La forma en que damos y recibimos amonestación revela más sobre nosotros de lo que podríamos darnos cuenta. ¿Cuándo fue la última vez que alguien te reprendió y cómo respondiste? ¿Cuándo fue la última vez que tuviste que llamar la atención a alguien? ¿Cómo actuaste?

Cuando alguien nos confronta por un pecado que ve en nosotros, algunos nos ponemos a la defensiva y respondemos. Otros se acobardan, se retiran y se desmoronan en la autocompasión. Otros, sin embargo, han aprendido a recibir una buena reprimenda por lo que esto es: amor. Ellos conocen el secreto que otros no comprenden, ellos entienden que las palabras duras son instrumentos indispensables y preciosos en el camino hacia la piedad.

De manera similar, cuando alguien peca contra nosotros, a menudo caemos en una de dos trampas. Algunos de nosotros por defecto (a menudo por dolor o enojo) a la honestidad exagerada. Ese tipo de personas que forma consciente o inconsciente dice la verdad, pero daña a otros. Otros resistimos la confrontación a toda costa, o expresamos cada palabra difícil con mucha suavidad. En ambos casos, no practicamos la reprensión como un acto de amor maravilloso, ya sea al decir la verdad sin amor o al no hablar en absoluto.

Es posible que 2 Corintios 13 no sea el primer texto en el que pensamos para reprender, pero sí traza un camino sabio a través de los peligros que a menudo hacen que la corrección saludable, amorosa y vivificante sea tan difícil.

La ocasión de la reprensión

El pecado particular que Pablo enfrenta en 2 Corintios quizás fue, a nivel personal, más doloroso de lo que muchos de nosotros podemos imaginar (2 Cor. 2: 1). Toda la carta se refiere a una rebelión que surgió en la iglesia de Corinto contra su autoridad y ministerio, incluso después de años de invertir allí (2 Cor. 10:10; 11:4; 13:2-3).

Si bien la situación (y lo que está en juego) puede haber sido diferente para Pablo, se encaró a la misma pregunta que enfrentamos una y otra vez dentro de la iglesia: cuando veamos el pecado en los demás, ¿nos amonestaremos de manera amorosa y amable unos a otros? ¿O evitaremos el conflicto por miedo? ¿O, con ira e impaciencia, ocasionaremos vergüenza y culpa sobre un hermano o hermana?

Antes de entrar en cómo reprender, vale la pena hacer una pausa sobre por qué necesitamos reprensión. Todos necesitamos amonestar y ser monestados porque todos todavía pecamos (1 Jn. 1: 8). Y el pecado es mortalmente serio. Si no estamos dispuestos a reprendernos unos a otros, debemos preguntarnos si en verdad creemos que el pecado es engañoso, destructivo y, si no nos arrepentimos, condenatorio. La reprensión es parte de una vigilancia más amplia contra el único enemigo que puede destruirnos:

Tened cuidado, hermanos, no sea que en alguno de vosotros haya un corazón malo de incredulidad, para apartarse del Dios vivo. Antes exhortaos los unos a los otros cada día, mientras todavía se dice: Hoy; no sea que alguno de vosotros sea endurecido por el engaño del pecado. (Heb. 3:12-13)

Debido a que el pecado es tan grave, tan terrible, tan devastador para el alma, debemos exhortarnos unos a otros todos los días. Y, a veces, por diversas razones, necesitamos más que una exhortación. Necesitamos reprensión. Y si vemos el pecado por lo que en realidad es, debemos abrazar, incluso regocijarnos, en la buena reprensión.

Sabiendo que necesitamos reprensión, debemos aprender a reprender bien, con amor y honestidad, con gracia y firmeza. Y para reprender bien, debemos estar profunda y apasionadamente arraigados en el evangelio, debemos reconocer y enfrentar la pecaminosidad del pecado (primero en nosotros mismos, y solo luego en los demás), y debemos aprender la meta y la esencia de una buena reprensión.

