Muchos hemos dicho o escuchado esta frase: Cristo es el centro de la Biblia. Una frase que podemos repetir sin percatarnos realmente de su significado y aplicaciones. Algunas veces porque leemos versículos aislados, o porque estamos buscando remedios rápidos para nuestro problema o aflicción; otras para escuchar una voz audible o tener una experiencia mística. Sin embargo, la Biblia no fue escrita para leerse así. Su principal razón es: conocer a Dios en Su Hijo para salvación y santificación.

Cristo es el centro de la Biblia porque Él lo dice

De camino a Emaús dos hombres están hablando del último suceso ocurrido: el profeta Jesús, que esperaban fuera el Mesías que redimiría a Israel, había muerto; pero algunas mujeres y otros hombres testificaban que el cuerpo de Jesús no estaba en el sepulcro, sino que ángeles dijeron que Él vivía.

Mientras caminan y están confundidos sobre esto, se les acerca un hombre diciendo: “«¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho! ¿No era necesario que el Cristo padeciera todas estas cosas y entrara en Su gloria?». Comenzando por Moisés y continuando con todos los profetas, les explicó lo referente a Él en todas las Escrituras” (Lc 24:25-27).

En otra ocasión Jesús dijo a los fariseos que le perseguían para encontrar algo con qué acusarlo: “Ustedes examinan las Escrituras porque piensan tener en ellas la vida eterna. ¡Y son ellas las que dan testimonio de Mí! En verdad les digo, que antes que Abraham naciera, Yo soy»” (Jn 5:39; 8:58).

Cristo no sólo da testimonio a otros y a los líderes de Su pueblo, sino a Sus amados discípulos para la tarea que ellos harían: “Después Jesús les dijo: «Esto es lo que Yo les decía cuando todavía estaba con ustedes: que era necesario que se cumpliera todo lo que sobre Mí está escrito en la ley de Moisés, en los profetas y en los Salmos». Entonces les abrió la mente para que comprendieran las Escrituras, y les dijo: «Así está escrito, que el Cristo padecerá y resucitará de entre los muertos al tercer día; y que en Su nombre se predicará el arrepentimiento para el perdón de los pecados a todas las naciones, comenzando desde Jerusalén” (Lc 24:44-47).

Con estos pasajes, Cristo testifica a sus audiencias que Él era el Mesías profetizado, no el que ellos esperaban, pero el que ellos y nosotros necesitamos. Además, recordemos que los Escritos y las Escrituras para los judíos solo era el Antiguo Testamento, el Nuevo Testamento apenas se estaba escribiendo.

Cristo es el centro del Antiguo Testamento

Por tanto, la Biblia nos relata que Cristo es la simiente prometida que salvará a Su Pueblo, un pueblo que Dios llamó para Sí, bajo un pacto con Abraham (Gn 12:7), y Su ley con Moisés (Éx 24). Una simiente o descendencia que vendría de una mujer para aplastar a la serpiente (Gn 3:15); la serpiente, que se llama el diablo (Ap 12:9), por causa del pecado de Adán, el cual todos heredamos (Ro 5:12). En esta obra, Dios promete la esperanza de toda la raza humana: la salvación por fe, que Cristo cumplió en Gálatas 3:16, 29.

Su Pueblo falló una y otra vez, pecó y se apartó de Dios. Pero Dios permanece fiel a Su pacto y promesa. La línea generacional de esa simiente continúa en el pacto con David (1 Sam 2:10; 2 Sam 7:16), como el Rey de Reyes. Luego con la revelación que Dios haría en Su Pueblo: Cristo es Emanuel, Dios con nosotros, el Salvador que vendría con poder a redimir a Su Pueblo (Is 7:14), cumplido en Mateo 1:18-23. Este Salvador, es el Siervo Sufriente que padecería por el pecado del hombre y, en su lugar (Is 53) se cumplió en la Cruz (Gal 3:13-14).

Cristo no sólo fue profetizado en todos los eventos que corresponden a la salvación: sacrificio, pago por el pecado, cumplimiento de la ley a través de un nuevo pacto en Su Sangre y Cuerpo, sino también vendría a morar en cada creyente por Su Espíritu. Todos los reyes, hombres de fe, patriarcas, sacerdotes, profetas de Israel que representaron al Dios que les salvó e hizo suyos, pecaron, porque todos prefiguraban y profetizaron la obra de Cristo.

Cristo es el centro del Nuevo Testamento

Cristo no sólo cumplió cada una de las profecías para revelar Su identidad a los Suyos (Jn 17:20-26); sino también cumplió la Ley de Dios (Mt 5:17-18) perfectamente en su vida, para que Su sacrificio en la Cruz fuese perfecto para Dios, y Su resurrección la garantía y sostén de nuestra fe y eternidad.

