Hay etapas en la vida en que nos vemos y decimos «Una semana más, un mes más, un año más y sigo igual». Nos desanima ver patrones de pecado, luchas, relaciones rotas que continúan sin ningún mejoramiento. Quizás vemos transformación en algunas áreas, pero en otras por más que oremos nos desanima que seguimos en el mismo lugar o a veces en un peor estado. Sabemos que el diablo es un león rugiente (1 Pe 5:8) que susurra en nuestro oído mintiéndonos en cuanto a quién es Dios, quiénes somos y cuál es nuestro destino final.

Nosotras, si estamos en Cristo, tenemos esperanza eterna, pero muchas veces las circunstancias por las que estamos pasando, nuestro pecado y el pecado de otros hacia nosotros nos llenan de desesperanza. Entonces, nuestra carne cede a la desesperanza y nos estancamos en nuestro caminar con Dios.

Creemos la mentira de que no podemos cambiar y nos conformamos con los cambios externos. A cambios externos me refiero ya sea a aparentar que todo está bien, tratar en nuestras fuerzas diciéndonos al espejo frases motivacionales que nos den ánimo para ser mejor, esforzarnos en hacer cosas para Dios que nos distraigan o distraigan a otros de lo que realmente hay en nuestro corazón.

Servimos, vamos a la iglesia sin falta, ponemos versículos bíblicos, hacemos obras caritativas todo para esconder esas áreas que sabemos que están allí. O en otros casos, sucumbimos a las adicciones, al entretenimiento, a actividades, e incluso llega un punto donde nos rendimos y simplemente queremos tirar la toalla.

La depresión y el desánimo nos invaden y ya no hay ninguna ilusión de seguir o de buscar alguna manera de salir de nuestras luchas o patrones pecaminosos. Entonces, ¿qué hacemos? ¿Cómo cambiamos?

¿Cómo puedo cambiar?

Hay un pasaje que siempre me ha cautivado. Es 2 Corintios 3 específicamente los versículos 16-18 en donde Pablo le recuerda a los Corintios el grandioso privilegio que en Cristo ahora tenemos acceso ilimitado a Dios. Ya en el nuevo pacto no hay la necesidad de un velo que nos separa de Dios. Cristo en su muerte y Resurrección removió el velo que nos separaba de venir al Señor con confianza plena (Mat 27:51).

Precisamente Pablo, en el capítulo tres, ha estado comparando la gloria temporal y menor del Antiguo Pacto versus la gloria mayor y eterna del Nuevo Pacto dado a la obra de Cristo. Cristo es la gloria de Dios y por Él el velo de nuestro corazón fue removido para que podamos tener completo acceso ante el trono de Dios.

Cristo ha vencido la muerte y el pecado con Su vida santa aquí en la tierra y Su sacrificio completo a favor de Sus hijos e hijas, nosotras con rostro descubierto podemos contemplar a Dios en Su grandeza, en Su poder, en Su santidad. Su santidad no nos separa de Dios, cuando venimos a Dios en oración y adoración, cuando le buscamos en Su palabra Dios ve la justicia de Cristo en nosotras.

Ahora somos selladas por el Espíritu quién guarda nuestra vida y nos hace aceptos delante del Padre. Y en todo esto, la Biblia explícitamente nos recuerda una y otra vez, nosotras no contribuimos nada bueno, fue solo Dios en Su gran misericordia y en Su plan redentor quien hizo posible esto.

Es maravilloso que la Biblia una y otra vez nos habla de que todo esto lo ha hecho Dios mismo por amor a Su gloria y por amor a nosotros, Su pueblo. Entonces que tiene que ver todo esto con entender ¿cómo puedo cambiar?

Ahora puedes contemplar

Si vemos el versículo 18 dice que, en otras palabras, ahora ya sin un velo contemplamos la gloria de Dios y mientras contemplamos somos transformadas. Tenemos que llegar al entendimiento pleno que un cambio en ti y en mí no es posible por nosotros mismos. Un cambio verdadero es la total certeza de que solo Dios por Cristo y por medio del Espíritu Santo puede hacerlo.

Es el poder transformador de Cristo en nosotras que hace un cambio desde adentro hacia afuera al tú y yo dejar nuestro orgullo y decir como dice versículo 5 «nuestra suficiencia es de Dios» Ahora somos libres de la condena del pecado y de la ley que nos muestra nuestra inhabilidad de cumplirla completamente. Somos libres para contemplar a nuestro Salvador, amarlo, adorarlo, conocerlo en Su palabra.

Leo Su Palabra no para cumplir un requisito y que Dios me cambie, sino que ahora leo Su Palabra como un deleite, disfrutando Aquel que hizo posible un camino para que yo pudiera disfrutarlo a Él a pesar de mi enemistad contra Él.

Cuando entiendo lo serio y grande de mi pecado y comprendo cuánto costó la salvación, mi deleite y permanencia en Cristo comenzará a transformar esas áreas (Jn 5). Cuando entiendo el alto precio que pagó mi Señor y Salvador, comenzaré a clamar por sus fuerzas para que me permita rendirle áreas de pecado que parecen imposible para mí rendir. Entonces, dependo de Sus fuerzas y me someto a Dios para que Él obre lo que solo Él puede obrar en mí.

Ahora puedes clamar

En Cristo ahora podemos clamar. Clamamos a Él reconociendo que llegamos al final de nuestras fuerzas y nos rendimos a su señorío en las áreas de nuestra vida que no le dan gloria. Y dirás, «yo no tengo áreas graves de pecado». Sin embargo, no seamos cristianos moralistas que se conforman con ser «buenas personas por apariencia» roguemos al Señor que nos examine y Él nos mostrara áreas que muchas veces pasamos por alto.

Entonces, al traerlas a la luz seremos libertadas de cosas que nos estaban esclavizando. Estos pecados muchas veces aceptables o justificados pueden ser la constante queja, la ingratitud, el chisme, la glotonería, la contante critica, la autosuficiencia, la auto justicia (el creernos mejor que otros), la comparación con otros que nos hacen sentir más espirituales que los demás, entre otros.

Satanás es tan sutil y nuestro hombre natural tan lleno de orgullo, que sólo Dios puede revelarnos áreas que están afectando nuestra vida de tal manera que nos hace vivir en fracaso y en estancamiento en nuestra madurez en Cristo.

Pidámosle a Dios un espíritu humilde que nos lleve a clamar de rodillas por ayuda al Único que puede examinarnos, revelarnos, y transformarnos. Contemplemos a nuestro Dios, deleitémonos en El y gocémonos que en Cristo podemos hacerlo con rostro descubierto, sin condenación.  Clamemos a nuestro Señor, el Único que puede ayudarnos a rendir áreas con plena libertad del dominio del pecado, la muerte y la desesperanza.