Mamás imperfectas

No me queda claro de dónde viene nuestra expectativa de convertirnos en la mamá perfecta. A veces pienso que es una idea que el mundo nos ha inculcado y otras, que es un estándar que nosotras mismas nos hemos impuesto. En cualquier caso, es un objetivo inalcanzable y agotador.

El deseo de ser perfectas muchas veces nos lleva a depender demasiado de nosotras mismas y a vivir con la culpa de nunca alcanzar el estándar. No queremos admitir nuestra imperfección.

Como hijas de Dios, nuestro Padre no nos llama a vivir una vida de perfección, sino una de dependencia de Él. 2 Corintios 12:9 nos lo recuerda: “Y Él me ha dicho: Te basta mi gracia, pues mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, muy gustosamente me gloriaré más bien en mis debilidades, para que el poder de Cristo more en mí”.

Si cambiamos el enfoque, la crianza de nuestros hijos puede ser la mejor oportunidad para aprender a depender de Dios de forma cotidiana. Su suficiencia absoluta alivia nuestra búsqueda interminable de ser la mamá perfecta (Mt. 11:28-30).

Debemos entender que nuestros hijos necesitan de Dios tanto como nosotras. La diferencia es que tú y yo tenemos la responsabilidad de enseñarles y hablar con ellos acerca de cómo Dios ha satisfecho nuestra necesidad: “Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y diligentemente las enseñarás a tus hijos, y hablarás de ellas cuando te sientes en tu casa y cuando andes por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes” (Dt. 6:4-9 NBLA).

La crianza es el contexto ideal para comunicarles a nuestros hijos la necesidad que tenemos de un Salvador porque ellos son los principales testigos de las pruebas que enfrentamos como padres cada día.

Cuando sentimos ansiedad, enojo o desesperación, podemos compartirles que nosotras —al igual que ellos— necesitamos del perdón, la gracia y la restauración que el Padre celestial puede dar. De esta manera, Dios redime aun nuestros momentos más difíciles para Su gloria.

El objetivo de la maternidad

Cuando nos valemos de la cotidianidad para acercar a nuestros hijos a los pies de Cristo, estamos cumpliendo con el propósito principal de la crianza. Mediante nuestra relación con ellos, podemos sembrar semillas espirituales en sus corazones.

Dios, quien se relaciona con nosotras como Padre, es el ejemplo perfecto para nuestro propio caminar en la maternidad. Él es amoroso (1 Jn. 4:7-9; Ro. 8:38-39), nos conoce profundamente (Sal. 139:1-5), nos cuida (Sal. 91), nos instruye (He. 12:7) y suple nuestras necesidades (Mt. 6:31-36).

Dios se relaciona intencionalmente con sus hijos y, con base en este vínculo, nos enseña a tener un corazón como el Suyo. De la misma manera, nos llama a hacer de nuestra crianza un discipulado intencional (Ef. 6:4; Dt. 6:4-9); es decir, a enseñar e instruir a nuestros hijos de forma deliberada. El lazo que cultivemos con ellos nos permitirá hablar a sus corazones sobre el amor de Dios e invitarlos a profundizar en su conocimiento de Él.

Es importante decir que en la crianza de los hijos tendremos diferencias inevitables con nuestra pareja; sin embargo, podemos sobrellevarlas si nos enfocamos en que el objetivo del trabajo en equipo es que nuestros hijos conozcan a Dios.

Tratemos a nuestros hijos como Dios nos trata a nosotras

En lo que se refiere a disciplina y amor, he meditado si estoy replicando el carácter de Dios en mi maternidad. Una de las cosas que llaman mi atención sobre Dios es que Él no se desespera, no se irrita, nunca me ha dicho cosas tales como: “¿Cuántas veces tengo que repetirte?” “¿Hasta cuándo vas a entender?” o “¿Qué voy a hacer contigo?”.