Pablo hizo dos declaraciones acerca de Cristo en el Antiguo Testamento y Su relación con la ley en nuestro lugar: “que Él ya había prometido por medio de Sus profetas en las Sagradas Escrituras. Es el mensaje acerca de Su Hijo, que nació de la descendencia de David según la carne, y que fue declarado Hijo de Dios con un acto de poder, conforme al Espíritu de santidad, por la resurrección de entre los muertos: nuestro Señor Jesucristo. Porque Cristo es el fin de la ley para justicia a todo aquel que cree” (Ro 10:4; 1:2-4).

Cristo también cumplió ser el Cordero Perfecto en los sacrificios ofrecidos por el pueblo de Israel para adoración, perdón y celebración a Dios. Cristo dio Su vida por los injustos en la Cruz, fue Sacerdote y Ofrenda Santa para aplacar la ira de Dios por el pecado, para que aquellos conocidos por Dios vinieran por fe en Su gracia a ser llamados Su Pueblo y ser adoptados como Sus hijos (Heb 9:19-22).

El autor del libro de Hebreos nos lo resume: “Por eso Cristo es el mediador de un nuevo pacto, a fin de que habiendo tenido lugar una muerte para la redención de las transgresiones que se cometieron bajo el primer pacto, los que han sido llamados reciban la promesa de la herencia eterna” (Heb 9:15). La promesa hecha a Abraham (Gn 15:4-5) hasta que Él regrese.

Cristo es Dios, nuestra esperanza de gloria eterna

Cristo no solo se reveló a Sí mismo, fue profetizado y cumplió Su obra por los infieles, sino que también es Dios y un Salvador vivo, sentado en el Trono que regresará por los Suyos para vivir con ellos eternamente.

 

Cristo ha existido desde siempre, “Él es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación. Porque en Él fueron creadas todas las cosas, tanto en los cielos como en la tierra, visibles e invisibles; ya sean tronos o dominios o poderes o autoridades; todo ha sido creado por medio de Él y para Él. Y Él es antes de todas las cosas, y en Él todas las cosas permanecen” (Col 1:15-17).

Por tanto, toda Su obra, Su Persona es un ancla firme para la fe de todos los cristianos de todos los tiempos. Colosenses lo sigue diciendo: “que es Cristo en ustedes, la esperanza de la gloria” (Col 1:27b).

Esto es posible porque Él siendo hombre y siendo Dios, obró en favor de los Suyos resucitando en el poder del Espíritu Santo para que un día, nosotros resucitemos juntamente con Él (1 Co 6:14); porque Su Vida es nuestra vida (Col 3:4). Él es el único mediador entre Dios y los hombres (1 Ti 2:5) para salvación; una salvación trazada desde antes de la fundación del mundo (Ef 1:4-6); una simiente incorruptible que vive y permanece (1 Pe 1:23).

Cristo es el centro de nuestra historia

Seguimos Sus pisadas, 1 Pe 2:21, vivimos creciendo en Su semejanza, 2 Co 3:18, andando como Él anduvo, 1 Jn 2:6, siendo santificados para Su gloria, Mt 11:29, 1 Jn 2:28.

Cristo es el centro de la Biblia, quiere decir que nosotros no lo somos. Si leemos la Biblia a partir de Cristo, tenemos un fundamento firme para nuestra fe, esperanza y seguridad cuando enfrentamos los problemas de este mundo caído.

Cristo es el centro de la Biblia, por eso cuando experimentemos culpa, tentación, pecado, sufrimiento, enfermedad, pérdidas, o alegría, abundancia, salud, sabremos que no es el final de nuestra historia, podremos confiar en el Dios fiel y poderoso que se ha revelado en Su Palabra para que confiemos en Él.

Cristo es el centro, ciertamente es el centro de nuestra historia. Ya no tenemos que llevar la carga de salvarnos por nuestras buenas obras. No llevamos la carga de condenación por nuestros pecados para huir de Dios en vez de acercarnos.

No llevamos la carga de ser perfectos externamente, sino a partir de la perfección de Cristo ¡somos justos por Él! No llevamos la carga de ser salvador de alguien más. No llevamos la carga de que Su ley nos condene, sino que nos apunta a nuestra necesidad del Salvador.  No llevamos la carga de estar en enemistad con Dios, porque Cristo nos reconcilió y trajo a Dios. ¡Estamos en paz con Dios por Cristo!

¡Qué verdad tan hermosa es que Cristo sea el centro de la Biblia, y ciertamente el centro de nuestras vidas para Su gloria y nuestra satisfacción completa!

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Susana De Cano
Susana de Cano, está casada con Sergio y tienen tres hermosos hijos. Es diaconisa de Iglesia Reforma en Guatemala, donde sirve en discipulado y consejería. Estudia una Licenciatura en Teología en Semper Reformanda y Consejería Bíblica en CCEF. Puedes leer lo que escribe de Su Salvador Jesucristo en Instagram @ella_habla_verdad, y en su blog https://medium.com/hablemos-verdad