He tenido el gran privilegio, y la impresionante responsabilidad, de pastorear una parte del rebaño de Dios por poco menos de 33 años. En el transcurso de ese tiempo comencé a vislumbrar la sabiduría que se encuentra en la declaración socrática «solo sé que no sé nada». No es que no pudiera saberlo; debería haberlo sabido, al menos podría haber sabido más de lo que sabía. Pero no lo hice. Con el paso del tiempo, la gracia de la providencia de Dios me llevó a reconocer que necesitaba con desespero aprender importantes principios pertinentes al ministerio pastoral en el que me comprometía, y del que dolorosamente no era consciente.

La primera cosa que necesitaba aprender es que necesitaba aprender. El hecho de que terminara el seminario o de que la gente se dirigiera a mí como “pastor” no significaba que lo supiera todo.

La segunda cosa que necesitaba aprender es que tenía que aprender mucho más que cinco cosas, que el ministerio pastoral es una vida de constante aprendizaje en todos los niveles. Pero me han pedido que comparta con ustedes cinco cosas, no más, así que me voy a limitar a lo que creo que son los cinco asuntos más urgentes de mi propia vida y ministerio.

He elegido analizar lo que considero que son cinco asuntos centrales, cada uno de los cuales apunta a otras lecciones prácticas necesarias en relación a las cuales me encontré falto y necesitaba mejorar. No pretendo tener una visión especial. Para algunos de ustedes, estas serán verdades obvias porque ya las han aprendido. Acepten lo que tengo que decir como una confesión de mi propia fragilidad.

Confiar en Dios

Necesitaba aprender a confiar en Dios. El ministerio pastoral es muy exigente, a muchos niveles. Sobre todo, requiere un sincero caminar con Dios, altos estándares morales, y una buena cantidad de autosacrificio manifestado en autonegación.

Al mismo tiempo, requiere la capacidad de dirigir con una combinación similar a la de Cristo en firmeza y gentileza, claridad y falta de pedantería. A menudo es un llamado ingrato. Muchos te utilizarán y, si no cumples sus expectativas, se volverán contra ti.

Pablo experimentó esto en Galacia, lo que le llevó a decir a los cristianos gálatas: “Pues testigo soy en favor vuestro de que, de ser posible, os hubierais sacado los ojos y me los hubierais dado. ¿Me he vuelto, por tanto, vuestro enemigo al deciros la verdad?” (Gál. 4:15-16). Es bueno recordar que uno está llamado a servir, no a ser servido.

Necesitaba aprender a confiar en Dios porque no soy un superhombre. Soy un simple ser humano llamado por la gracia. Era mi deber confiar en que Dios me use, a pesar de mis fallas, a pesar de mis defectos y a pesar de mis pecados. No necesitaba presentarme a la congregación como un sabelotodo. Sí, fui llamado por Dios y, como tal, llamado a ser fiel. Pero no fui llamado porque fuera digno, a lo menos no más digno que cualquiera en la congregación.

Ninguna carne puede gloriarse ante los ojos de Dios, ni se puede gloriar ante los hombres. Al no ser contado entre los muchos nobles o sabios, fui llamado por gracia y, habiéndome llamado, era mi deber creer que Dios también condescendería por gracia a utilizarme. Una forma importante en que lo haría es que yo pastoreara el rebaño, no señoreando sobre ellos, sino equipándolos para el trabajo del ministerio en lugar de forzarlos al papel de hombres que solo dicen «sí».

En ese contexto también necesitaba aprender que no todo dependía de mí. No tenía que hacerlo todo.

Pablo recuerda a los Corintios:

 “Yo planté, Apolos regó, pero Dios ha dado el crecimiento. Así que ni el que planta ni el que riega es algo, sino Dios que da el crecimiento… El que planta y el que riega son una misma cosa, pero cada uno recibirá su propia recompensa conforme a su propia labor. Conforme a la gracia de Dios que me fue dada, yo, como sabio arquitecto, puse el fundamento, y otro edifica sobre él” (1Co 3:6-8,10).

Aprendí, entonces, que había mucho que no podía y no debía presumir de hacer. Todo está en las manos de Dios: Él salva, santifica, ciega o hace que la gente vea. Solo Él da crecimiento. Lo que nace de la carne no es más que carne. A menos que los que escuchan nazcan de arriba, por el Espíritu, no pueden ver el reino de Dios.

Dependía de mí evitar con cuidado la presión inapropiada y toda forma de manipulación, emocional, intelectual o social. Confiar en Dios, predicar la palabra de Dios con fidelidad y esperar la voluntad, la obra y el tiempo de Dios… el asunto es que Su sabio tiempo rara vez coincidía con el mío.

Además, necesitaba aprender a confiar en Dios en la adversidad. La iglesia tiene enemigos internos y externos. A veces soy mi propio enemigo, a veces, a pesar de mis mejores intenciones conscientes, incluso podría ser yo mismo un enemigo de la iglesia. A pesar de mi debilidad, mis fracasos y los altibajos del ministerio, debía confiar, nunca sucumbir a la tentación de la desesperación, emplear medios mundanos o diluir el mensaje. La fecundidad de mi vocación no debía medirse en números. De hecho, no debía medirse en absoluto. Dios en Su fidelidad no me pondría en una situación en la que no tuviera la intención de glorificarse a Sí mismo.

