Hace algunas semanas leí otro de los grandes clásicos publicados por editorial Peregrino, Partícipes de Cristo, escrito por el teólogo William Guthrie (1620-1665). Responder a la pregunta que plantea nuestro artículo fue la meta que movió la pluma del pastor para escribir uno de los ensayos más grandiosos sobre el tema.

Querido lector, quizás tu propia alma se encuentra cautiva bajo el azote de las dudas y el temor de la muerte. Es posible que nunca hayas alcanzado dulce paz sobre el estado de tu salvación. También puede ser que necesites brindar ayuda a un corazón desesperado que acude a ti para pedirte consejo espiritual sobre el estado de su alma.

Por estas razones, resumamos algunas verdades escritas por el puritano escocés a fin de que recibamos orientación bíblica al respecto.

Las Escrituras determinan nuestro estado espiritual

Este es el principio de toda conversación: Sola Escritura. La Biblia contiene en sus páginas doradas el camino recto para que todo hombre, y toda mujer, puedan determinar de forma segura su salvación.

Solemos permitir el acceso del Libro a nuestra conciencia de forma restringida. Son muchas las ocasiones que competimos con sus verdades salvíficas. “¿Cómo?” dice un fulano “¿El que cree, tiene vida eterna (Jn 6:47)? Esto no puede ser tan simple. He creído, pero estoy seguro de que me falta algo. ¡Oh, amigo! Si conociese mis pensamientos. ¡Oh, Dios! ¿Cómo puedes jugar conmigo diciendo tal cosa? Tú sabes cuán malo es mi corazón”.

Pero estos razonamientos no son estables para el alma. Están basados en emociones y experiencias subjetivas. Debemos dejar que las Escrituras determinen las señales incuestionables de una persona que participa de Cristo, y luego, aferrarnos a ellas, creerlas y aceptarlas sin reservas. El Espíritu Santo nos guía a través de las Sagradas Escrituras. Él tiene la última palabra y el voto decisivo en esta controversia.

Que la condición final de tu alma no la determine ningún tribunal humano, ni siquiera el tribunal de tu conciencia, sino el supremo tribunal de las Escrituras inspiradas por Dios.

“La conciencia suele tener un conocimiento defectuoso y estar en tinieblas. A menudo la Escritura afirma que hay paz para una persona por el estado de su alma, pero su conciencia lo amenaza en el sentido contrario, y sigue condenándole, negándose a absolverlo. En este caso es preciso instruir mejor la conciencia de tal persona con las Escrituras” (Guthrie).

La razón del problema para determinar nuestro estado espiritual

Mencionemos algunos motivos por los cuáles las almas no pueden discernir con claridad su salvación.

Desconocen a Dios. Abunda la ignorancia de quién es Dios, cuáles son Sus caminos y cuál es Su plan de salvación para el hombre. ¿Cómo puedes reclamar el amor de un Dios que no conoces? ¿Cómo puedes aferrarte a la misericordia de un Dios que no entiendes? ¿Cómo puedes confiar tu alma a Cristo crucificado, si no estás familiarizado con Aquel que murió por ti?

Descuidan sus conciencias. Llevan una relación fraudulenta con Dios y, por lo tanto, se engañan ellos mismos con respecto al estado de su alma. ¿Sufres a diario la reprensión del Espíritu Santo por ese pecado particular que te niegas dejar? ¿Deliberadamente violas tu conciencia? Entonces, ¿cómo esperas gozar el consuelo de tu salvación si vives trasgrediendo los mandamientos de la Escritura dados para tu paz?

Cultivan la pereza. ¡Ah, cuánto hay de esto! “No sé si soy salvo, no sé si Dios me ama, no sé si estoy en Cristo”. Bien amigo, pero ¿qué haces para averiguarlo? La duda es el primer paso, no el último. ¿Te esfuerzas por examinar tu alma para saber si estás en la verdad? Con negligencia irreflexible, y un espíritu soñoliento, no conseguirás un estado firme sobre tu condición espiritual. Dios no sacia el alma del perezoso. Determina resolver tus inquietudes con esmero y ferviente oración.

