Siempre han llamado mi atención los funerales. Puede que suene extraño y hasta escalofriante decir que me gustan los funerales. Debo aclarar que no significa que me cause alegría la muerte de alguien o que sea un motivo de fiesta para mí. Me gustan los funerales por lo que uno puede aprender en ellos:  servir a las personas que están en duelo.

Mejor es ir a una casa de luto Que ir a una casa de banquete, Porque aquello es el fin de todo hombre, Y al que vive lo hará reflexionar en su corazón. Mejor es la tristeza que la risa, Porque cuando el rostro está triste el corazón puede estar contento. El corazón de los sabios está en la casa del luto, Mientras que el corazón de los necios está en la casa del placer (Eclesiastés 7:2-4).

Aroma del cielo

Cuando acudimos a funerales en medio del dolor y del llanto, también encontramos aroma del cielo envuelto en amor, gracia y fe. Momentos en los que, sin duda, Dios, dueño de la vida y Creador nuestro para glorificarlo, también recibe la gloria del luto.

Estimada a los ojos del Señor es la muerte de Sus santos (Salmos 116:15).

En medio del dolor y del llanto, también podemos ver cuánto amor es derramado y manifestado entre los que acompañan el cuerpo de la persona que ha bajado al sepulcro. Es como si la muerte de pronto nos recordara que la vida es tan solo una neblina: pasajera y breve, apenas un instante en el tiempo (Santiago 4:14).

En el aroma del cielo experimentamos la gracia porque esos momentos pueden ser usados para darnos cuenta de que los enojos que postergamos perdonar, nunca valieron la pena.

Estas oportunidades pueden llevarnos a reflexionar que, si nos llega la muerte antes de pensarlo, aquellos a quienes ofendimos nunca podrán escuchar un “lo siento” de parte nuestra. Qué terrible morir sin escuchar un “te perdono” de aquellos a quienes lastimamos. Necesitamos gracia para reconocer que es mejor buscar la paz con todos antes de que sea demasiado tarde (Hebreos 12:14).

No obstante y sin duda alguna, también podemos experimentar el aroma del cielo, al ver la fe de aquellos que lloran la muerte de su ser querido. Una fe que sabe que volverá a ver a aquellos que se nos adelantaron. Una fe y esperanza de la vida eterna en la que los hijos de Dios hemos creído por medio de la vida, muerte y resurrección de Cristo.

Pero teniendo el mismo espíritu de fe, según lo que está escrito: «Creí, por tanto hablé», nosotros también creemos, por lo cual también hablamos, sabiendo que Aquel que resucitó al Señor Jesús, a nosotros también nos resucitará con Jesús, y nos presentará junto con ustedes (2 Corintios 4:13-14).

Aroma del cielo en el que podemos mostrar a otros la belleza de la vida en Cristo, la belleza de la esperanza en la resurrección, la esperanza de la vida eterna.

Gozo en medio del dolor

Después de acudir a más funerales de los que quisiera, he podido ver cómo las personas también experimentan gozo en medio del dolor. Un gozo que se traduce en gratitud al Dios que gobierna, gratitud por el tiempo de vida que pudieron compartir, no importando si fueron horas, días o décadas. Una vida siempre se celebra y glorifica al Dios que plasmó su imagen en ellas.

Hay gozo en medio del dolor al ver a las familias que se reúnen para dar el último adiós, para abrazarse y llorar la pérdida.

Hay gozo en medio del dolor al mostrarse afecto, perdón, cariño, amor y donde se han dado algunas reconciliaciones.

Hay gozo en medio del dolor al saber que no se está solo en medio del lamento; gozo al saber que se puede sufrir sin guardar silencio, sin sufrir en secreto. Bendito Dios que nos ha dado un tiempo para llorar, para clamar, para lamentarnos y abrazarnos unos a otros (Eclesiastés 3).

Quizá hemos enterrado a más familiares y amigos de lo que quisiéramos y cada vez nos dura menos el dolor y el luto, no porque hayamos dejado de amar a nuestros seres queridos, sino que tal vez, hemos entendido que la vida es corta y esta no es nuestra morada final. Hemos entendido que todos, tarde o temprano, terminaremos la carrera y bajaremos al sepulcro (2 Timoteo 4:7-8).

¡Pero qué maravillosa es la vida que Dios nos ha permitido vivir! Tuvimos la gran oportunidad de nacer, de respirar, de deleitarnos con la creación de Dios. Se nos dio la oportunidad de conocer a Cristo, de tener una familia en Él; de amar y de ser amados. Una vida que ha valido la pena vivir, porque no hemos pasado desapercibidos para Dios, Él nos creó para darle gloria a Su Nombre.

Trae a Mis hijos desde lejos Y a Mis hijas desde los confines de la tierra, A todo el que es llamado por Mi nombre Y a quien he creado para Mi gloria, A quien he formado y a quien he hecho (Isaías 43:6b-7).

A su tiempo, Cristo, el Dios hecho hombre vino a esta tierra para cambiar la historia de aquellos que no le amaban, de aquellos que no merecían perdón, de aquellos que vivían la vida sin importarles la eternidad; de aquellos a quien llamaría y daría la seguridad de arrepentimiento y fe en Él. No hemos pasado desapercibidos porque Él nos amó desde el principio, Él pensó en nosotros aun cuando ni siquiera habíamos nacido, cuando no habíamos creído en Él (Efesios 1:3-4). No hemos pasado desapercibidos en su mente y en su corazón porque Él es bueno, porque Él nos escogió para morar algún día con Él en la eternidad. Nuestra historia desde la concepción, hasta nuestra muerte, se trata de Él.

Esperanza que no muere

Seguramente hemos enterrado a gente muy amada por nosotros, pero si ellos, como nosotros, creyeron en Cristo, algún día nos veremos nuevamente. Esa es la esperanza que tenemos los que creemos en aquél que venció la muerte. Algún día tú y yo seremos el motivo de que se reúnan en un funeral, qué dicha pensar que aquellos a quienes amamos, se abrazarán unos a otros para consolarse por nuestra partida, pero más aún, ¡qué dicha experimentar cerrar los ojos y abrirlos en la presencia de nuestro amado Jesucristo!

Hay aroma del cielo en un funeral. La más clara y mayor muestra de amor se vivió en un funeral, el funeral de Aquel que a la muerte venció (ver 2 Timoteo 1:9-10). Vivamos esta vida de manera tal que glorifique al Dios que nos dio vida eterna, una vida que refleje ese anhelo por Él, por estar en su presencia. Una vida de gratitud y alegría por la vida vivida en esta tierra, pero aún más por la morada final que tendremos a su lado eternamente y para siempre.

No se turbe su corazón; crean en Dios, crean también en Mí. En la casa de Mi Padre hay muchas moradas; si no fuera así, se lo hubiera dicho; porque voy a preparar un lugar para ustedes. Y si me voy y les preparo un lugar, vendré otra vez y los tomaré adonde Yo voy; para que donde Yo esté, allí estén ustedes también. Y conocen el camino adonde voy (Juan 14:1-4).

En Su Gracia

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Karla de Fernández está casada con Jorge Carlos y es madre de Daniel, Santiago y Matías. Radican en Querétaro, México y son miembros de iglesia Lumina. Karla ama discipular a sus hijos, es defensora del hogar y de la suficiencia de las Escrituras para dignificar el rol de la mujer en el hogar, como esposa, madre y hacedora de discípulos. Puedes encontrarla en Twitter (https://twitter.com/karlowsky) e Instagram (https://instagram.com/kardefernandez)