La meta de la buena reprensión

Primero, la meta. El objetivo de una buena reprensión no es la reprensión en sí misma, esta es siempre un medio, no un fin. Mientras Pablo reprende a sus oponentes, aclara el objetivo (y lo repite para ser claro). “Nuestra oración es que lleguen a ser maduros” (2 Cor 13: 9 NTV). Y luego hablando a toda la iglesia: “busquen su restauración” (2 Cor 13:11 NVI). La restauración, no la mera corrección, es la meta de la reprensión piadosa.

El apóstol, a pesar de lo que estos falsos maestros le habían hecho, no quería que los corintios fueran anulados o echados; los quería de vuelta como hermanos. Quería que se restauraran las relaciones, las alianzas, la unidad y el compañerismo. ¿Cuán diferentes podrían ser nuestras iglesias, nuestros desacuerdos, incluso nuestras controversias si más de nosotros anheláramos, oráramos y trabajáramos por la restauración como lo hizo Pablo? La restauración, la renovación y el avivamiento del amor una vez quebrantado (o incluso muerto), es la meta de la buena reprensión.

“Hermanos, si alguno es sorprendido en alguna falta”, indica Pablo a todos los creyentes, “vosotros que sois espirituales, restauradlo en un espíritu de mansedumbre” (Ga 6:1). Una forma de cultivar la mansedumbre que necesitamos en la corrección piadosa es enfocarnos en la amonestación como un camino hacia la restauración. Si la restauración es el destino, moldeará y coloreará las palabras que usamos y cómo las decimos.

La esencia de la buena reprensión

Si bien la restauración es el objetivo, la humildad y el amor son la esencia de la buena reprensión. Vemos esto de manera más clara y poderosa en el versículo anterior: “Pues nos regocijamos cuando nosotros somos débiles, pero vosotros sois fuertes” (2 Cor. 13:9). Debido a que la restauración, no la auto subsistencia o la vindicación, era su mayor carga, Pablo se alegró de ser rechazado y humillado si eso significaba que sus ofensores al fin podrían arrepentirse, ser perdonados y restaurados.

“Por tanto, muy gustosamente me gloriaré más bien en mis debilidades”, escribió en la misma carta, “para que el poder de Cristo more en mí. Por eso me complazco en las debilidades, en insultos, en privaciones, en persecuciones y en angustias por amor a Cristo; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2 Cor. 12:9-10). Me contento con los insultos y las persecuciones –literalmente–, muy complacido con los insultos y las persecuciones. Esa alegría fue (y es) sorprendente, incluso ofensiva, y por completo cristiana. Jesús le había dicho: “Te basta mi gracia, pues mi poder se perfecciona en la debilidad” (2 Cor. 12:9). La esencia de la buena reprensión sabe que el poder de Dios para convencer, redimir y cambiar a menudo se derrama a través de nuestra disposición a ser débiles.

¿Cómo penetraron con tanta profundidad la humildad y el amor en su corazón, un corazón que una vez se había opuesto y perseguido con violencia a los creyentes? Sumergió su corazón en el corazón de Otro. De nuevo, Pablo escribe: “Porque conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que siendo rico, sin embargo por amor a vosotros se hizo pobre, para que vosotros por medio de su pobreza llegarais a ser ricos” (2 Cor. 8:9). Jesús soportó con gozo las penalidades de la cruz (Heb. 12:2). La humildad y el amor cristianos producen un gozo lo suficientemente fuerte como para sacrificarse por los demás, incluso por aquellos que pecan contra nosotros.

El tono de la buena reprensión

Si bien el corazón de Pablo era cálido y humilde hacia los rebeldes, y aunque anhelaba su restauración, no temía ser severo si era necesario. “Por esta razón os escribo estas cosas estando ausente, a fin de que cuando esté presente no tenga que usar de severidad según la autoridad que el Señor me dio para edificación y no para destrucción” (2 Cor. 13:10). A veces, la severidad es necesaria cuando nos reprendemos unos a otros. Esta severidad, dice Pablo más adelante en el mismo versículo, derriba (al menos por el momento) en lugar de construir.

