Amnesia parental es cuando nos olvidamos de dos cosas: del mañana y de la eternidad.
Primero, olvidamos que, si Dios quiere, nuestros hijos algún día crecerán y serán adultos. Me cuesta imaginar a mi hija de cinco años con treinta y cinco años o con sesenta y cinco años. Ahora mismo, su mayor meta es esperar pacientemente hasta el día en que pueda mudar su primer diente. Habla constantemente sobre lo mucho que se está esforzando para aprender a leer un reloj. Unta mantequilla de maní en rodajas de pepino, y le gusta. No es de extrañar que a veces piense que siempre tendrá cinco años y que siempre hará las cosas que hacen las niñas de cinco años.

La segunda cosa que olvidamos es que nuestros hijos son mucho más que solo adultos potenciales que algún día contribuirán a la sociedad. Por mucho que aprecie tener unos pequeños ayudantes que vacíen el lavavajillas, pensar en la eternidad nos impide ver a nuestros niños desde una perspectiva utilitaria. Nuestros hijos son personas hechas a la imagen de Dios, y tienen almas eternas, y esto le da valor a sus vidas aunque vivan como adultos inmaduros o nunca lleguen a la edad adulta. Ser madre es increíblemente divertido, pero a la vez, la eternidad hace que sea un gozo que debemos tomar en serio.

Como madres podemos enfocarnos tan fácilmente en la inmadurez de estos pequeños portadores de la imagen de Dios, que nos olvidamos de atesorarlos como reflejos de la gloria de Dios. En nuestros nobles esfuerzos de educar prácticamente a nuestros hijos para que crezcan y sean adultos, muchas veces perdemos algo de vista. Perdemos de vista al sol naciente que nos señala la llegada de otro día en el que Dios, por Su gracia, nos ha encomendado cuidar a Sus pequeños portadores de Su imagen, para que ellos le amen y le honren a Él sobre todas las cosas y para siempre.

Cuando lo mundano opaca la vida eterna, nos olvidamos de quién es Dios, de quiénes somos nosotras, y de quiénes son nuestros hijos.

Tendemos a olvidar el mañana y la eternidad cuando nuestro día está lleno de la tiranía de lo urgente. ¿Alguna vez te has sentido como esa pelota en el juego de pinball, que rebota en todas las paredes? Supervisamos las tareas de la escuela a la vez que evitamos que los niños pequeños metan los brazos en el inodoro. Emitimos veredictos en el Tribunal de la Madre decidiendo a quién realmente le pertenece el juguete. Tratamos de no olvidarnos de pasar la ropa a la secadora para que mañana haya ropa limpia. No es de extrañar que nos cueste recordar lo que hicimos esta mañana, y ni hablar de mantener una perspectiva eterna.

Cuando nos enfocamos en lo eterno, nuestra maternidad es muy diferente a cuando solo vivimos por el momento. Vemos que nuestros hijos marchan hacia un destino. Consideramos que nuestras luchas temporales y fugaces irán desapareciendo mientras esperamos a Jesús, nuestra bendita esperanza. Empezamos nuestro día con expectativa y confiando en la gracia futura de Dios, porque sabemos que nuestros momentos ordinarios tienen un significado y una importancia eterna. Hacemos sacrificios en nuestra toma de decisiones y planificación porque entendemos que le pertenecemos a Dios. Dios nos ha llamado a algo mucho más grande que nuestra mera felicidad o la de nuestros hijos. Como dijo Paul Tripp en su libro Para siempre:

“Para siempre nos dice que nuestros hijos nunca existirán en el centro de su universo. Para siempre nos dice que nuestros hijos no escribirán sus propias historias, y nosotros tampoco escribiremos sus historias. Para siempre Dios nos recuerda que nuestros hijos no nos pertenecen; ellos le pertenecen a Dios. Como padres, somos agentes de Dios, encargados de promover Sus propósitos”.

Mantener una perspectiva eterna nos mantiene centradas en los propósitos de Dios.

Levanta tu mirada con la Palabra de Dios

Para mí, la amnesia parental se asienta como una niebla en las horas de la mañana. Si no renuevo mi mente con las verdades de la Palabra de Dios, entonces la niebla se estanca y no deja que penetre la luz de la esperanza del evangelio. Al final del día estoy perdida en una nube de desánimo que no se disipa. Necesitamos que la brújula de la eternidad dirija nuestra perspectiva.

Es fácil dejar que nuestra perspectiva quede enterrada bajo una mezcla de tejidos en el Monte Ropa Sucia. Aun así, debemos esforzarnos por recordar que nuestro trabajo va más allá de alimentar, bañar, vestir y educar a nuestros hijos. Estas tareas son significativas en sí mismas porque son parte de la mayordomía que Dios nos ha dado. Como madres cristianas, Dios nos llama a vivir con la mirada puesta en algo que solo podemos ver con nuestros ojos espirituales: la eternidad.

La forma principal en que Dios sella la eternidad en nuestros ojos es a través de Su Palabra. Si sostienes una Biblia erguida y la sueltas para que caiga abierta, es probable que se abra en la parte central, muy cerca del Salmo 119. El Salmo 119 es el capítulo más largo de la Biblia, y si puedes leer el hebreo bíblico, notarás que es un poema de tipo acróstico. Cada línea está dedicada a la apreciación y adoración de la Palabra de Dios.

El Salmo 119 contiene estímulo para madres que trabajan día y noche. Es como un chorro de agua fría que podría despertar hasta el alma más lánguida y cansada. En el Salmo 119 encontrarás aplicaciones específicas y personales, de esas que te hacen pensar que seguro Dios estuvo leyendo tu diario. ¿No es increíble cómo Dios nos habla a través de Su Palabra?

Pienso que estos siguientes versículos del Salmo 119 tienen una relevancia concreta, ya que me inspiraron a hacer algunos cambios oportunos en mi rutina diaria.

  • “Señor, por la noche evoco Tu nombre; ¡quiero cumplir Tu ley!” (v. 55).
  • “A medianoche me levanto a darte gracias por Tus rectos juicios” (v. 62).
  • ¡Cuánto amo yo Tu ley! Todo el día medito en ella” (v. 97).
  • “Muy de mañana me levanto a pedir ayuda; en Tus palabras he puesto mi esperanza” (v. 147).
  • “En toda la noche no pego los ojos, para meditar en Tu promesa” (v. 148).

Quiero esperar en Dios cuando mis hijos me despierten antes de que suene la alarma. Quiero amar la Palabra de Dios todo el día cuando tengo un montón de trabajo mundano que hacer en casa. Quiero meditar en las promesas de Dios y alabarlo y recordarlo cuando esté con el bebé a medianoche y a las 3 de la madrugada (y a las 10 p.m., a las 2 a.m. y a las 5 a.m. durante los períodos de crecimiento).

Según el Salmo 119, no hay tiempo del día o de la noche en que la Palabra de Dios no sea relevante para nuestras vidas. Aun cuando estemos más enfocadas en preparar las meriendas para la escuela y eligiendo la vestimenta para la foto familiar, la Palabra de Dios puede levantar nuestra mirada hacia el horizonte de la eternidad.

Atesorando a Cristo cuando tus manos están llenas

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Páginas: 44-47

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