Me he identificado profundamente con el ministerio de John Piper durante veinte años. “Difundir una pasión por la supremacía de Cristo en todas las cosas por el gozo de todos los pueblos a través de Jesucristo”. “No desperdicies tu vida”. “Encuentra tu ambición santa”. Una y otra vez, exhortaciones bíblicas como estas me han sacudido con una visión de Dios y de la vida y del ministerio, las cuales han forjado la persona que soy y las decisiones que he tomado.

Al mismo tiempo, puedo mirar hacia atrás durante esos veinte años y puedo ver ocasiones en las que estas exhortaciones se han distorsionado o confundido dentro de mi alma. La presión que han creado se ha manifestado en mi vida en una docena de maneras infructíferas: una honestidad incorrecta, un sentido de urgencia mezquino, una pasión desgastada y frágil.

Claramente, la Biblia demanda un tipo de urgencia y de presión. La parábola de los talentos realmente se encuentra en la Biblia y hay una posibilidad real de desperdiciar los dones y las bendiciones de Dios. Jesús nos advirtió sobre ganar el mundo y perder nuestras almas. Entonces ¿cómo nos aseguramos de que nuestra ambición sea una guiada por el Espíritu y no una presión que aplasta nuestras almas? ¿Qué hace que la ambición santa no se convierta en una urgencia mezquina? Cuando procuramos difundir una pasión por la supremacía de Dios ¿cómo evitamos que esa pasión se desgaste?

Ahora que me acerco a mi cuadragésimo año de vida, he encontrado ayuda en unas preguntas

extraídas de un poema de John Milton.

Antes de: El paraíso perdido

John Milton (1608–1674), era una persona sumamente ambiciosa. Desde temprana edad reconoció que Dios lo había dotado con un intelecto extraordinario y con considerables habilidades creativas. Su ambición santa era usar esos talentos para el servicio de Dios.

A la edad de 21 años publicó su primer poema, titulado En la mañana de la natividad de Cristo. Lo compuso la mañana de Navidad de 1629 como un regalo de cumpleaños para Cristo (y también como una demostración de sus capacidades poéticas). Milton procuraba mostrar que no iba a enterrar su talento, sino que tenía el propósito de usarlo para la gloria de Dios.

Unos años más tarde, testificó acerca del sentido de urgencia en el cumplimiento de esta meta. El tiempo, el sutil ladrón de la juventud, le había robado su cumpleaños número veintitrés. Sus días estaban volando, la mayoría de edad estaba a la vuelta de la esquina y Milton sentía que tenía muy pocos logros que mostrar. Sin embargo, a pesar de las apariencias, se entregó a la voluntad del cielo, expresando su deseo de valerse de la gracia de Dios al emplear sus talentos buscando vivir bajo el ojo del gran Supervisor.

Por supuesto, más de treinta años después, en 1667, publicaría El paraíso perdido, el poema épico sobre la creación y la caída y una de las más grandes obras de la literatura inglesa. No obstante, antes de que la ambición santa  de John Milton diera frutos, él tuvo que enfrentar su propia  noche oscura del alma.

Su noche oscura

En la década de 1640, en medio de una vida ocupada con la política y las artes, Milton empezó a quedarse ciego. Para el año 1642, había perdido la visión completamente. En el Soneto 19, lucha con el significado de su ceguera a la luz de su  ambición santa, y al hacerlo, nos ofrece una manera útil de calibrar nuestras propias almas.

El poema inicia con una reflexión sobre su ceguera. Su luz se ha ido antes de completar la mitad de sus días. Como resultado, su “único talento” parece inútil. Todos sus sueños de servicio a Dios a través de la política y de la poesía parecen ahora como burbujas que explotan en el viento estival. ¿De qué sirve su talento poético si está ciego e imposibilitado de usarlos?

Su ceguera lo perturbaba particularmente debido a que en su edad madura se había comprometido aún más a servir a su Creador. Quizá su sed juvenil por gloria y fama terrenal se había esfumado y sus ambiciones se habían santificado. No obstante, ahora se encuentra en un mundo oscuro, imposibilitado de ver, pero todavía contemplando el día futuro cuando dará cuenta a Dios por lo que hizo con los talentos que Él le dio. Meditando en la parábola de los talentos, anticipaba con seriedad el regreso del Maestro, quien reprende al siervo que rehusó multiplicar su talento.