Esta puede ser la palabra más incómoda para muchos de nosotros: severo. ¿Alguna vez necesitamos ser severos? Hoy en día, en una sociedad a menudo en exceso sensible y empática, la severidad parece única y siempre inapropiada (o peor). Para algunos, la severidad suena a abuso. “Si duele, no debería haberse dicho”, podría ser un proverbio de nuestra época. Y es una plaga para nosotros. Los sabios saben cuán desesperadamente necesitamos palabras duras (Pr. 15:31). Los necios acumulan palabras suaves y huyen de todo lo que se parezca a la reprensión (Pr. 12:1; 13:18; 15:32). Silencia. Bloquea. Cancela. Y el Antiguo Testamento nos advierte, con horror tras horror, lo que sucede cuando cada uno hace lo que le parece bien (Jue. 17:6).

A veces, cuando el pecado nos engaña y se atrinchera en nuestras almas, necesitamos la gracia de la severidad piadosa. Pablo no solo modela esta severidad, sino que la anima cuando es apropiado: “Por tanto, repréndelos duramente para que sean sanos en la fe” (Tit. 1:13 aquí se usa la misma palabra griega). Severidad si es necesario, para que nuestro hermano o hermana vuelva a estar sano.

La renuencia a la buena reprensión

La reprensión, especialmente la que es severa, siempre debe ser paciente y reacia, no impaciente e impulsiva. El apóstol estaba dispuesto a ser severo si era necesario en el camino del amor, pero note que estaba dispuesto, no ansioso.

“Por esta razón os escribo estas cosas estando ausente, a fin de que cuando esté presente no tenga que usar de severidad según la autoridad que el Señor me dio para edificación y no para destrucción” (2 Cor 13:10). No quiero ser severo. No quiero derribarte. No quiero llegar a ese punto. He hecho todo lo que sé para evitar una confrontación más dura. Quiero edificarte y animarte en Cristo. Prefiero suplicar y apelar que reprender con dureza.

No somos apóstoles, pero Dios nos ha dado a cada uno de nosotros cierta influencia en el cuerpo de Cristo. Cada uno de nosotros está ubicado de manera única en las congregaciones locales y el Espíritu de Dios nos capacita para servir de diversas maneras. Y aunque la severidad a veces es necesaria, Dios nos ha dado nuestros dones e influencia únicos con el fin de edificarnos unos a otros (1 Cor 14:12, 26), no destrozarnos unos a otros. La iglesia debe ser conocida como constructora, no como excavadora.

Muchos de nosotros, sin embargo, rara vez pensamos en cómo podríamos construir intencionalmente a otra persona en el Cuerpo. Y cuando ese es el caso, la reprensión rara vez se recibe bien, incluso cuando se extiende bien. En la vida de cualquier iglesia local, la reprensión debe ser una onda ocasional en un poderoso río de ánimo.

El aliado de la buena reprensión

Si bien esta última lección puede ser la más sutil del pasaje, también puede ser la más reveladora. “Tu restauración”, escribe Pablo, “es por lo que oramos” (ver 2 Cor 13:9). Y un par de versículos antes: “Y rogamos a Dios para que no hagáis nada malo. . . sino para que vosotros hagáis lo bueno…” (ver 2 Cor. 13:7). Si estamos dispuestos a reprender a alguien, pero somos reacios a orar por él, ¿en verdad estamos tan preparados como pensamos?

Lo que queremos, en cualquier buena reprensión, es que Dios traiga la claridad y el cambio en esta persona. Podemos reunir el valor para decir algo, monitorear nuestras palabras y tono, expresar nuestro afecto y esperanza, atraer discretamente a otros creyentes preocupados, y, aun así, si Dios no actúa, todo el amor del mundo caerá en oídos sordos. Somos meros plantadores, fuentes de agua, reprensores; solo Él hace crecer el corazón (1 Cor. 3:7).

Antes de reprender, cuando reprendamos y después de reprender, siempre debemos orar. Este es el aliado vital de la buena reprensión. Reprensión sin oración es amonestación sin poder. Pero reprensión con oración es amonestación con el respaldo del cielo. Por lo tanto, confronte el pecado cuando lo vea, con el objetivo de la restauración desde un corazón de humildad y amor, con una disposición renuente a ser severo si es necesario. Pero, sobre todo, ore y pídale a Dios que separe las aguas del corazón de esta persona y la libere del enemigo de su alma.