Él hizo un látigo. El amable Jesús, dócil y apacible. Era un “látigo de cuerda,” dice Juan. Si algún humano o animal verdaderamente lo atrapó por la parte de atrás, no sabemos. Podríamos dudar razonablemente que haya sangrado. Después de todo, Él vino a Jerusalén a derramar Su propia sangre, no a tomar la de otros. De cualquier manera, sabemos que el látigo fue efectivo. “Echó a todos fuera del templo”.

Es cierto, éste fue un evento inusual, pero no fue la única vez; lo haría de nuevo al comienzo de la semana de la Pasión (Mateo 21:12-13). Jesús no iba por ahí dando latigazos todos los días. Él no llevaba un látigo o una arma en Su cinturón, pero tampoco estaba asustado de tomar uno de vez en cuando. Por eso, no nos atrevemos a reducir al Dios-hombre a alguien demasiado dócil para hacer otra cosa que comportarse y mantener la paz.

Él era muy misericordioso. Oh, la compasión de Cristo, una virtud atribuída solamente a él y a nadie más en los Evangelios. Su compasión lo llevó a curar leprosos (Lucas 17:13-14), a restaurar la vista a los ciegos (Lucas 18:38-42), a ayudar a la viuda afligida (Lucas 7:13) y al preocupado padre de un hijo endemoniado (Marcos 9:22). Él tenía compasión de las multitudes (Marcos 6:34). Aún siendo Dios encarnado, sin pecado propio, Su vida no era guiada por ira justa, sino que era sostenida por el gozo. Él era conocido por Su compasión.

Su ternura impresionante y acogedora. Sin embargo, no necesitaba gobernar Su santa fuerza y determinación.

Su aguda lengua

Su compasión, que amamos y necesitamos desesperadamente, es mucho más impactante por Su dureza hacia el pecado y la incredulidad. Su compasión por los afligidos sería debilitada si no fuera por Su ira justa hacia los afligidores. Él no demostró compasión por reyes malvados, predicadores conspiradores y fariseos auto-justificados, lo que hace a Su compasión mucho más preciosa a medida que se dirige a Sus ovejas.

“A menudo es el lado ofensivo de Jesús el que más necesitamos,” escribe John Piper.

El amor directo, duro y feroz de Cristo es especialmente ofensivo al sentimiento moderno occidental. Las personas susceptibles se hubiesen sentido a menudo heridas por la aguda lengua de Jesús. Las personas que identifican al amor sólo con palabras y formas suaves y compasivas hubieran estado disgustados por el lenguaje punzante, casi violento del Señor (Seeing and Savouring Jesus Christ, 93 –La pasión de Jesucristo, 93-)

En Cristo, vemos que la voluntad encarnada en compasión a veces toma el verdadero látigo de palabras duras para punzar a los destinatarios en riesgo. Por supuesto, es memorable el pronunciamiento de Cristo de los ocho ayes acerca de los fariseos (Mateo 23:1-36). En sus rostros, Él les dijo que eran “semejantes a sepulcros blanqueados” (Mateo 23:27), “como sepulcros que no se ven” (Lucas 11:44). Jesús se encontró en medio de una “generación incrédula” (Marcos 9:19), “Una generación perversa y adúltera” (Mateo 16:4), y no estaba atemorizado de decirlo. Él sabía que Sus oyentes eran deshonrados y malos, y lo dijo (Mateo 7:11).

Y Él informó a Sus reacios oponentes a quién pertenecían verdaderamente: “Sois de vuestro padre el diablo” (Juan 8:44).

Palabras duras para con los amigos

Sin embargo, no deberíamos malentender “el amor directo, duro y feroz de Cristo” como una severidad reservada para Sus enemigos. Hasta Pedro, primero entre sus iguales, sintió el látigo verbal y fue gracia para con él.

