¿Te has fijado cómo algo tan pequeño como un timón puede guiar y dominar un barco gigante? ¿Cómo un pequeño botón puede encender una alarma que suene sumamente fuerte en un edificio gigante?

El apóstol Santiago nos describe en su carta que, así mismo es la lengua. Nos habla de la importancia de profundizar y tratar el problema que tenemos con darle rienda suelta a nuestra lengua.

Santiago utiliza como ejemplo algunas situaciones que tienen un fin definitivo (Stg 3:3-6). Después de que un bosque se ha incendiado no puedes restaurarlo, más que iniciar de nuevo ¿cierto?  Así es el resultado cuando no tenemos una dependencia de Dios, por lo tanto, perdemos la visión de hasta donde nuestro pecado puede llegar y, por consiguiente, no logramos amar a nuestro prójimo como Dios nos ha mandado.

Santiago busca comunicarnos que alguien que no refrena su lengua es solo alguien religioso que, teniendo el conocimiento, no lo pone en práctica. Solo por gracia podremos vivir una vida piadosa en la que todo lo que hablemos sea bendición y verdad en amor.

¿El pecado nos gobierna?

Ahora bien, observa cómo el pecado y nuestro egoísmo nos puede dominar de forma tan rápida y sutil que logramos justificar gritarle a alguien, utilizar un vocabulario inadecuado, buscar términos y conceptos para herir a otros. Se vuelve fácil caer en un ciclo de constante justificación de nuestro pecado.

La Biblia nos dice que de la abundancia del corazón habla la boca (Lc 6:45). Piensa en un niño que se comió un pastel con un glaseado rojo, de esos que pintan tu boca por completo. Resulta que ese pastel era para una ocasión especial y ya se le había dicho que no podía comerlo. Los papás lo confrontan, pero él afirma que no lo comió. ¿Qué crees que pasará? El colorante rojo en su boca dice mucho más que sus palabras.

Lo mismo pasa con la lengua. Nuestra lengua hablará de lo que está en nuestro corazón, revelará lo que más amamos y anhelamos; que en la mayoría de las ocasiones es nuestro pecado, nosotros mismos, nuestro egoísmo. Podemos ser engañados por nuestro propio corazón con respecto a la realidad de nuestro caminar con Dios. Así como el niño, podemos decir que amamos a Dios, pero con la misma lengua herimos y pecamos contra nuestro prójimo. No tiene mucha coherencia.

Las motivaciones del corazón

Piensa lo siguiente: cuando alguien hace algo que te molesta y te lleva a hablar de forma hiriente ¿Qué fue lo que impulsó esa acción? Probablemente estás convencida que no mereces ser tratada de esa forma. Por supuesto, hay muchas injusticias en este mundo caído; pero como dice la Palabra, hemos sido llamados a ser luz (Mt 5:13-16). Luz en medio de un mundo que vive en tinieblas. Y parte de ese testimonio es proclamar el evangelio, bendecir con nuestra lengua, no lo opuesto.

Debemos estar conscientes de nuestra vulnerabilidad como seres humanos y correr en dependencia absoluta a nuestro Padre. Saber que en nuestras fuerzas no lograremos tener un corazón que hable en amor, que hable en edificación y cuidado. Tampoco la solución es callar y retenernos del hablar, pero en nuestros pensamientos estará todo lo que quisiéramos decir.

Seguimos pecando, por eso es un tema del corazón. Lo que necesitamos es intimidad con Dios para que, como fruto, controlemos y frenemos nuestra lengua. Una vida piadosa consiste en alguien reconociendo que todos necesitamos de Cristo constantemente. ¿Recuerdas cuando Juan dijo que la marca de un cristiano era el amor? La lengua es una clara definición de cómo luce el amar a los demás cuando el corazón de nuestro prójimo nos importa más que tener la razón, cuando ganar un argumento no es tan importante como honrar a Dios.

Que marcas nos han dejado o hemos dejado

Recuerda el dolor que te causó alguien con sus palabras, es un dolor que nos debería alertar cuando nosotras mismas estamos a punto de marcar ese mismo dolor a alguien más, desconocemos el impacto que tienen nuestras palabras en la otra persona.

En la vida de Jesús todos tienen una dignidad innata, que al entender el evangelio deberíamos de buscar honrar y preservar. ¿Sabes a qué nos lleva? A un constante arrepentimiento, a reconocer cuánto hemos sido lastimados y cuánto hemos lastimado a otros.

¡Hagamos algo!

Entonces hoy quiero dejarte algunas preguntas que puedes meditar para profundizar en cómo está tu corazón y qué refleja:

  1. ¿Lo que quiero decir glorifica a Dios?
  2. ¿Estoy amando a mi prójimo con estas palabras?
  3. ¿Estoy siendo una fiel representación de Jesús con lo que estoy hablando?
  4. ¿Mi respuesta viene del evangelio o de mi pecado?
  5. ¿Estoy pensando antes en mí o en mi prójimo?

Lo que ha sido de gran ayuda en la batalla contra mi pecado en esta área ha sido recordar estas verdades día con día:

  • Soy salvada por gracia, no porque yo lo merezca o hice algo para ganarlo.
  • Soy amada y perdonada por la obra de Cristo
  • Soy responsable de mis acciones, no de las de los demás
  • Necesito fortalecer mi relación con Dios día a día para poder vivir una vida que lo honre a Él.

En Cristo somos libres

No sabes cuántas veces he herido a alguien con mis palabras, las veces innumerables que he tenido que pedir perdón porque mis emociones e impulsividad eran más importantes que el corazón de la otra persona. Entiendo la vergüenza, el dolor y el enojo que pueden apoderarse de nosotras, pero la buena noticia es que ¡somos libres! EN Cristo ya no hay condenación (Gálatas 4:1-7), una y otra vez debemos cimentar nuestra mirada en la cruz y no en nosotras mismas; perdonar y pedir perdón, no encerrarnos en nuestra razón. Necesitamos orar y depender de Dios no de nuestras propias fuerzas o argumentos.

Así que te animo a que puedas meditar en que el dominio propio no es algo que nosotras producimos, es algo que proviene de Dios. Busca a alguien que te pueda acompañar, ora constantemente por sabiduría y que el Espíritu Santo pueda redargüirte y guiarte a vivir como Jesús.

Conforme crecemos en nuestro caminar cristiano somos capaces de rendir toda nuestra vida a Él, no solo algunas áreas, no solo lo que nos parece conveniente, sino todo. Soltamos la necesidad de auto justicia y de legalismo, soltamos la necesidad de creer que hay cierto trato que merecemos más que los demás; comenzamos a amar genuinamente y se ve reflejado en los frutos de nuestra vida.

No estás sola, es una lucha diaria en la que Dios nos va fortaleciendo por medio de nuestra relación con Él a través de nuestras disciplinas espirituales, a través de la iglesia; todo nos lleva a una santificación constante para perfeccionarnos y ser más como Él.

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Susi Cano
Susi Cano es licenciada en Diseño Gráfico y parte de Iglesia Reforma en donde es maestra de la escuela dominical. Trabaja junto con su familia en la proclamación del evangelio por medio de estudios bíblicos. La puedes encontrar en Twitter: @su_4398, Instagram: @susi4398 y en su blog www.ellahablaverdad.com