Solía ser muy sencillo. Nos casábamos y luego teníamos hijos. Es lo que hacíamos. Pero entonces algo cambió y hoy, tanto el matrimonio como el tener hijos, se han convertido en algo opcional, en una cuestión de preferencia. Millones de personas optan por retrasar el matrimonio o por dejarlo de lado. Muchos de los que eligen casarse deciden no tener hijos. Ante estas nuevas realidades, hacemos bien en preguntarnos: ¿para qué sirven los hijos? En la respuesta que sigue no consideraremos los métodos de crianza, ni explicaremos por qué debemos educar a nuestros hijos de determinadas maneras. Más bien, formularemos una pregunta mucho más importante: “¿Cuál es el propósito de tener hijos?”. En el mundo actual, que con demasiada frecuencia exalta el yo y descarta a los hijos como algo inconveniente, esta es una pregunta que debemos hacer y responder.

Ideas comunes acerca de los hijos

En la cultura occidental, el yo es rey. Evaluamos los méritos de casi todo por el grado de realización y progreso personal que nos aporta. Ralph Waldo Emerson decía: “Es fácil vivir para los demás, todo el mundo lo hace. Te invito a que vivas para ti mismo”. Y lo hemos hecho. La búsqueda de los sueños y de la realización del potencial personal se ha convertido en nuestra máxima prioridad. Un reciente artículo de Forbes indica que en 2015 los Millennials gastaron casi el doble que los Boomers en superación personal, a pesar de que sus ingresos son solo la mitad.

Esta cultura individualista tiene un profundo efecto en nuestra percepción de los hijos. Cuando el yo está en el centro, los hijos se consideran como un medio más de realización personal, el cual se puede perseguir o descartar según las preferencias personales. Aquellos que deciden tener hijos lo hacen sólo cuando es conveniente, cuando se encuentran en un lugar estable en la vida, la relación y la carrera, y cuando la carga de tenerlos será lo más pequeña posible. No es de extrañar, pues, que el porcentaje de mujeres de entre 40 y 44 años que nunca han tenido hijos se haya duplicado entre 1976 y 2006. Los hijos se han convertido en un accesorio opcional para una vida completa y exitosa. Muchas personas creen esencialmente que el propósito de los hijos es añadir valor a la vida de sus padres.

Pero otros, moviéndose desde la misma cosmovisión egocéntrica, llegan a una conclusión diferente. Al reconocer la carga económica, física y emocional que supone tener hijos, llegan a la conclusión de que los hijos no pueden añadir valor a la vida de sus padres. Si el progreso personal es la máxima prioridad, y los hijos nos impiden alcanzar todo nuestro potencial, la conclusión natural es que no deberíamos tenerlos. En un artículo en el New York Times, Anna Goldfarb expone las razones por las que ha decidido no tener hijos: “Apreciamos nuestros estilos de vida flexibles, los niños consumen mucho tiempo y son caros, los costos del cuidado de los niños son prohibitivos y todos tenemos distintos grados de ansiedad acerca de nuestro futuro. ¿Por qué dar el salto cuando tantos aspectos de la paternidad nos parecen tan arriesgados?”.

Según el primer punto de vista, los hijos son un accesorio de la buena vida y quienes deciden tenerlos lo hacen por la sensación de plenitud que obtendrán al ser padres. En la segunda visión, los hijos son un obstáculo para la buena vida, un impedimento para alcanzar el pleno potencial. Tristemente, ni siquiera los cristianos son inmunes a estas formas de pensar acerca de los hijos. Muchos dentro de la iglesia han abrazado, deliberada o inadvertidamente, el énfasis de la cultura en la autorrealización.

¿Qué dice la Biblia sobre los Hijos?

La Biblia deja claro que Dios espera que los seres humanos se casen y tengan hijos. Aunque algunos elegirán honrar a Dios a través de la soltería (como el propio Hijo de Dios), aunque algunos desearán casarse, pero no podrán encontrar un cónyuge y aunque algunas parejas no podrán tener hijos, la expectativa general de Dios es que la gente engendre más gente. Al Mohler dice: “En la revelación bíblica, a las parejas no se les da la opción de elegir no tener hijos. Por el contrario, se nos ordena recibir a los hijos con alegría como regalos de Dios y educarlos en la crianza y amonestación del Señor. Debemos encontrar muchas de nuestras más profundas alegrías y satisfacciones en la crianza de los hijos en el contexto de la familia”. La Biblia establece al menos cuatro propósitos de tener hijos: obediencia, bendición, formación de discípulos y conocimiento.