Mirando hacia atrás, qué terrible para Pedro el pensar que él tomó a Jesús aparte e intentó apartarlo de la obediencia hasta la muerte, y muerte de cruz (Mateo 16:22). Sin embargo, Jesús se previno a sí mismo, y a Pedro de la poderosa tentación con un impresionante y apropiado “¡Quítate de delante de mí, Satanás!” (Mateo 16:23). A posteriori, Pedro lo vería como amor. Entonces todos Sus discípulos también tenemos nuestros momentos, cuando como Pedro, necesitamos ser despiertos y conscientes a todo lo que es un riesgo en esta vida.

En Juan 6, el lenguaje ofensivo de Jesús aleja a las multitudes, no a enemigos, sino a aquellos que estaban, para este momento, siguiéndole (aún si fuera presuntuosamente). Aquí, Jesús no es un reclutador amistoso. “En verdad, en verdad os digo: me buscáis, no porque hayáis visto señales, sino porque habéis comido de los panes y os habéis saciado”. (Juan 6:26). Él desafió la carnalidad de su “fe” con un lenguaje confuso diseñado para apartar a aquellos sin temor espiritual.

“En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del Hombre y bebéis Su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el día final”.

Hasta Sus propios discípulos tuvieron que confesar “Por eso muchos de Sus discípulos, cuando oyeron esto, dijeron: Dura es esta declaración; ¿quién puede escucharla?” (Juan 6:60). Y Él no cedió, ni siquiera en este momento; esta vez hablando de otro discípulo, no Pedro: “uno de vosotros es un diablo” (Juan 6:70).

Palabras duras para con las familias

Paz genuina, profunda y eterna es Su meta. Jesús sabe que las palabras duras son a veces vitales para Su meta. Cuando Satanás y el pecado toman raíz, no nos atrevemos a pretender que hay paz cuando no la hay.

Primero, Jesús viene como la Verdad a un mundo de mentiras y divisiones. “Yo he venido para echar fuego sobre la tierra; y ¡cómo quisiera que ya estuviera encendido!…¿Pensáis que vine a dar paz en la tierra? No, os digo, sino más bien división” (Lucas 12:49,51). Aún el más superficial de nuestros vínculos, hasta el más íntimo de paz terrenal será roto para demostrar la maldad del pecado y el valor de Dios.

Si alguno viene a Mí y no aborrece a su padre y madre; a su mujer e hijos; a sus hermanos y hermanas y aun hasta su propia vida, no puede ser Mi discípulo…Así pues, cualquiera de vosotros que no renuncie a todas sus posesiones, no puede ser Mi discípulo. (Lucas 14:26,33)

Pero seréis entregados aun por padres, hermanos, parientes y amigos; y matarán a algunos de vosotros, y seréis odiados de todos por causa de Mi nombre. (Lucas 21:16-17)

Porque vine a poner al hombre contra su padre, a la hija contra su madre, y a la nuera contra su suegra; y los enemigos del hombre serán los de su misma casa. (Mateo 10:35-36)

¿Quién más puede demandar tal lealtad? Aun la paz a corto plazo en nuestros propios hogares y familias se verá desafiada por el lado incómodo y rudo de Cristo. Y luego, Él nos promete reconciliación para cada pérdida, pérdidas realmente dolorosas. “Jesús dijo: En verdad os digo: No hay nadie que haya dejado casa, o hermanos, o hermanas, o madre, o padre, o hijos o tierras por causa de Mí y por causa del evangelio, que no reciba cien veces más ahora en este tiempo…y en el siglo venidero, la vida eterna” (Marcos 10:29-30).

Duras palabras para con las iglesias

Las duras palabras de Jesús, aún para con Su propio pueblo, aparecen nuevamente en Sus siete cartas a las iglesias en Apocalipsis 2-3. Junto con Sus palabras de felicitación a la iglesia en Éfeso (Apocalipsis 2:3), Él va al grano diciendo: “Pero tengo esto contra ti…” (Apocalipsis 2:4; cr. 2:20). Él advierte, “vendré a ti y quitaré tu candelabro de su lugar, si no te arrepientes” (Apocalipsis 2:5).