Su carácter más bien es piadoso, amoroso, justo y misericordioso. Él me ama, nunca muestra hartazgo de mí y me recuerda esto: “Pero Dios demuestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Ro. 5:8). Aun siendo pecadora, me amó; además, me disciplina como Padre amoroso.

Entonces ¿cómo debo tratar a mis hijos? Efesios 6:4 (NBLA) nos da un par de consejos: “Ustedes, padres, no provoquen a ira a sus hijos, sino críenlos en la disciplina e instrucción del Señor”. Pablo, quien escribe esta carta, nos aclara que la autoridad que tenemos sobre nuestros hijos nunca debe provocar su ira ni poner cargas o exigencias irracionales sobre ellos.

¿Cómo evitar esto? Siendo conscientes de sus necesidades, sus emociones y respetando el diseño con el que Dios los creó. Humillarlos, avergonzarlos o menospreciarlos nunca será la intención de la disciplina de Dios; al contrario, el propósito es conducirlos a ser un reflejo de Él.

Ejerzamos una disciplina que nutra el corazón de nuestros hijos, que lleve frutos eternos, que cultive su fe y gozo, que estreche los lazos entre madre e hijo. Permitamos que Cristo haga Su obra en ellos. Presentemos a nuestros hijos un Padre piadoso y amoroso, tanto que ellos quieran acercarse personalmente a Él. Amemos, disciplinemos y aceptemos a nuestros hijos como Dios lo hace contigo y conmigo.

 Aprendizaje continuo

Quiero ser muy sincera contigo, más de una vez me he encontrado profundamente desafiada por la crianza de mis hijos. Cuando pienso que lo he logrado con éxito, se presenta una nueva etapa en sus vidas; cuando creo que he dominado una rutina, hay cambios repentinos o, cuando muestro amor y paciencia, aparece una situación difícil y pierdo el objetivo.

A veces este llamado a la maternidad parece imposible, ¿cómo puedo lograr ser una mamá conforme al corazón de Dios? Nuestro Padre Celestial no nos ha puesto en esta labor para luego abandonarnos, Él nos promete estar con nosotras siempre (Mt. 28:20). ¡No estamos solas!

Dios también nos ofrece sabiduría cuando sentimos que no la tenemos, como dice Santiago 1:4: “Y si a alguno de ustedes le falta sabiduría, que se la pida a Dios, quien da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada”.

Aquel que diseñó la maternidad desea capacitarnos en cada etapa del camino y también nos invita a tomar sus promesas un día a la vez, recordando esto: “…Cada día tiene ya sus problemas” (Mt. 6:34 NVI) y para cada problema “Grande es su fidelidad; sus misericordias son nuevas cada mañana” (Lm. 3:23 NTV).

La crianza requiere que vayamos a Cristo cada día. Dios nos invita a que cada amanecer tengamos presente que no estamos procurando la sobrevivencia de nuestros hijos, estamos cultivando vidas para la eternidad.

Mi mayor anhelo es que mis hijos puedan experimentar a Jesucristo personalmente, que puedan palpar a un Padre real, bueno y amorosamente soberano, que puedan llamarlo Abba Padre con todo cariño y que lo confiesen como su Salvador y Señor personal.

¿Anhelas esto para los hijos que te han sido prestados? Seamos llenas del fruto del Espíritu Santo “amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio propio; contra tales cosas no hay ley” (Gal. 5:22). Mantengamos una actitud humilde de continuo aprendizaje delante de Dios. Solo ancladas en Su Palabra podremos ejercer una maternidad que lo honre delante de nuestros hijos.

Oremos juntas

Oremos juntas, queridas amigas, porque el Señor nos guíe un día a la vez: “Padre bendito, gracias por el regalo de ser mamás, gracias por la hermosa vida de nuestros hijos, porque los diseñaste perfectos para Tus propósitos. Te pedimos que nos llenes de sabiduría, amor y fortaleza en cada etapa que estamos viviendo, que no perdamos el objetivo eterno para ellos. Llévanos con amor a tus pies cada día, que nuestras vidas sean un ejemplo constante del Padre bueno que eres. Amén”.