“¿Cómo estás?” Me han hecho esa pregunta innumerables veces desde que mi hijo se fue con el Señor. Nunca sé realmente cómo responder. Aunque en ese mismo momento pueda estar bien, es posible que 15 minutos antes estuviera tan abrumado por la pena que apenas podía mantenerme en pie, o que 15 minutos después me deleite con la alegría de saber que mi hijo está a salvo en el cielo. Puedo pasar de la alegría a la tristeza y volver a la alegría en apenas unos minutos. ¿Cómo estoy? La mayoría de las veces ni siquiera lo sé. Y si ni yo mismo lo sé, ¿cómo puedo expresarlo a alguien más?

He encontrado una cita en Proverbios que me ayuda a plantear mi incapacidad y tal vez mi frustración por la misma. Proverbios 14:10 dice: “El corazón conoce la amargura de su alma, y ningún extraño comparte su alegría”. Entiendo que eso significa que una pena es tan amarga, tan dolorosa, tan profunda, que simplemente no puede ser expresada a nadie más. A veces, literalmente, no hay palabras. Podemos indagar un poco más en el proverbio para considerar por qué es así. Debe ser porque quién experimenta la pena no puede explicar claramente su dolor ni siquiera a sí mismo. Es el corazón el que conoce su propia amargura, no la mente, ni el habla. Esa pena está alojada en lo profundo del alma, inexpresable por la mente o la boca.

Aunque soy escritor de profesión, aunque las palabras son mi día a día, todavía no puedo expresar la profunda pena de perder un hijo. ¿Cómo podría expresar la angustia de ver el cuerpo de mi primogénito bajo la fría tierra; la agonía de elegir las palabras que serán grabadas en su lápida; el tormento de saber que detrás de la puerta de su dormitorio, aún cerrada, están todas las evidencias de una vida vivida y perdida? La verdad es que el dolor no sólo es indescriptible, sino que también va más allá de mi entendimiento.

Sin embargo, estoy seguro de que hay alguien que entiende lo que yo no puedo entender. Dios se revela como el buen Padre que busca y conoce los rincones más profundos de mi corazón. Su hijo es el Varón de dolores que conoce íntimamente el dolor y que puede simpatizar conmigo en cada una de mis debilidades. A través de todo esto, Su Espíritu intercede con gemidos demasiado profundos para pronunciarse, demasiado profundos para expresarse con palabras. He encontrado un consuelo especial en estos gemidos del Espíritu, porque yo mismo a menudo solo he sido capaz de hacer eso.

Mis oraciones a menudo han estado desprovistas de palabras, pero llenas de significado. A veces lo mejor que puedo decir es, “¡Dios! ¡Dios! Tú sabes”. Es una bendición tener la seguridad de que “cuando no encontramos palabras para expresar nuestra oración y lo único que nos sale son sonidos inarticulados, el Espíritu toma esos sonidos y los convierte en una intercesión efectiva” (Leon Morris).

El corazón conoce su propio dolor, su propia amargura. Pero el dolor no ha sido mi única experiencia. ¡Para nada! Una de las extrañas realidades del duelo del cristiano es la coexistencia de picos altos de alegría, junto con un profundo dolor. Van en paralelo, como dos corrientes que fluyen de una fuente común y viajan a través del mismo valle, pero nunca se tocan del todo, nunca se vacían en el mar donde se convierten en uno. El proverbio lo reconoce, porque nos recuerda que lo que es cierto para las penas también puede ser cierto para las alegrías, igual que no puedo describir adecuadamente la tristeza, tampoco puedo describir adecuadamente la felicidad. ¿Cómo podría expresar mi alegría al saber que Nick está en presencia de Dios; mi orgullo porque haya terminado bien su carrera; el placer de escuchar a tanta gente hablando de sus actos bondadosos y su carácter piadoso? Tanto la risa como las lágrimas están más allá de mi capacidad para describirlas, no sólo a ti, sino incluso a mí mismo.

La realidad, por supuesto es que, aunque las corrientes de alegría y de dolor corren en paralelo, no son idénticas. La corriente de la alegría es quizás más como un arroyo suave, mientras que la de la tristeza es como un río furioso. Es la tristeza, no la alegría, la que amenaza con abrumarme, con arrastrarme y hundirme. Y en esta dicotomía, Spurgeon ha sido muy útil, ya que una vez predicó un sermón sobre Proverbios 14:10. Señaló que, como cristianos, Dios nos ha prometido que las alegrías acompañarán a las penas, porque “cuanto más profundas son las aguas, más alto se eleva nuestra arca hacia el cielo. Cuanto más oscura es la noche, más valoramos nuestra lámpara. Hemos aprendido a cantar en la oscuridad con espinas en el pecho”.

Y así sigo adelante, cantando en la oscuridad, con la lámpara del Señor iluminando el camino. A pesar del dolor, a pesar de la pena, a pesar de la pérdida, mi vida continúa. Debe seguir adelante. No he recibido una cláusula de exención que me libere de lo que Dios me ha llamado a hacer. Sigo siendo un padre, un marido, un anciano de mi iglesia, un amigo, un vecino. Aunque Nick haya sido llevado, yo sigo aquí. Aunque su carrera haya terminado, la mía continúa. Esta pérdida me ha marcado, pero no me define. La vida aún debe ser vivida. Las canciones deben ser cantadas.