Necesitaba aprender a confiar en Él y reconocer que no es por mi fuerza sino por la Suya, hecha fuerte a través de mi debilidad. A menudo me afligía en todos los sentidos, pero nunca me agobiaba; estaba perplejo, pero nunca me desesperaba; perseguido, pero nunca abandonado; golpeado, pero nunca destruido; llevando siempre en mi cuerpo la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste también en nuestros cuerpos. Los que vivimos constantemente estamos siendo entregados a muerte por causa de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo mortal (2 Cor. 4:7-11).

Mi llamamiento supremo era vivir la fe que predico, predicarla con mi conducta, no sólo desde el púlpito. Para ello no tenía derecho a crear una pantalla entre mi vida privada y la congregación. Debía comportarme con la máxima transparencia siempre que no afectara a mi familia.

Confiar en Dios también significaba que debía pasar mucho tiempo en la oración, más de lo que en realidad lo hacía. Significaba que el tiempo de oración durante las reuniones congregacionales y pastorales era más que una formalidad: era una parte importante esencial de nuestro caminar con Dios.

Un sentido adecuado de las prioridades

Necesitaba aprender las prioridades en la vida de la iglesia. Mi tarea principal como pastor era guiar a la iglesia en el cumplimiento de su propia tarea principal, que es poner a Dios en Cristo por encima de todo, «para que en todo sea preeminente» (Col. 1:18). La vida comunitaria, la orientación familiar, los programas para niños y jóvenes, la corrección teológica, la evangelización, las necesidades físicas y sociales de los que nos rodean, estos y otros son asuntos de diversa importancia, pero ninguno es igual a la gloria de Dios.

Tuve que aprender a dirigir el enfoque de nuestra vida de iglesia a Dios, a amarlo y obedecerlo, a ponerlo en el centro de nuestros intereses y en el frente de nuestras prioridades congregacionales y personales. Esto significó que tuve que aprender a trabajar para cultivar una adoración a Dios consciente, afectuosa, obediente, entusiasta y consistente en todo lo que hacíamos como congregación y en todo lo que cada familia y cada miembro de la congregación hacía en sus diversas esferas de la vida. Mi deber era complacer a Dios, no al pueblo.

Necesitaba guiarme por lo que era mejor para la congregación, no por lo que los miembros disfrutaban más o exigían con más fuerza. Necesitaba enfocarme en la enseñanza y la predicación consistente de la Palabra de Dios, a través de un ministerio expositivo, sin rehuir la teología o la consistencia teológica y, por lo tanto, involucrarme de vez en cuando en sermones de actualidad, a veces en series de tales. Necesitaba cultivar en mi corazón, y en el de la congregación, una fascinación por la Palabra de Dios y un deseo consciente de entenderla y obedecerla. No se esperaba nada más de mí o de los feligreses, ni nada menos.

Para lograr todo esto, la adoración sincera desde la oración, el canto y la escucha atenta de la Palabra de Dios debía convertirse en una parte central de la vida de la iglesia. Yo debía trabajar con ese fin. Debía predicar a un nivel que formara y desafiara los corazones de la gente, nunca entretenerlos, nunca permitirles el consuelo en sus pecados, nunca robarles la esperanza y la viva aspiración a más de Dios. Debía trabajar duro para mejorar mi predicación, y hacer del púlpito la parte principal de la vida de la iglesia. Para ello, también debía estar abierto a las críticas de todos y cada uno de los que se preocuparan de ofrecerlas, cualquiera que fuera su motivo.

En términos de prioridad, necesitaba aprender a poner a mi familia antes que a la iglesia. Mi vocación principal era ser un marido y un padre (en ese orden) y sólo entonces pastor de una iglesia. Para ello, me aseguré un día a la semana en el que estuviera libre de todas las obligaciones de la iglesia. Nadie me llamaba a menos que su casa estuviera en llamas (en cuyo caso era mejor llamar a los bomberos) y si ningún otro anciano estaba disponible. Mi esposa e hijos debían saber que, si alguna vez me necesitaban, yo estaría ahí para ellos y que había una ventana cada semana en la que yo era exclusivamente suyo. Pelaba y cortaba las verduras mientras mi mujer cocinaba, y cuando los niños volvían a casa, tenía tiempo para ellos.

Necesitaba aprender que la iglesia está por encima de todo, excepto de la familia. Conferencias, oportunidades fuera de la iglesia, todo esto estaba bien, pero el día del Señor debía ser dedicado a la adoración de Dios en compañía de Su gente… uno nunca se toma vacaciones de ser cristiano. Mi esposa, mis hijos y yo necesitábamos anteponer la iglesia a todo tipo de actividades, incluyendo las actividades cristianas, y necesitaba modelar ese conjunto de prioridades a la iglesia.

Las misiones deben hacerse a través de la iglesia. Dar debe hacerse a través de la iglesia. La instrucción debe hacerse principalmente a través de la iglesia. La consejería debe realizarse dentro del contexto de la iglesia. Dios no estableció ninguna otra organización más que la iglesia. Su Palabra no pide ningún otro marco de actividad cristiana. Por lo tanto, todos los demás marcos deben estar sujetos a la iglesia.