Describir la fe salvadora determina nuestro estado espiritual

Aquí cito por entero a Guthrie:

“La fe salvadora, en ocasiones actúa por un deseo de unión con Cristo. Este es el mirar que hallamos en Isaías: mirad a mí y sed salvos (Is 45:22 RV60) […] Por otro lado, esta fe se manifiesta en ocasiones como el acto de recostarse, o apoyarse, en el Señor; cuando el alma toma a Cristo como su piedra de apoyo… Este tipo de acto tiene su reflejo en expresiones como confiar o permanecer en Dios, que con frecuencia hallamos en las Escrituras. Este acto de fe es objeto de valiosas promesas: “Los que confían en el SEÑOR son como el monte Sión, que es inconmovible, que permanece para siempre”. (Sal 125:1)

Por consiguiente, la fe —que Dios ha instituido canal y comunicación entre Cristo y el hombre, como instrumento para transmitir Su plenitud al hombre, y como medio para mantener la unión y comunión con Él— actúa de diversas maneras ante Dios en Cristo. Porque la fe es el molde del corazón del hombre con respecto al plan de salvación de Dios por medio de Jesucristo… De modo que, independientemente de la dirección que tome Cristo, hacia allí apunta la fe”.

Las señales de una nueva criatura determinan nuestro estado espiritual

“De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí, son hechas nuevas”. (2 Cor 5:17)

Resulta en estimulo hablar de la sola fe. Pero es necesario mencionar los frutos salvadores que ésta produce en el corazón que la acuña. No podemos abrazar a Cristo sin ser transformados en nuevas criaturas por Él.

Esta nueva creación, o renovación del ser humano, es un cambió perceptible en los hombres y las mujeres que lo experimentan. Nadie que carezca de los efectos producidos por el Espíritu Santo en el corazón humano es digno de reclamar la salvación de Dios.

Cuando hablamos de nueva criatura, la Escritura también la llama nuevo hombre. Esto es así para indicar el alcance del poder renovador del Espíritu Santo. La Palabra de Dios no dice que somos nuevas lenguas, nuevas manos, nuevas mentes; sino nuevos hombres. Y lo llama algo nuevo, porque proviene de un nuevo principio de vida: Dios. Esto no es nada más, y nada menos, que la vida de Dios en el alma del hombre. Por eso hablamos de un nuevo corazón de carne, una mente renovada, un hombre renovado.

De manera progresiva, y hasta cierto punto, todo el hombre debe ser renovado:

Su mente. Ahora conoce a Dios. Estima a Cristo. Las realidades eternas se vuelven verdades sólidas y fundadas en sus pensamientos. Discierne la imagen de Dios en su prójimo. Reflexiona sobre la Majestad divina, sobre su alma y sobre la eternidad de una forma que antes no solía hacerlo.

Sus afectos. Ama a Dios. Atesora a Cristo. Ama a la Iglesia porque son hijos de Dios. Ama al prójimo porque es portador de la imagen de Dios. Desea la santidad. Desea guardar la Ley de Dios. Odia la maldad. Teme a Dios. Se goza en la verdad. Se entristece por el pecado. Su corazón se vuelve susceptible a los cambios espirituales y es moldeable ante la mano del Alfarero.

Su cuerpo. Sus miembros están al servicio de Dios. Su lengua, sus ojos, sus oídos, sus manos y pies. Antes su cuerpo era un arma letal en posesión del diablo, era esclavo del pecado. Ahora pone sus miembros al servicio de la justicia, para que sean armas de bien, para que promuevan la santidad.

De igual modo, de forma progresiva y hasta cierto punto, toda la conducta del hombre debe ser renovada:

  • Los intereses del reino de Cristo se vuelven sus intereses.
  • Exaltar a Cristo se vuelve el objeto de su adoración.
  • Glorificar a Dios se convierte en el supremo llamamiento a realizar en su trabajo y quehaceres diarios.
  • Su relación con la Ley de Dios es gobernada por la sumisión, el deleite y la obediencia.
  • Sus libertades legítimas son gobernadas por el amor que muestra a las conciencias débiles entre los hijos de Dios.
  • Sus relaciones con los demás son gobernadas por llevar una limpia conciencia.

