Cientos de creyentes viven con el alma encorvada. Andan tristes y desalentados. Día tras día traen a la memoria su pasado. Insisten en recordar los pecados que ya les fueron perdonados, sus errores, las heridas que otros les propinaron, abusos, rechazos o cualquier situación triste que soportaron. 

Las mujeres somos expertas en sabotearnos el presente. Sin darnos cuenta permitimos que el pasado nos controle. Cuando rememoramos con melancolía épocas antiguas pasamos por alto el gozo de la salvación. 

En la Biblia encontramos una historia para meditar sobre este tema: la destrucción de Sodoma y Gomorra. Dos ciudades cananeas que fueron consumidas por la ira de Dios con fuego y azufre caídos del cielo debido a su pecaminosidadAntes de ser consumidas por las llamas, Dios —movido por las súplicas de Abraham— envió dos ángeles para advertirles a Lot y a su esposa e hijas del inminente juicio.  

En la madrugada, los ángeles escoltaron a Lot y a su familia fuera de los límites de la ciudad y uno de ellos le dijo: “«Huye por tu vida. No mires detrás de ti y no te detengas en ninguna parte del valle; escapa al monte, no sea que perezcas»” (…). Pero la mujer de Lot, que iba tras él, miró hacia atrás y se convirtió en una columna de sal” (Gén. 19:17-26). 

Este relato siempre ha llamado mi atención, especialmente por la profunda enseñanza que encierra. El pastor John MacArthur afirma en su Biblia de Estudio que la mujer de Lot pagó el precio de despreciar la advertencia angélica de huir sin mirar atrás. Tanto ella como Sodoma y Gomorra son ejemplos del juicio de Dios sobre el pecado (Ro. 9:29). 

Si reconstruimos la escena vemos a una mujer que por la misericordia de Dios tuvo la gran oportunidad de escapar de la muerte. Ella tenía un pasado inicuo y una vida nueva por delante. Sin embargo, cuando volteó para fijar sus ojos en lo que dejó atrás, quedó inerte como una estatua.   

Eso es lo que nos ocurre a nosotras cuando traemos a la memoria heridas del pasado: culpas, ofensas, fracasos o lo que pudo haber sido y no fue. Quedamos paralizadas bajo los escombros del ayer. Tenía mucha razón el dramaturgo griego Agatón cuando afirmó: “Ni siquiera Dios puede cambiar el pasado”.   

Si conducimos mirando el espejo retrovisor podemos tener un accidente. De igual modo, si continuamente traemos a la memoria las cosas de antaño reviviremos las emociones de tristeza, ira, miedo y amargura que nos sobrecogieron en esos momentos. Esto hace que nos mantengamos con una actitud negativa, temerosa e inconforme en el presente.  

Si mentalmente retrocedemos el tiempo para afligirnos por una traición, atormentarnos por una mala decisión o extrañar a la pareja de la cual nos separamos, desperdiciamos las nuevas y ricas bendiciones que Dios nos concede en cada amanecer (Lam. 3:23). 

Necesitamos prestar atención a nuestros pensamientos, porque el pasado se puede convertir en un ídolo del corazón. El pastor Erwin Lutzer, en su libro ¡Vence el temor al fracaso!, dice que todos podemos tener un apego idolátrico al pasado que sustituye la fe en Dios. Los recuerdos pueden transformarse en una obsesión, y si se mezclan con falsa culpa nos pueden mantener en una parálisis emocional.  

Ancladas en Cristo  

En vez de recordar nuestro triste y vergonzoso pasado, por qué mejor no rememoramos la fidelidad de Dios hacia nosotras. Traer a la memoria Su gracia e infinita misericordia nos ayuda a no olvidar de dónde Él nos sacó. “[Dios] nos libró del dominio de las tinieblas y nos trasladó al reino de su Hijo amado, en quien tenemos redención: el perdón de los pecados” (Col. 1:13-14).   

Por su propia voluntad y designio, Dios usó a Su Hijo, el único sacrificio aceptable y perfecto, como el medio para reconciliar a los pecadores consigo mismo. “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí, son hechas nuevas” (2 Cor. 5:17).  

El día que tú y yo nos arrepentimos genuinamente de nuestros pecados, los confesamos ante Dios Padre y depositamos nuestra fe en Jesucristo, fuimos limpiadas de toda maldad y nacimos a una vida nueva (1 Jn. 1:9). Ahora nada ni nadie nos puede condenar, ni ninguna cosa creada nos puede separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro (Ro. 8:1; 39). 

La Biblia enseña que no hay pecado, por más horrible que éste sea, que Dios no lave y olvide. “Venid ahora, y razonemos —dice el Señor— aunque vuestros pecados sean como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; aunque sean rojos como el carmesí, como blanca lana quedarán (Isa. 1:18). Tal vez el perdón de Dios rebase nuestro entendimiento y por esa razón algunos creyentes continúan con sentimientos de culpa. 

Todos tenemos un pasado que nos avergüenza, pero si albergamos culpa, falta de perdón y oprobio en el corazón no estamos disfrutando de la libertad que Cristo conquistó en la cruz para nosotras (Sal. 146:7). Los creyentes vivimos anclados en Cristo. Por lo tanto, nuestros antiguos hábitos, prioridades, deseos, amores, apegos, temores y dolores quedaron en el ayer. 

Sabemos que esto no ocurre automáticamente. El apóstol Pablo lo explica muy bien cuando dice: “Hermanos, yo mismo no considero haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando lo que queda atrás y extendiéndome a lo que está delante, prosigo hacia la meta para obtener el premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús” (Fil. 3:13-14). 

Pablo no vivía atormentado porque en el pasado persiguió a la iglesia de Jesucristo, no se lamentaba por haber perdido su posición social, poder y gloria, ni siquiera el estar en peligro de muerte y privado de su libertad por predicar el evangelio le preocupaba. Él estaba perfectamente consciente de que los creyentes somos una obra en construcción y necesitamos día tras día la gracia de nuestro Señor y Salvador para olvidar lo que queda atrás y avanzar hacia lo que está adelante. 

Cuando vivimos ancladas en Cristo ninguna ofensa es demasiado grande que no podamos perdonar. Ningún pasado es demasiado cruel que no podamos olvidar. Tenemos el Espíritu Santo que nos ayuda en nuestra debilidad (Ro. 8:26).  

Esforcémonos cada día en crecer a la imagen de Jesús y en hacer la voluntad de Dios. Esa es nuestra meta y máximo llamamiento.   

Dios es experto en hacer nuevas todas las cosas. Él nos ha dado por medio de Jesucristo una nueva vida, una nueva ciudadanía, un nuevo nombre, un nuevo propósito, y un nuevo destino. Es mi oración que tú y yo nos despojemos de todo peso del pasado y corramos la carrera que tenemos por delante sin mirar atrás.