También, para la iglesia de Pérgamo: “Pero tengo unas pocas cosas contra ti” (Apocalipsis 2:14). Y Él habla a la iglesia en Tiatira de “esa mujer Jezabel, que se dice ser profetisa, y enseña y seduce a Mis siervos a que cometan actos inmorales y coman cosas sacrificadas a los ídolos” (Apocalipsis 2:20). Y a la iglesia de Sardis: “tienes nombre de que vives, pero estás muerto” (Apocalipsis 3:1). Y por supuesto, a Laodicea: “puesto que eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca” (Apocalipsis 3:16). En la boca de Cristo, esto es amor; palabras duras, en nombre del amor: “Yo reprendo y disciplino a todos los que amo” (Apocalipsis 3:19).

Nuevamente, Piper escribe:

Lo que encontramos en el cortante lenguaje de Cristo es una forma de amor que corresponde con el mundo real de corrupción, la insulsez de nuestros corazones y la magnitud de lo que está en juego en nuestras elecciones. Si no hubiesen grandes males, corazones sordos y consecuencias eternas, tal vez las únicas maneras apropiadas de amor serían un suave toque y un amor compasivo; pero ese tipo de mundo no mata al Hijo de Dios y odia a sus discípulos. No existe ese tipo de mundo. (94)

Omnipotente ira en camino

Al final, las palabras duras y un látigo en el templo no serán las mayores muestras de la severidad de Cristo. Un día, Su ira caerá, pero no con palabras, sino con fuego y nadie habló del infierno como Jesús o más a menudo de lo que Él lo hizo. Los ángeles separarán a los malos de los justos, Él dice, “y los arrojarán en el horno de fuego” (Mateo 13:50). Y si tu mano te es ocasión de pecar, córtala; te es mejor entrar en la vida manco, que teniendo las dos manos ir al infierno, “al fuego inextinguible…donde el gusano de ellos no muere, y el fuego no se apaga” (Marcos 9:43,48); “a las tinieblas de afuera”, donde “será el llanto y el crujir de dientes” (Mateo 8:12; 22:13; 24:30). Lejos de Cristo, los humanos no solo elegirán el infierno, sino que serán arrojados allá en “castigo eterno”, “fuego eterno que ha sido preparado para el diablo y sus ángeles” (Mateo 25:30,41,46).

Apocalipsis 6 nos da un vistazo impresionante del juicio final que vendrá. Un sexto sello se abre. La tierra tiembla, el sol se oscurece, la luna se convierte en sangre. Las estrellas caen y el cielo se enrolla como un pergamino. Los reyes de la tierra y “los grandes, los comandantes, los ricos, los poderosos…se escondieron en las cuevas y entre las peñas de los montes” (Apocalipsis 6:15). Están tan aterrorizados a “la ira del Cordero” que le piden a las montañas y a las piedras que caigan sobre ellos: “Caed sobre nosotros y escondednos de la presencia del que está sentado en el trono y de la ira del Cordero porque ha llegado el gran día de la ira de ellos ¿y quién podrá sostenerse?” (Apocalipsis 6:16-17). Ellos preferirían ser aplastados hasta la muerte que enfrentar la ira omnipotente del amable Jesús, compasivo y duro.

La dureza sirve a la compasión

El lado rudo de Cristo, las palabras y actos duros en modernos estómagos no están en lugar de Su compasión, sino en servicio de Su misericordia. Él no nos rescata para darnos una paliza sino que nos da una paliza para rescatarnos. Él muestra ira y hace Su poder conocido “para dar a conocer las riquezas de su gloria sobre los vasos de misericordia, que de antemano Él preparó para gloria” (Romanos 9:22-23). En los siglos venideros, al haber visto Su dureza y fuerza veremos y disfrutaremos “las sobreabundantes riquezas de Su gracia por su bondad para con nosotros” (Efesios 2:7). Su dureza sirve a Su compasión; Su poder sirve a Su misericordia.

La gloria de Cristo y de Su Padre en su punto máximo es la gloria, no de ira y poder, sino de la gloria de misericordia y gracia. Necesitamos a éste Jesús: el completo y el real. Tanto gentil y manso como honesto y valiente. Necesitamos oídos para escuchar del amor y la compasión de Cristo aún en Sus más agudas palabras y hechos incómodos.