La Escritura dice: “¡Y les daré un corazón nuevo, les daré intenciones nuevas y rectas, y pondré un espíritu nuevo en ustedes! ¡Les quitaré sus corazones de piedra, tercos e insensibles, y les daré nuevos corazones, llenos de amor y buenas intenciones! Y pondré mi Espíritu dentro de ustedes para que sigan mis instrucciones y hagan todo cuanto es justo y agradable para mí.” (Ez. 36:26-27 NBV)

“Esta es la verdadera santidad, todo aquello apropiado para quienes tienen la pretensión de ser herederos de esa santa morada, en la compañía y comunión inmediata de un Dios santo” (Guthrie).

Las manifestaciones del Espíritu Santo determinan nuestro estado espiritual

En este punto, el pastor William Guthrie menciona más de veinte manifestaciones del Espíritu. Pero basta con reflexionar en cinco de ellas.

Primero, el Espíritu Santo coloca un sello inequívoco en toda persona que disfruta la gracia de Dios: la santidad. “No obstante, el sólido fundamento de Dios permanece firme, teniendo este sello: El Señor conoce a los que son suyos, y: Que se aparte de la iniquidad todo aquel que menciona el nombre del Señor.” (2 Tim. 2:19). Estos son los rasgos de la imagen de Dios restaurada en el hombre por medio de Jesucristo. Esta es la obra santificadora del Espíritu de Dios.

Segundo, el Espíritu Santo produce esa comunión con Dios que suelen gozar Sus hijos. Esto es una familiaridad santa, basada en una relación de amor entre Dios y la persona. Es claro, como la luz del día, que nada de esto sería posible a menos que la persona esté en Cristo y sea acepta por Dios en el Amado.

Tercero, el Espíritu Santo produce esa compañía con Dios que suelen gozar Sus hijos. La diferencia en este punto con el anterior, es que aquí se refiere a la práctica de la presencia de Dios como un estilo de vida diario. Notemos cómo lo dice Guthrie: “Por compañerismo entendemos una relación familiar, perceptible y vigorizante de Dios, que deleita y renueva el alma. Hablamos de andar a la luz de Su rostro, y de una buena medida de Su presencia perceptible”.

Cuarto, el Espíritu Santo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. El puritano explica que primero el Espíritu de Dios nos convence de que la Biblia es el Libro inspirado por Dios. Luego, nos muestra si los frutos de nuestra vida están conformados a los parámetros revelados por Dios en Su Palabra.

Solo nuestro propio espíritu puede conocer la integridad de nuestro amor, esperanza, gozo, fe y paciencia. Pero solo el Espíritu de Dios puede atestiguar a nuestro espíritu sobre la veracidad de estas virtudes cristianas, aprobarlas, y alentar nuestras conciencias con seguridad divina para que disfrutemos de gozo y paz en ellas.

Quinto, el Espíritu Santo produce en nosotros un espíritu de oración. Esto es comunicación libre con Dios. Implica:

  • Acceso a Su santa presencia por medio de Jesucristo.
  • Seguridad en Su santa presencia por medio de Jesucristo.
  • Libertad de espíritu ante el trono de la gracia.
  • Libertad de la Ley como pactos de obras.
  • Cultivar intimidad personal con el Señor.
  • Piedad de corazón.
  • Integridad de vida.
  • Derramar el alma ante Dios con confianza.
  • Oraciones perseverantes y fervorosas.
  • Oraciones hechas según Su voluntad y, por tanto, respondidas.

Conclusión

Querido lector, espero que este viaje haya servido para instruir tu conciencia, esclarecer tus pensamientos, examinar tu corazón y promover seguridad en la salvación que Dios nos ofrece.

Si eres un hijo de Dios has sido consolado. Sé que te has visto de manera positiva en estas verdades bíblicas. Gracia y paz para ti amado hermano, Dios te bendiga.

Ahora bien, si no eres un hijo de Dios has sido desengañado. Porque nuestra participación en Cristo no tiene nada que ver con teología, religión o activismo eclesiástico. Se trata de una nueva vida impartida por el Espíritu Santo, confirmada por Su Palabra, y experimentada de modo renovado en todo el ser.

Por tanto, ven a Cristo amado lector, cualquiera sea tu condición espiritual. Recibe de Él la gracia, el perdón, la justicia, la santidad, el consuelo, la paz, la esperanza y la seguridad que necesita tu alma para saberse un hijo o una hija de Dios.