Tenemos hijos para ser obedientes a Dios. Cuando Dios creó al primer hombre y a la primera mujer, les asignó una vocación crucial: ” Sed fecundos y multiplicaos, y llenad la tierra y sojuzgadla” (Génesis 1:28). El mundo comenzó con dos seres humanos viviendo en un lugar, pero el deseo de Dios era que el mundo estuviera poblado por miles de millones de seres humanos viviendo en todo lugar. Cuando tenemos hijos, obedecemos directamente el primer mandato de Dios: procrear. Dios es glorificado en todos y cada uno de los portadores de su imagen.

Tenemos hijos para experimentar la bendición. La obediencia a Dios siempre trae alegría. Contrario a la opinión de la cultura de que los hijos son un obstáculo, nosotros creemos y declaramos que los hijos son una bendición. “He aquí, don del Señor son los hijos; y recompensa es el fruto del vientre. Como flechas en la mano del guerrero, así son los hijos tenidos en la juventud. Bienaventurado el hombre que de ellos tiene llena su aljaba; no será avergonzado cuando hable con sus enemigos en la puerta” (Salmo 127:3-5). Cuando consideramos que los hijos son una bendición y no un obstáculo, estamos obedeciendo a Jesús y alineando nuestra voluntad con la suya. Cuando tenemos hijos experimentamos la bendición de Dios que viene con ellos y a través de ellos.

Tenemos hijos para hacer discípulos. No procreamos simplemente para tener más gente en el mundo, sino para tener más cristianos en el mundo. John Piper dice: “El propósito del matrimonio no es simplemente añadir más cuerpos al planeta. La idea es aumentar el número de seguidores de Jesús en el planeta… El propósito de Dios al hacer del matrimonio el lugar para tener hijos nunca fue simplemente llenar la tierra de gente, sino llenar la tierra de adoradores del Dios verdadero”. Por tanto, el texto clave para todo padre es la Gran Comisión: “Id, pues, y haced discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado; y he aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.” (Mateo 28:18-20). El propósito supremo de la paternidad no se cumple con el nacimiento del niño, sino con su conversión. Como bien lo dice Chap Bettis: “El deseo de Dios para tu familia es que sea una unidad que muestre la Trinidad, que glorifique a Dios y que haga discípulos”.

Tenemos hijos para conocer más a Dios. Al tener hijos llegamos a un conocimiento más profundo de Dios. A fin de cuentas, Dios se relaciona con nosotros como un Padre con sus hijos, y tener hijos nos da una comprensión más profunda de lo que esto implica. J.I. Packer dice: “Si quieres evaluar qué tan bien una persona entiende el cristianismo, averigua cuánta importancia le da a la idea de ser hijo de Dios y de tener a Dios como Padre”. Pero no sólo llegamos a un conocimiento más profundo de Dios, sino también a una mayor conformidad con el carácter de Dios. Él usa todas las alegrías y los desafíos de la crianza para que nos parezcamos más a Él. Gary Thomas lo dice muy bien: “Según el maravilloso diseño de Dios, pocas experiencias de la vida nos humillan tan eficazmente como la crianza de los hijos… Este diminuto tirano es colocado providencialmente en nuestra casa con un maravilloso plan: moldear a sus padres a la imagen de nuestro Señor”.

Conclusión

En una época en la que los hijos se consideran un accesorio opcional de la buena vida, o se descartan como un obstáculo para la misma, hacemos bien en volver a la infalible Palabra de Dios para establecer una vez más el propósito de Dios en tener hijos. Tenemos hijos para obedecer a Dios, para experimentar su bendición, para tener el gozo de hacer discípulos y para crecer en nuestra conformidad con Él. Los hijos son un gran regalo de Dios.