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    Cómo ser productivo: interrupciones

    Nota editorialEste artículo pertenece a la serie Cómo ser productivo de Tim Challies, escrita originalmente en inglés y traducida para Soldados de Jesucristo.


    El problema con una serie sobre productividad es que la misma puede continuar para siempre. Nuestro trabajo nunca está terminado y nunca dominamos por completo el mejor uso de nuestro tiempo y oportunidades. Nuestro llamado dado por Dios para hacer el bien a los demás no termina hasta que nuestras vidas terminen. Hasta que demos el último suspiro, nunca nos quedaremos sin oportunidades para traer gloria a Dios haciendo el bien a los demás. Siempre estamos aprendiendo a hacerlo mejor, y siempre aprendiendo a hacer un mejor uso de las herramientas que lo promueven.

    Voy a cerrar esta serie hoy, y lo haré con algunas reflexiones sobre la batalla que se libra a diario acerca de las prioridades correctas. Ya hemos mirado la planificación y el flujo de trabajo diario, así como la mejor manera de utilizar tus diversas herramientas. Y todo esto está muy bien hasta que la realidad nos llega. Y de repente aparecen interrupciones a tu alrededor: emergencias que hay que responder, niños que necesitan atención, jefes que hacen sus demandas, clientes que necesitan tu respuesta al instante. Es como si todo el mundo ahora conspirara para burlarse de tus intentos de poner orden en tu vida. Planeaste limpiar tu casa hoy, pero tus amigos están pasando por un doloroso momento y buscan tu consejo; planeaste preparar el sermón esta mañana, pero un miembro de la congregación llamó y dijo: “Realmente necesito hablar”; tenías el día apartado para ponerte al día con clientes, pero el jefe te pidió que asistieras a una reunión.

    ¿Cómo puedes lidiar con todas estas interrupciones?

    Lidiar con interrupciones requiere un conocimiento de tus propias limitaciones. C. J. Mahaney, sabiamente dijo: solo Dios cumple su lista de tareas todos los días. Dios lo hace todo todos los días. Tú, por el contrario, irás a la cama esta noche con tu lista incompleta y con poca confianza de aquello que tienes pendiente para el día de mañana. Solo Dios puede tener esa confianza. Y eso está bien. Dios te hizo un ser limitado y sabe que tu pecado te ha limitado aún más.

    Lidiar con las interrupciones requiere reconocer conscientemente de que Dios es soberano y tú no. Cuando confías en un Dios soberano, sabes que ninguna interrupción ha tomado a Dios por sorpresa. Esto te libera de arrebatos de ira o desesperación. Te permite hacer una pausa y considerar si cada una de estas interrupciones ha sido traída por Dios como una oportunidad para hacer el bien a otra persona. Elimina cualquier derecho a rechazarlas de manera automática.

    Sin embargo, no todo el tiempo puedes hacer el bien a todo el mundo. Greg McKeown lo dice bien: “Solo una vez que te des permiso para dejar de intentar hacerlo todo, para dejar de decir sí a todos, podrás hacer tu mayor contribución hacia las cosas que realmente importan”. Randy Alcorn hace eco de esto: “La clave para una vida productiva y contenida es el ‘descuido planificado’: saber qué NO hacer y contentarte con decir no a oportunidades verdaderamente buenas, a veces fantásticas. Esto sucede solo cuando te das cuenta de lo verdaderamente limitado que eres, y de que debes administrar tu insignificante vida, y que de las mejores cosas para hacer en el planeta, Dios quiere que hagas solo un número minúsculo”. ¿Cómo, entonces, sabes qué aceptar y qué rechazar?

    Lidiar con las distracciones del día a día implica evaluar cada una de ellas y determinar si serás rígido o flexible, si rehusarás o responderás. Lo difícil es que el pecado acecha en ambos lados de la ecuación.

    Por un lado hay una visión rígida del tiempo. Así, no permitirás que nada interrumpa tus planes. Eres absolutamente inamovible y no permitirás que incluso las oportunidades más urgentes hagan que dejes de lado tu lista de cosas que hacer. Esto, fácilmente puede ser producto del orgullo. Estás tan seguro de ti mismo y de tu propia comprensión de lo que es mejor que nada puede ni podrá moverte. Así es como lo expuse en una presentación reciente sobre productividad:

    Por otro lado, tienes una visión muy flexible del tiempo. Aquí permites que todo interrumpa tus planes. Eres completamente flexible y permites que incluso las oportunidades más fugaces y sin importancia te hagan dejar de lado tu lista de tareas. Esto puede ser, fácilmente, producto del miedo al hombre. Estás tan ansioso por complacer a los demás y temes tanto decirles “no” que siempre les permites que te muevan. De nuevo, esto lo presenté de la siguiente manera:

    No es sorprendente que necesites vivir en algún lugar entre esos dos extremos. No hay una lista objetiva e inerrante de criterios que puedan tomar esas decisiones por ti, pero hay un Dios que da sabiduría y extiende gracia. Susurra una oración pidiendo sabiduría, toma una decisión y haz el bien a los demás. Sabe a través de todo que cuanto más profunda sea tu comprensión de tu misión y mejor planificada y organizada esté tu vida, más fáciles serán esas decisiones.

    Quiero terminar con algunas palabras sabias de C. J. Mahaney, palabras que necesitarás recordar en un momento u otro. “Mi gozo no se deriva de la perfecta ejecución de mis objetivos. Mi gozo cada día se deriva de la persona y la obra de Jesucristo en la cruz”. La productividad es un sirviente maravilloso, pero un amo miserable. Tachar tareas y completar proyectos no es tu propósito y no debe ser tu mayor gozo. Tu mayor gozo es deleitarte en la persona y obra de Jesucristo, y tu mayor propósito es hacer que Él quede bien. Así que ve y hazlo.

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