vs 23-24)

Ahora Asaf veía que Dios verdaderamente es bueno a los limpios de corazón; Él verdaderamente “guarda los pies de sus santos, mas los malvados son acallados en tinieblas” (1 Sam. 2:9). Pero cuando él había buscado discernir esta realidad de lo que podía observar en esta vida solamente, estaba ciego a ello. Percibirlo requería mirar a través de los lentes de la eternidad.

Adoración reanimada

La perspectiva transformada y restaurada de Asaf le permitió entender lo que lo perturbaba. También reveló cuán “torpe y sin entendimiento” él había sido en su amarga incredulidad (vs 21-22). Y su esperanza reanimada fluyó, y su cinismo decreció; éste líder de alabanza adoró:

¿A quién tengo yo en los cielos, sino a ti?

Y fuera de ti, nada deseo en la tierra.

Mi carne y mi corazón pueden desfallecer,

pero Dios es la fortaleza de mi corazón y mi porción para siempre.

(vs 25-26)

En ese poderoso momento en el santuario de Dios, Dios se convirtió de nuevo en el santuario de Asaf.

Mas para mí, estar cerca de Dios es mi bien;

en Dios el Señor he puesto mi refugio,

para contar todas tus obras.

(v28)

Tres regalos de Asaf

Al componer este memorable salmo (bajo la inspiración del Espíritu Santo), Asaf nos dió un maravilloso regalo. Primero, al exponer humildemente su crisis de fe, siendo un líder espiritual público prominente, él nos ayuda a ver que nadie es inmune a las luchas contra la duda.

Segundo, él nos muestra que si una confluencia de factores afecta la forma en que vemos las verdades espirituales básicas, llegando a dudarlas, deberíamos proceder con gran cuidado y paciencia, ya que tenemos una buena razón para dudar de nuestras dudas. Tan convincentes como puedan parecernos las cosas en el momento, lo que en realidad podría estar alimentando nuestras dudas no es una perspectiva más clara, sino una perspectiva distorsionada. Cuando Asaf perdió la vista de la eternidad, cambió la forma en que veía todo.

Finalmente, Asaf, quien vivió un milenio antes de que Jesús naciera, nos recuerda cuán esencial es recordar que “no tenemos aquí una ciudad permanente” (Heb. 13:14). La vida de fe bíblica en este mundo siempre ha sido una estadía hacia “una patria mejor, es decir, celestial” (Heb. 11:16). Siempre ha sido verdad que si esperamos en el Señor de esta vida solamente, estaremos en pena (1 Cor. 15:19).

Y de hecho, como lo experimentó Asaf, esperar en Dios en esta vida sólo lleva a perder la esperanza en Dios. Entonces tan solo “comamos y bebamos, que mañana moriremos” (1 Cor. 15:32). Es solamente a través de los lentes de la eternidad que vemos la bondad, justicia y fidelidad de Dios. Y sólo a la luz de la eternidad esperamos estar cerca de Dios y que Él sea nuestra porción por siempre.