Los no calvinistas tienen razón: el entendimiento de una iglesia acerca de la conversión impactará su práctica del ministerio.

Ahora bien, los no calvinistas temen que creer en la soberanía de Dios sobre la conversión produce pasividad e inactividad en la evangelización. No creo que esto sea cierto, pero el instinto subyacente aquí es correcto: tu doctrina de la conversión impulsará, como un motor, tus prácticas ministeriales en una dirección u otra.

Entonces, ¿de qué manera responden tú y tu iglesia preguntas doctrinales como estas?:

  • ¿Es Dios soberano sobre la conversión? Si es así, ¿cómo y de qué modo?
  • ¿Qué rol desempeña la predicación del evangelio en la conversión en relación a otros incentivos humanos?
  • ¿La conversión implica solamente fe o arrepentimiento y fe?
  • ¿Qué tiene que ver la conversión con nuestra inclusión en el cuerpo de Cristo?

Las respuestas de tu iglesia a tales preguntas determinarán su alcance al hacer discípulos.

Algunos ejemplos

Supongamos que la doctrina de un pastor acerca de la conversión da lugar a la necesidad de la «fe», pero minimiza el llamado al «arrepentimiento». Sus sermones podrán ofrecer gloriosos argumentos apologéticos para el intelecto, pero no habrá mucho acerca de la ley de Dios para la conciencia o del amor de Dios para el corazón.

O supongamos que una iglesia afirma la necesidad del individuo de arrepentirse y creer, pero no deja espacio a la soberanía de Dios sobre la salvación. Las prácticas de dicha iglesia, con el transcurso del tiempo, pueden inclinarse hacia lo pragmático, en el mejor de los casos, y hacia la manipulación, en el peor de ellos. O, alternativamente, si una iglesia enfatiza la soberanía de Dios sobre y en contra del llamado al arrepentimiento y la fe, bien puede fallar en invitar, más aún, en instar a las personas que prueben y vean la bondad del Señor.

O supongamos que una iglesia afirma que, para ser cristiano, Jesús debe ser tu Salvador, pero niega que Él también debe ser tu Señor. Puede tener un rol para la membresía de la iglesia, pero no tendrá un rol para la disciplina de la iglesia, que a su vez volverá a determinar lo que es la membresía y eventualmente carecerá de sentido. La membresía no será acerca de que los cristianos crezcan juntos en el carácter de Cristo, sino de atraer consumidores.

O supongamos que la doctrina de la conversión de una iglesia hace hincapié en la obra del evangelio de reconciliarnos con Dios (como en Ef. 2:1-10), pero tiende a descuidar la obra de ese mismo evangelio de reconciliarnos con la familia de Dios (como en Ef. 2:11-12). La iglesia puede hacer un buen trabajo fomentando vidas en santidad e incluso el ministerio de todos los miembros, pero es posible que no escuches mucho acerca de cómo vivir nuestras vidas diarias en hospitalidad y cuidado mutuo, como observamos en los primeros capítulos del libro de Hechos.

Obviamente, estoy hablando a grandes rasgos. Además, las personas pueden decir que creen una cosa, y hacer otra, porque puede existir un espacio entre lo que pensamos que creemos y lo que en realidad creemos o confiamos. Esto quiere decir, en otras palabras, que nuestra práctica en ocasiones es mejor que nuestra doctrina, pero a veces es peor. Los ministerios calvinistas pueden parecer no calvinistas, y los no calvinistas pueden parecer calvinistas.

No obstante, en general, la doctrina de la conversión que redactamos en papel siempre producirá tendencias ministeriales, aunque no sean inevitables. Lo importante, por tanto, es trabajar para conocer lo que la Biblia enseña acerca de la conversión, y luego esforzarnos por descubrir cómo esto impacta de manera práctica el hacer discípulos. Podrías decir que existe una línea de dominós entre lo doctrinal y lo práctico.