¿Alguna vez te has sentido tan avergonzada por el comportamiento de tu hijo adolescente que tienes ganas de salir corriendo? Yo, sí. La etapa de la adolescencia de mi hijo llegó de manera inesperada. Había escuchado de padres que batallaban con sus hijos adolescentes, pero pensaba que esa etapa estaba demasiado lejos de mi realidad. Creía que, cuando llegara el momento, podría salir bien librada sin enfrentar los problemas de los temibles años de la adolescencia. ¡Me equivoqué! 

Quisiera compartirte 3 verdades que Dios me ha mostrado durante esta difícil etapa. 

La rebeldía de mis hijos es mi prueba

“… el Señor (…) aclarará también lo oculto de las tinieblas, y manifestará las intenciones de los corazones; y entonces cada uno recibirá su alabanza de Dios” (1 Co. 4:5). 

Es difícil pensar que aquel niñito que antes te pedía cuentos, escribía cartas y te hacía sentir orgulloso por sus logros, ahora se ha convertido en alguien que parece siempre estar enfadado, apático y a la defensiva. Esto nos conduce a una lucha constante contra ellos. Sin embargo, debemos ser conscientes de que nuestro corazón es nuestro verdadero enemigo. Cada una de mis reacciones ante las actitudes negativas de mi hijo revela las pecaminosas intenciones de mi corazón. Cuando me enojo porque los otros pensarán mal de mí por culpa de mi hijo, cuando me molesta que me falte el respeto a mí, o cuando me frustro porque no hace lo que yo quiero, estoy pecando al igual que mi hijo adolescente. 

Recuerdo un día en que le llamé la atención a mi hijo por ser desobediente e irrespetuoso. Me sentí tan ofendida por lo ocurrido que aquello resultó en palabras ásperas y críticas. Sabía que no estaba bien lo que acababa de pasar. No solo había quedado al descubierto el corazón de mi hijo, sino que también el mío. Podía ver mi deseo por el control y el respeto. Veía la ofensa directamente contra mí. Y mi reacción solo revelaba mi propio pecado. Luchando contra mi propia carne, me levanté y fui a disculparme con mi hijo. Lo que sucedió después fue algo maravilloso: ¡Dios usó ese momento para que mi hijo pudiera ver su pecado y sintiera pesar por lo que había hecho! De esto se trata el Evangelio. 

Un padre humilde que sabe reconocer sus errores tiene más impacto en la vida de su hijo adolescente que un padre que solo busca tener control y autoridad. 

La rebeldía de mis hijos es mi oportunidad

“Con misericordia y verdad se corrige el pecado, y con el temor de Jehová los hombres se apartan del mal” (Pr. 16:6). 

Usualmente, vemos la adolescencia como una mera etapa temporal. Los padres pensamos que solo tenemos que sobrevivir hasta que cumplan la mayoría de edad, y cuando lleguen a los 18… “¡FELICIDADES! Ya estás del otro lado. Ahora, tienes un hijo que ha alcanzado madurez”. Pero, nuestros hijos no alcanzan la madurez de manera automática y, lamentablemente, pocas veces somos conscientes de que la adolescencia está llena de oportunidades para mostrarles el Evangelio. No es el momento de rendirse y tirar la toalla. Ese hijo que se comporta de manera insolente y parece no interesarle nada de lo que le digas necesita el Evangelio. Todas esas luchas, conflictos, pruebas o tristezas son precisamente las hermosas oportunidades para enseñarles con amor, paciencia y humildad. A través de su adolescencia, tus hijos piden a gritos ser escuchados, amados, comprendidos y valorados. 

Cualquier situación difícil puede ser aprovechada para traer a nuestros hijos al único lugar donde hay refugio y esperanza. Cada descarga emocional en nuestros hijos es una herramienta para llegar a la raíz del problema. Cuando buscamos comprender lo que ocurre en su corazón, podemos brindarles una gran ayuda al enfocar nuestra enseñanza de manera adecuada, dirigiéndolos siempre hacia su Redentor. De hecho, deberíamos hacer un esfuerzo por crear momentos para conocer su corazón. Al realizar actividades de su interés con ellos, podemos crear un vínculo de confianza que abrirá la puerta de la comunicación entre padre e hijo. 

La rebeldía de mis hijos es mi responsabilidad

“Él estableció testimonio en Jacob, y puso ley en Israel, la cual mandó a nuestros padres que la notificasen a sus hijos (…) a fin de que pongan en Dios su confianza y no se olviden de las obras de Dios; que guarden sus mandamientos” (Sal. 78:5-7). 

Como padres, somos los agentes de Dios para traer a nuestros hijos a la verdad. Los hijos son nuestra prioridad en el ministerio. No es la responsabilidad de la iglesia. Nosotros somos los instrumentos que Dios escogió para llevar enseñarles a ver el mundo desde la perspectiva de Dios. Necesitamos dejar atrás la idea de que la adolescencia es una etapa para entrar en pánico o desesperación. Debemos comenzar a ver a nuestros hijos con otros ojos: con los ojos de Cristo. Cuando tengamos esos mismos ojos que vieron nuestra maldad y decidieron amarme y perdonarme, su amor fluirá a través de nosotros. Solo cuando Cristo habite en nosotros veremos cada día como una nueva oportunidad que Dios nos da para para invertir en nuestros hijos. A la misma vez, debemos recordar que nosotros no podemos cambiar a nuestros hijos. El único que puede hacerlo es Dios. 

Conclusión

La adolescencia de nuestros hijos es una valiosa etapa que puede ser grandemente usada por Dios. No nos dejemos llevar por nuestro corazón, luchando contra nuestros hijos. ¡Luchemos contra el pecado en nuestras vidas! 

Solo podremos reflejar el carácter de Cristo si nos vaciamos de nosotros mismos y somos llenos del Espíritu Santo. Entonces, los momentos de conflicto se convertirán en momentos llenos de gracia para apuntar a Cristo y su obra. 

Quisiera recomendarte un libro que podría ayudarte en esta difícil etapa: Edad de oportunidad de Paul David Tripp. Es un excelente recurso para padres con hijos adolescentes. ¡Dios nos ayude a ver la rebeldía de nuestros hijos como nuestra prueba, responsabilidad y oportunidad! 


Artículo publicado en Crianza Reverente. Usado con permiso.