Esta pregunta inundaba el angustiado corazón del salmista, y hoy día sigue rondando en el interior de muchos hermanos y hermanas en la fe.

El pecado es como una bestia salvaje que destruye todo a su paso. Podemos sentir el desespero del poeta detrás de la pregunta. Él no está cómodo con el pecado en su alma. Podemos leer a un cristiano que clama por liberación. Él no está feliz con las férreas cadenas de iniquidad que lo oprimen.

No hay duda que esta es una pregunta sincera que nace de una persona agotada en sus propios recursos, y por lo tanto, lista a obedecer lo que se le pida.

Querido amigo, y amiga, ¿el pecado te ha robado el gozo? ¿El pecado ha quitado el brillo de la santidad en tu alma? Déjame animarte con estas palabras: si estás elevando al Señor una oración similar, eso ya constituye una prueba segura de que la gracia habita en ti. Miremos juntos el pasaje para explorar la respuesta que encontró el escritor ante su problema espiritual:

“¿Cómo puede el joven guardar puro su camino? Guardando tu palabra. Con todo mi corazón te he buscado; no dejes que me desvíe de tus mandamientos. En mi corazón he atesorado tu palabra, para no pecar contra ti. Bendito tú, oh SEÑOR; enséñame tus estatutos. He contado con mis labios de todas las ordenanzas de tu boca. Me he gozado en el camino de tus testimonios, más que en todas las riquezas. Meditaré en tus preceptos, y consideraré tus caminos. Me deleitaré en tus estatutos, y no olvidaré tu palabra.”

Salmo 119:9-16 LBLA

La pureza y una pregunta que nos compete a todos

Cuando leemos la palabra «joven» debemos despojarnos de nuestros conceptos modernos, y colocarnos las lentes bíblicas para comprenderla como corresponde. Porque, como dice Van Deursen en su comentario a Proverbios, el termino hebreo para un «joven» en la Escritura abarca a hombres de 14 a 40 años; solteros y casados. Por lo tanto, la exhortación se extiende a todos nosotros, incluso, si superamos esa edad. Y esto es así, porque nunca debemos dejar de oír las amonestaciones que la Palabra de Dios tiene para la vida.

La pureza es obediencia

«¿Cómo puede el joven guardar puro su camino [es decir, con que medios]? Guardando tu palabra.» Vemos que de inmediato que la respuesta no se hace esperar. El poeta aplica el remedio a la enfermedad. Ofrece la solución al problema. No tarda en señalar al lector que, si quiere pureza en su vida, debe buscarla a través de una estrecha relación con su Biblia.

Notemos que dice «guardándola». No divorciemos nuestra teología de nuestra practica. Porque si hacemos eso, estaremos lejos de la santidad bíblica. La piedad resplandece en nuestra vida cuando la vivimos no solo cuando la estudiamos.

La pureza implica rendir todo el ser

No podemos esperar resultar excelentes con esfuerzos mediocres. ¿Cómo vamos a cosechar el fruto del Espíritu cuando hemos sembrado las semillas de la carne? El salmista sabe que no puede involucrarse a medias en este asunto si es que desea ser libre de su opresión espiritual. Por eso dice: «Con todo mi corazón te he buscado». Esta absoluta rendición tiene sus raíces en un fuerte entendimiento de la Ley: “Estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón” (Dt 6:6). Y la frase: «no dejes que me desvíe de tus mandamientos.» se puede entender como una oración sinónima de: “no nos metas en tentación, mas líbranos del mal” (Mt 6:13).

El corazón es la fuente que da vida a todo el ser. En los salmos la aprehensión de la Ley en el hombre interior es la meta final: “La ley de su Dios está en su corazón” (Sal 37:31). Nunca se piensa en los ejercicios espirituales como finalidades externas. Se entiende que toda batalla contra el pecado se libra en el corazón. Es una guerra por atesorar a Dios en Cristo por sobre todo lo demás. Si debemos matar él pecado en algún lugar, es el corazón. Si tenemos que limpiarnos de ciertos ídolos, son de los ídolos erigidos en el altar del corazón.

Es por esto mismo que el poeta consagra su corazón por entero a Dios. Notemos que dice: «Con todo mi corazón te he buscado». Esto nos muestra que él no corría tras un buen carácter moral, como si eso fuese un fin en si mismo. Su Tesoro Supremo era Dios. Él es el Ser mas bello que existe en la vida del salmista. Su deseo más profundo era ser como Él, y Él es santo. Entonces cuando apreciaba Sus perfecciones era transformado a Su imagen.

La pureza y la Biblia

La respuesta que el salmista encontró para su interrogante siempre estuvo en las paginas de su vieja Biblia hebrea. Él no tuvo que recurrir a nuevas y elevadas estrategias de consagración espiritual. Solo debía leer su Biblia, estudiarla y vivirla. Observemos como nos explica esto:

La pureza y la memorización

«En mi corazón he atesorado tu palabra, para no pecar contra ti.». Me gusta la la siguiente traducción: “Memorizo tus enseñanzas para no pecar contra ti.” (v11 PDT). La memorización de la Biblia es el primer instrumento que se menciona para encontrar la pureza en el camino del hombre. Como un soldado que se equipa de municiones para la batalla o como un granjero que guarda para tiempos de escasez, la memorización es indispensable para la lucha mental contra el pecado. Sembramos una semilla y brota una árbol, de igual modo, memorizamos un texto y crecen de él una serie de verdades que nos cauterizan contra el pecado. Un versículo memorizado es como el ave fénix, porque en tiempos de tentación resurge de las cenizas de la mente con vida y fuego.

