La Biblia es muy clara al señalar maneras específicas en que Dios muestra su amor por nosotros. La más grandiosa es: “Pero Dios demuestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.” (Ro 5:8)

 El reto que propongo hoy, es acortar las distancias existentes entre la reflexión teológica en el amor de Dios y la relación diaria con nuestros hijitos en el hogar.

 Algunos tenemos hijos pequeños, otros tienen hijos entrando a la adolescencia. Lo importante es que mientras estén bajo nuestro techo, tenemos la oportunidad de convertir cada situación de hogar en un potencial escenario para reflejar el amor de Dios a sus vidas.

 Aquellos que saben sobre crianza infantil, nos enseñan que los niños necesitan sentirse amados y seguros en el seno del hogar. Necesitan la contención y aprobación de sus padres. 

 Entonces, comencemos colocando algunas bases bíblicas al respecto:

 Nuestra vida refleja la naturaleza de Dios

 Esto lo enseña Pablo: “Y vosotros vinisteis a ser imitadores de nosotros y del Señor, habiendo recibido la palabra, en medio de mucha tribulación, con el gozo del Espíritu Santo, de manera que llegasteis a ser un ejemplo para todos los creyentes en Macedonia y en Acaya.” (1 Ts 1:6-7)

Y Pedro: “Pero vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido para posesión de Dios, a fin de que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable (1 Pd 2:9).

 Los cristianos reflejamos la naturaleza de Dios a través de nuestro carácter. A través de nuestras palabras y hechos nuestros hijos conocen sobre la existencia de Dios. Somos el primer reflejo del carácter de Dios en sus vidas. Claro que en el hogar podemos ser un mal reflejo de nuestro Dios, como David.

Nuestra vida de amor refleja que somos hijos de Dios

 Eso escribió Juan: “Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida porque amamos a los hermanos. El que no ama permanece en muerte. (1 Jn 3:14).

Y lo enseñó nuestro Señor Jesucristo: Un mandamiento nuevo os doy: que os améis los unos a los otros; que como yo os he amado, así también os améis los unos a los otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os tenéis amor los unos a los otros.” (Juan 13:34-).

 A nuestro hijos les enseñaremos sobre el amor de Dios, pero confirmaremos esa verdad en base a lo que vivimos durante la semana. Sabrán que somos discípulos de Cristo por el amor que los alcanza a ellos. Desde ya, lejos del amor de Dios, no hay evidencia de Su poder y bondad en la familia.

 Ahora, pensemos juntos en algunas maneras de reflejar el amor de Dios a nuestros chiquitines.

Amemos a nuestros hijos con palabras

El profeta Jeremías escribió: “Desde lejos el SEÑOR se le apareció, diciendo: Con amor eterno te he amado, por eso te he atraído con misericordia.” (Jer 31:3).

 En épocas de desaliento, nada consuela tanto mi corazón como leer que Dios me ama. La Palabra de Dios es la voz del Señor. Es una carta de amor que Él escribe desde Su corazón al nuestro. Y cuando leo: “hijo mío, te amo con amor eterno” me conmuevo hasta las entrañas. Eso me da seguridad.

 Como padres hacemos bien en imitar a nuestro Dios en esto. ¿Cuándo fue la ultima vez que le dijiste a tus hijos que los amabas? Hazlo. Díselo todos los días, tantas veces como puedas.

Amemos a nuestros hijos con clemencia

 David reflexionó sobre esto:

 “Compasivo y clemente es el SEÑOR, lento para la ira y grande en misericordia. No contenderá con nosotros para siempre, ni para siempre guardará su enojo. No nos ha tratado según nuestros pecados, ni nos ha pagado conforme a nuestras iniquidades. Porque como están de altos los cielos sobre la tierra, así es de grande su misericordia para los que le temen. Como está de lejos el oriente del occidente, así alejó de nosotros nuestras transgresiones. Como un padre se compadece de sus hijos, así se compadece el SEÑOR de los que le temen. Porque Él sabe de qué estamos hechos, se acuerda de que somos solo polvo.” (Salmo 103:8-14)

 El pasaje, en su contexto inmediato, nos habla del perdón que Dios tiene sobre nosotros debido a su gran amor e increíble gracia redentora. Pablo hace eco de este pensamiento y dice: 

Sed más bien amables unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, así como también Dios os perdonó en Cristo. Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados; y andad en amor, así como también Cristo os amó y se dio a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios, como fragante aroma.” (Ef 4:29-5:2)

 Nuestros hijos nos ofenderán y romperán nuestro corazón. Como nosotros, ellos son duros de cerviz, rebeldes, soberbios, amadores del pecado, enemigos de todo lo santo e infieles. Hasta que la gracia de Dios no venza su oposición y el Espíritu Santo vivifique sus corazones, nuestros hijos necesitarán ser perdonados una y otra vez. ¡Y luego también!