En su frustración, Milton pregunta: “¿Exige Dios labor cuando la luz es negada?”. ¿Realmente Dios reprenderá, amonestará y aun castigará a un siervo por ser incapaz de cumplir con su llamado debido a una ceguera que escapa a su control? Es una pregunta necia y Milton lo sabe. Proviene de la queja y de la murmuración, de esperanzas frustradas y de ambiciones evaporadas.

La Paciencia confronta la ambición impía

Y entonces la Paciencia entra en escena y habla al frustrado poeta en los últimos seis versos. Las palabras de la Paciencia son tanto una amonestación como un alivio, una corrección y un consuelo. Y nos retan a todos los que somos tentados a dejar que nuestro servicio a Dios reemplace nuestra permanencia en Él.

  1. Dios no te necesita: “Dios no necesita ni la obra del hombre ni sus dones”.

La Paciencia afirma la aseidad de Dios. Esto reprende la perenne tentación humana a vernos a nosotros mismos como indispensables para los propósitos de Dios. Dios no es servido por manos humanas, como si necesitara algo, puesto que Él da a todos vida y aliento y todas las cosas (Hechos 17:25).

Cuando nos enfrentamos a la frustrante oscuridad que entorpece nuestra ambición santa, debemos recordar que es imposible entorpecer los propósitos de Dios. Él es completamente autosuficiente, no experimenta ninguna necesidad o carencia y es una fuente desbordante de talentos. Y aun aquellos talentos son innecesarios para cumplir Sus propósitos. La aseidad de Dios nos libera de la carga de ser Dios. En su lugar, podemos deleitarnos en lo innecesarios que somos.

  1. La buena labor produce un yugo fácil: “Quienes mejor soporten su leve yugo mejor le sirven”.

A continuación, la Paciencia le recuerda al poeta lo que Dios realmente requiere. La parábola de los talentos de Mateo 25 puede crear una carga que únicamente puede ser liberada por las palabras de Jesús en Mateo 11:28–30:Venid a mí, todos los que estáis cansados y cargados, y yo os haré descansar. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es fácil y mi carga ligera”.

La labor que agrada a Dios es una labor que recibe el yugo fácil y la carga ligera de la obediencia. Ya que Sus mandamientos no son gravosos (1 Jn 5:3). Cualquier presión que sintamos al procurar cumplir nuestras ambiciones santas, el corazón fiel la recibe como un yugo fácil.

  1. Dios tiene recursos infinitos a Su disposición: “Su mandato es noble; miles se apresuran a su llamada y recorren tierra y mar sin descanso”.

En tercer lugar, la Paciencia testifica de los recursos reales de Dios. Miríadas de miríadas de ángeles ejecutan la buena voluntad de Dios para el mundo. Son espíritus ministradores, enviados para servir por el bien de aquellos que heredarán la salvación. “El que hace a sus ángeles, espíritus, y a sus ministros, llama de fuego” (Heb. 1:7). Los recursos divinos de Dios son infinitos, y aun las criaturas a su disposición son innumerables. Tal conocimiento nos recuerda una vez más lo innecesarios que somos.

  1. Servimos mejor cuando descansamos y nos apoyamos en Dios: “Pero también le sirven quienes solo están de pie y esperan”.

Sin embargo, nuestra condición de innecesarios no nos convierte en seres sin propósito. El clímax del soneto es el último verso, en el cual la Paciencia lleva al poeta a la máxima revelación de sí mismo. Sí, los ángeles rondan sobre la tierra y el mar cumpliendo la voluntad de Dios. Sí, los santos de Dios están activos en el mundo, obrando en Sus campos y cumpliendo Su comisión, tanto el mandato cultural original de fructificar y multiplicarse, como también la Gran Comisión de discipular a las naciones. Pero entonces no son los únicos tipos de servicio. Sin duda, estos no son siquiera los mejores tipos de servicio.

El mejor servicio lo hacemos cuando sabemos que, puesto que Dios no nos necesita, nuestra principal tarea y la más fundamental es descansar y apoyarnos en Él. Magnificamos el valor de nuestro Creador cuando trabajamos con la fortaleza que Él nos da (1 Pd 4:11), aun cuando la labor no es el trabajo que esperábamos. Ya sea que estamos avanzando en cumplir nuestra ambición santa, o nos encontramos en medio de la oscuridad preguntándonos cuáles son los propósitos de Dios, le servimos mejor cuando sabemos que Él no necesita de nuestro servicio.

Al aceptar nuestra identidad fundamental como criaturas —como seres finitos y limitados que siempre y para todo dependen de Dios—, cumplimos con nuestro llamado fundamental como seres humanos. Y al hacerlo, somos libres de servirle en lo que Él considere como lo mejor para nosotros.