Tengo los pies planos. Desde pequeña me duelen mucho los pies al caminar, la mala postura en mi marcha al pasar de los años me provoca cada vez más  molestias en mis rodillas, cadera y columna vertebral. Usé zapatos ortopédicos de niña por un tiempo, pero, ayudaron poco. He buscado atención médica siendo ya adulta; sin embargo, nadie le ha dado la importancia a un padecimiento tan común y poco visible.

Cuando camino unas cuantas cuadras a paso rápido parece que he corrido una maratón de 25 kilómetros al final del día, y los días subsiguientes sufro de dolores en toda mi espalda, caderas y piernas. La verdad, casi nunca lo menciono porque la mayoría de las personas no lo comprenderían, después de todo hay cosas peores que tener los pies planos.

Sé que, como yo, muchas de ustedes padecen de dolores crónicos, enfermedades que no se ven y que después de intentar compartirlo ya sea con médicos, familia o amistades no encuentran empatía o interés y es posible que hayamos decidido caminar con dolor y en silencio. A veces no nos quejamos porque ya nos acostumbramos a tener dolor todo el día, todos los días; entonces sería muy cansado para nuestro esposo o nuestros hijos escucharnos todo el tiempo decir: “¡ay, me duele!”.

Siempre recuerdo una ocasión que me hace gracia: pasaba por una crisis de dolor y alguien se ofreció a hacerme fisioterapia, eso me ayudó tanto que increíblemente esa noche, por la madrugada me desperté y no sentía dolor, entonces por un momento ¡pensé que había muerto! Era increíble despertar sin dolor, pero me enteré que seguía viva porque de repente sentí un dolorcito en alguna parte del cuerpo. Hasta eso hacemos, al final no queda más que reírnos de nuestro dolor para no andar por la vida llorando.

Pero sí, muchas veces he llorado y le he preguntado a Dios si algún día en esta vida tendré alivio; no le reprocho, sólo lo platico con Él, porque Jesús sabe lo que es caminar con dolor, Isaías 53:3 lo confirma: “…varón de dolores y experimentado en aflicción”.

Las enfermedades que no son obvias tienden a hacernos sentir muy solas porque nadie puede ver o comprender nuestro sufrimiento a menos que también lo padezca; y no los juzgo, la mayoría de los seres humanos somos así. En nuestra naturaleza caída solo pensamos en nosotros mismos y no nos es natural colocarnos en los zapatos de los demás, pues siempre creemos que nuestros problemas son peores.

También podemos llegar a sentirnos débiles o inútiles, ¿cómo va a ser que solo por caminar 4 cuadras rápidamente voy a pasar dolorida por una semana? ¿Por qué el simple hecho de barrer mi casa me genera tanto dolor al final del día? ¿Tan inútil soy? ¿Cómo me veo a la par de una mujer que lava y plancha, que hace toda la limpieza de su casa cada día, además de cuidar a 3 niños pequeños y no anda por la vida sufriendo de dolores? ¿Por qué yo no puedo ser como ella? Yo me he sentido así, pero en el regazo de mi Padre, frustrada por mi debilidad, Él me ha dicho: “¡Bástate mi gracia!” y lo ha tenido que hacer cientos de veces.

El dolor no debe amargarnos, ni frustrarnos, debe hacernos recordar que este no era el plan original de Dios, Él quería que viviéramos eternamente llenas de salud; pero el pecado trajo el dolor al mundo, así que ese dolor debe hacernos pensar en la gloria venidera, que, si en esta vida no llegamos a tener alivio, sabemos que más allá del sol nos espera la sanidad y la satisfacción completa, delante de Su presencia, contemplando Su gloria. El dolor debe hacernos anhelar más a Cristo y una eternidad con Él.

“Él enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni habrá más duelo, ni clamor, ni dolor, porque las primeras cosas han pasado” (Ap. 21:4).

El dolor es menos cuando pensamos en los demás, como ya lo dije, todos tendemos a ponernos en el centro e imaginar que solo nosotros sufrimos, pero hay más personas que sufren como nosotras; así que seamos más empáticas y compresivas, alentémonos unas a otras, no minimicemos el sufrimiento de otra persona solo porque creemos que lo nuestro es peor. El Señor nos consuela en el dolor y debemos dar de gracia lo que por gracia hemos recibido.

“Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en toda tribulación nuestra, para que nosotros podamos consolar a los que están en cualquier aflicción con el consuelo con que nosotros mismos somos consolados por Dios” (2 Cor. 1:3-4).

Por favor amada hermana, ora por mí y yo oraré por ti y por todas las que caminamos con dolor, que podamos ver a Cristo en nuestra aflicción, que nos acerquemos más a Él, que recordemos que todo lo que nos lleva a necesitar al Señor, es una bendición.