 Por lo tanto, padres ¿como esperamos que crean en el amor de Dios que perdona todos sus pecados si desde que están viviendo en casa llevamos días sin hablarles porque cometieron un error? Es difícil creer el evangelio cuando las personas que te lo predican no lo viven.

Amemos a nuestros hijos con disciplina

 La Escritura dice: Hijo mío, no rechaces la disciplina del SEÑOR ni aborrezcas su reprensión, porque el SEÑOR a quien ama reprende, como un padre al hijo en quien se deleita.” (Pr 3:11-12).

 Para establecer la permanencia de esta enseñanza bíblica, un autor del Nuevo Testamento repite la cita bajo el mismo flujo de pensamiento: 

Y habéis ya olvidado la exhortación que como a hijos se os dirige, diciendo: Hijo mío, no menosprecies la disciplina del Señor, ni desmayes cuando eres reprendido por él; porque el Señor al que ama, disciplina, azota a todo el que recibe por hijo. Si soportáis la disciplina, Dios os trata como a hijos; porque ¿qué hijo es aquel a quien el padre no disciplina?  Pero si se os deja sin disciplina, de la cual todos han sido participantes, entonces sois bastardos, y no hijos. Por otra parte, tuvimos a nuestros padres terrenales que nos disciplinaban, y los venerábamos. ¿Por qué no obedeceremos mucho mejor al Padre de los espíritus, y viviremos? Y aquéllos, ciertamente por pocos días nos disciplinaban como a ellos les parecía, pero éste para lo que nos es provechoso, para que participemos de su santidad. Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados.” Hebreos 12:5-11

 La disciplina en el hogar brinda seguridad a nuestros hijos. Los hace sentir que estamos ahí para enseñarles, corregirlos, guiarlos, protegerlos y buscar su bien. No esperamos que ellos lo entiendan en el momento, pero cuando crezcan comprenderán el amor especial de sus padres por ellos.

 Hoy en día, muchos se detienen en los primeros dos puntos: aman a sus hijos con palabras y clemencia. Pero olvidan amarlos con disciplina. Tal postura pierde el equilibrio del amor bíblico trazado por la Escritura. 

 Es más, según Proverbios, un padre que no disciplina a su hijo o una madre que lo consiente, es igual a uno que aborrece a sus hijos. En otras palabras: no los ama de verdad.

Amemos a nuestros hijos con el amor de Dios

 Por estas razones, queridos papá y mamá, si has abandonado el método bíblico de amor paternal,  vuelve a la Palabra de Dios. Si has perdido tu convicción en alguno de estos puntos, retoma el camino de la Biblia.

 Pero me dirás: “mis labios son como una fuente seca que se han sellado hace meses.” Entonces, ábrelos en oración y pídele a Dios que haga brotar en ellos palabras de cariño otra vez. 

 Otro dice: “Mi corazón está lleno de amargura y no puedo dejar pasar esa ofensa que hizo mi hija.” Amado, aún sabes poco del evangelio. Ven a Dios de rodillas, recuerda Su amor, recuerda Su cruz, recuerda Su clemencia y arrepiéntete. Perdona como has sido perdonado. 

 Y uno más agrega: “mis hijos cometen pecaditos juveniles”. Hermano, ¿estás tolerando que la mentira, el orgullo y la rebeldía formen una ciudadela en el corazón de tus hijos? Te ruego ¡no lo permitas más! Cree a Dios y a Su Palabra. Aplica a tus hijos los mismos métodos de crianza que Dios usa sobre los Suyos. Disciplina en amor. ¿Por qué autorizar al diablo para que entre en tu hogar? ¿Por qué consentir con el pecado para que endurezca la conciencia de tus hijos, condenándolos al infierno?