A cada uno de nosotros se nos da una carrera que correr. Algunos son llamados a correr una carrera larga; algunos son llamados a correr una carrera corta. Lo que importa no es cuán larga sea nuestra carrera, sino cuán bien la corramos. Es asunto de Dios determinar por cuánto tiempo corremos; es asunto nuestro determinar cuán bien corremos. Es mucho mejor correr bien una carrera corta que una larga. 

Dios llamó a mi hijo Nick para que apenas corriera una carrera corta. A algunos les da ochenta años. A otros les da noventa. A Nick solo le dieron 20 años; pero corrió bien su corta carrera. J.I. Packer, un hombre cuya carrera fue muy larga, alguna vez dijo: “Mi opinión es que deberíamos aspirar a ser encontrados corriendo la última vuelta de nuestra carrera de la  vida cristiana, como diríamos, al máximo. El sprint final, por lo que insisto, debería ser un sprint de verdad”. Ese fue mi muchacho. Corrió fuerte hasta la meta final. 

Había tantas cosas de Nick que me hacían sentir orgulloso. Pero nada más que esto: terminó bien. Al terminar su carrera, estaba haciendo lo que amaba, con la gente que amaba. Mejor aún, al terminar su carrera, estaba sirviendo a la gente a la que Dios lo había llamado a servir. Su momento final, su acto final, fue el servicio. 

Nick no era un joven con dones extraordinarios. No poseía un intelecto extraordinario. En esas formas innatas era tan ordinario como sus padres. Pero donde era extraordinario era en su compromiso, especialmente su compromiso con la obediencia y el deber. Esas cualidades no son innatas, sino simplemente decisiones que él tomó día a día. Estaba decidido a que si Dios lo había llamado a ser algo, lo sería. Si Dios lo había llamado a hacer algo, lo haría. Lo haría a fondo. Lo haría con una sonrisa. Lo haría para la gloria de Dios. 

Cuando visité su habitación en el seminario, para revisar sus efectos personales, vi su nombre escrito en el exterior: “Nick Challies”. Alguien había escrito una flecha que apuntaba a otras palabras escritas alrededor: “El hijo de Tim Challies”. Se estaban burlando de él por su padre “famoso”, estoy seguro. Pero en lo que a mí respecta, esa flecha debería ir en dirección contraria. Lo que debería decir es: “Tim Challies: El padre de Nick Challies”. Es un hijo del que cualquier padre estaría orgulloso. Es un hijo del cual este padre está inmensamente orgulloso.  

Entre sus artículos personales, encontré una bolsa en la que había guardado el montón de cartas que le envié durante sus años de universidad. De entre todo, esta sobresalía, porque lo que era cierto en ese momento y en ese contexto, es verdaderamente cierto aquí y ahora. No puedo decirlo mejor hoy de lo que lo dije en aquel entonces. 

Nick, 

Antes de que me vaya a la India, hay algunas cosas que quiero aclarar. Primero, te amo tanto como un padre puede amar a un hijo. Segundo, estoy tan orgulloso de ti como cualquier padre puede estar orgulloso de un hijo. Tercero, te extraño tanto como cualquier padre puede extrañar a un hijo. Te amo, Papá