La pureza y la oración

«Bendito tú, oh SEÑOR; enséñame tus estatutos.». Esta oración se repite una y otra vez a lo largo de todo el Salmo 119. La actitud del orante es la de un discípulo. Dios es el Maestro, él el alumno:  “Todos tus hijos serán enseñados por el SEÑOR.”(Is 54:13). Sin esto, no hay luz para nosotros en la Escritura.

El corazón tiene que ser humilde, para orar de este modo, de otro modo no recibirá la guía divina que el Espíritu Santo ofrece a los simples de espíritu: “Bueno y recto es el SEÑOR; por tanto, Él muestra a los pecadores el camino. Dirige a los humildes en la justicia, y enseña a los humildes su camino.” (Sal 25:8-9).

También, señalemos tanto al Maestro como la materia: «tus estatutos». El Espíritu Santo se sienta a dictarnos clases en el pupitre de nuestro corazón, y el Libro de texto que trae en Sus manos es la Biblia: “Tu ley está dentro de mi corazón.” (Sal 40:8).

La pureza y la meditación

«Meditaré en tus preceptos». Cuando era joven estudiaba en el campo. Mis horarios eran de 7 a.m a 18 p.m. Al ser un colegio agrario, uno podía ver las vacas pastando desde temprano. Pero lo interesante era que cuando me iba por la tarde, ellas seguían rumiando el mismo pasto desde hacia horas. Bueno, eso es meditar. Masticar una, y otra, y otra vez, el mismo pasaje de la Escritura.

Meditar es como si le hicieras una entrevista al versículo, lo llenas de preguntas: ¿de dónde vienes? ¿Cuál es tu contexto? ¿Qué dices de Cristo? ¿Que dices de las perfecciones de Dios? ¿A dónde me diriges? ¿Cómo puedo orar desde tus verdades? ¿Cómo apuntas al evangelio? ¿Quién te escribió, por qué y para qué? ¿Cómo puedo aplicar tus verdades a mi vida, mi matrimonio, mi hogar, mi iglesia y mi trabajo? Etc.

En Argentina tenemos la costumbre de tomar mate. Algunos argentinos (en invierno) le ponemos ciertas hierbas aromáticas al termo para fortalecer nuestra salud. El asunto es que las hierbas deben estar más de 5 minutos en agua caliente para desprender sus propiedades y teñirla con el color de su hoja. Algo similar es la memorización para el cristiano. Las hojas de la Biblia deben teñir nuestras mentes y desprender sus propiedades curativas sobre nuestras almas. Pero para que eso suceda, sus verdades deben calentarse en la fragua de nuestros corazones por más de 5 minutos al día.

Jesús dijo: “Santifícalos en la verdad; tu palabra es verdad.” (Jn 17:17), y la meditación es el medio de gracia por el cual Dios desata el poder transformador de Su Palabra: “Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros…” (Jn 15:7).

La pureza y los afectos

Los afectos ocupaban un lugar privilegiado en la comprensión de la vida espiritual que tenían los salmistas. Dado que el corazón es el centro de operaciones del hombre, enfocarse en los deleites, tesoros y gozos de éste, es crucial para lograr cambios permanentes y efectivos. Notemos el lenguaje cargado de afectos:

  • «En mi corazón he atesorado tu palabra» (v11).
  • «Bendito tú, oh SEÑOR» (v12).
  • «Me he gozado en el camino de tus testimonios» (v14).
  • «Me deleitaré en tus estatutos» (v16).

Podemos sentir como el ser interior del poeta vibra ante el poder penetrante de la Escritura. No hay duda, Dios es el Sumo Bien para el escritor. Él encuentra en Dios su Maximo Deleite. Dios es la Riqueza de su alma. El Señor está entronado como el Gozo Soberano de su corazón. Para el escritor, el problema ocurre cuando deja que alguien o algo ocupe ese lugar.

El asunto es que el pecado nos hace creer que encontraremos en alguna otra persona, cosa o lugar, ese deleite, gozo y bendición que solo existen en Dios. Él es único, y por tanto, irreemplazable. Cuando venimos a la Palabra, nuestros corazones son alineados con los placeres eternos nuevamente. Las realidades invisibles se vuelven claras por la fe, y la Persona de Cristo se torna dulce, incomparable, admirable y atesorable. La única forma de salvar nuestros escurridizos corazones es centrándolos completamente en la belleza del Ser divino. Debemos ser atraídos a Él por la contemplación de Sus perfecciones, y de ese modo encenderemos en nuestros corazones la pasión por Él, hasta el punto en que los placeres del pecado pierdan su atractivo en nosotros.

Conclusión

¿Con que puede un joven mantenerse puro? Con la Biblia. Leyéndola, memorizándola, orando sobre ella, meditándola y encendiendo su corazón con ella. ¿Por qué? Porque en la Biblia encontramos la revelación de las perfecciones de Dios. Porque en la Biblia conocemos a Dios y le contemplamos en toda Su belleza. Y cuando somos conmovidos por Sus atributos, nuestro amor por el pecado merma y un deseo santo por Él es reavivado y fortalecido.

Por lo tanto, querido lector, considera con más seriedad la atención que le das a las disciplinas espirituales. Toma tu Biblia y hazte una carne con ella. Ve a sus paginas y no descanses hasta crecer en el conocimiento de Dios y de Cristo a través de ella. Recuerda el siguiente consejo: “Siempre lee tu Biblia con este deseo y oración: ‘Padre, abre mis ojos por Tu Espíritu para que pueda ver las glorias de Tu Hijo, Amén.’” (J. Beeke).