Durante la mayor parte de mi vida, mis pastores han sido significativamente mayores que yo. Esto me pareció ser siempre lo correcto. Cuando era niña, luego como adolescente y más tarde como una joven que buscaba crecer en Cristo, acepté la autoridad y la sabiduría de pastores mayores. Sin embargo, ahora que estoy en mis cuarenta, he comenzado a notar un hecho alarmante: los hombres a quienes Dios ha llamado a pastorearme son ocasionalmente de mi edad o incluso, menores que yo.

Cuando comencé a notar esta tendencia, respondí con una risa entre dientes: ¡Así que esto es lo que pasa al envejecer! Te haces mayor que el predicador. Cuanto más tiempo he pasado a la par o superado en edad a mis pastores, he enfrentado algunas tentaciones llenas de orgullo.

Por supuesto, las tentaciones relacionadas con la autoridad pastoral no son exclusivas de mi circunstancia. Algunos de nosotros podemos tener más dificultades con un pastor mayor, un pastor nuevo, un pastor con menos experiencia o con un pastor con más experiencia. A todos nosotros, en este lado del cielo nuevo y la tierra nueva, la autoridad, incluso la autoridad buena y ordenada por Dios, nos puede hacer irritar.

No obstante, en la carta de Pablo a los Tesalonicenses, él encomienda una actitud hacia la autoridad pastoral que dista mucho de dicha irritabilidad:

Pero os rogamos hermanos, que conozcáis a los que con diligencia trabajan entre vosotros, y os dirigen en el Señor y os instruyen, y que los tengáis en muy alta estima con amor, por causa de su trabajo. Vivid en paz los unos con los otros.(1 Tesalonicenses 5:12-13)

¿Cómo deben tratar los cristianos a sus pastores? Con respeto. Con estima. Con amor. Para este fin, considera tres obstáculos que debemos evitar al relacionarnos con nuestros pastores, de modo que podamos mostrar el debido respeto al tenerlos en muy alta estima y con amor.

Deja a un lado las expectativas inalcanzables

Primero, no permitas que las expectativas imposibles de alcanzar reemplacen tus anhelos profundos que aguardas al congregarte. Cuando vamos a cualquier reunión con el pueblo de Dios, ya sea una reunión numerosa el domingo por la mañana, una reunión más pequeña el miércoles por la noche o una reunión a solas con uno de nuestros pastores, vamos con ciertas expectativas. Estas expectativas son buenas y correctas si están acorde con lo que enseña la Biblia. Debemos contar con que nuestros pastores nos guiarán en adoración a Dios, con que imitarán a Cristo en Su carácter y con que nos instruirán en la Palabra de Dios, no en ideas mundanas.

Cuando nuestras expectativas sobre cómo nuestros pastores deben actuar o cómo deben comportarse se centran en nuestras preferencias o deseos, es probable que perdamos el ansioso anhelo que sentimos al reunirnos con el pueblo de Dios. También, podríamos darnos cuenta que una expectativa insatisfecha en un área genera más y más expectativas sobre lo que nuestros pastores deben hacer y cómo deben actuar en otras áreas. A manera de ejemplo, lo que comienza como una expectativa insatisfecha sobre el desarrollo de cierto tipo de ministerio de consejería, se reproduce en expectativas insatisfechas sobre qué comités deben priorizar y hasta qué día de la semana se deberían tomar libre.

Respetar a nuestros pastores significa dejar a un lado aquellas expectativas inalcanzables y cambiarlas por una ansiosa anticipación de todo lo que Dios hará, tanto en nuestros pastores como en nosotros mismos a través de la obra poderosa del Espíritu Santo. Dios nos asombrará de maneras inesperadas cuando abandonemos nuestras propias expectativas y aceptemos a nuestros pastores como los hombres que Dios ha hecho que sean: imperfectos, pero madurando y puestos sobre nosotros para nuestro bien.

Apaga a tu demandante interno

En segundo lugar, no permitas que un espíritu crítico reemplace tu pensamiento crítico. Un deber importante y serio de toda iglesia es ser como los bereanos, quienes “recibieron la palabra con toda solicitud”, pero también estaban “escudriñando diariamente las Escrituras, para ver si estas cosas eran así” (Hechos 17:11). Su ávida recepción de la palabra no se vio mermada por su diario escudriñamiento de ésta.

Desafortunadamente, para algunos de nosotros que somos estudiantes de la palabra de Dios y pensamos que tenemos nuestra teología en orden, la reacción que tenemos puede estar muy cargada en el escudriñamiento y ligera en la recepción. En lugar de ser como los bereanos, que tomaron lo que les enseñaron y con gusto lo analizaron a la luz de la palabra de Dios para verificar su veracidad, podemos ser más como una alarma de automóvil desajustada que suena cada vez que alguien pasa, aunque nadie esté tratando de robar el vehículo.

Cuando nuestros pastores ejercen autoridad mediante la enseñanza de la Biblia e incluso cuando nos amonestan, nuestra postura debe ser de receptividad y de un examen cuidadoso de la Palabra. Si, después de dicho escudriñamiento, creemos que uno de nuestros pastores no manejó con precisión la Palabra de alguna manera, es posible que tengamos que acercarnos a él con amor y plantear el problema con humildad. No obstante, si no ha manejado mal la Palabra, si meramente la ha usado de manera fiel, aunque imperfectamente, es posible que tengamos que pedirle a Dios que nos ayude a apagar nuestro demandante interno y que podamos “recibir con humildad la palabra implantada” (Santiago 1:21).

Abandona las sospechas

Por último, no permitas que los juicios faltos de amor reemplacen tu alta estima con amor. En una sociedad polarizada, sospechar de aquellos que no son parte de nuestra “tribu” se ha vuelto habitual, y más particularmente de los que tienen cierta autoridad. Hoy día, muchos consideran una virtud, e inclusive una necesidad, el sospechar de aquellos “en poder” y considerarlos corruptos. Sí, hay muchos ejemplos reales que puedes encontrar en el internet de abusos de poder que parecen dar amplias razones de sospecha, pero cuando dejamos que esos casos específicos y nuestra cultura interfieran con nuestra percepción, la sospecha se disfraza de sabiduría. Sin embargo, sospechar no es lo mismo que discernir de manera piadosa.

La sospecha, como la amargura, su prima malvada, es una especie invasora. Una vez que echa raíces, es difícil de arrancar. La sospecha nos dice que los motivos de otras personas probablemente son nefarios, pero los nuestros (y los de la gente de nuestra tribu) son puros. La sospecha dice que nuestros pastores probablemente no son diferentes de aquellos pastores famosos que se han enredado en escándalo. La sospecha dice que nuestros pastores probablemente solo están en el ministerio para ver por sí mismos; no hay forma de que realmente puedan amarnos. La sospecha convierte las imperfecciones menores (¡que todo pastor tiene!) en evidencia de un espectáculo de inmoralidad latente. Y lo peor de todo, la sospecha nos lleva a colocarnos en el lugar de Dios, y lo hacemos ejerciendo juicios injustificados sobre aquellos a quienes debemos tener en muy alta estima.

No me malinterpretes: Dios nos deja claro que los pastores deben tener un carácter piadoso (1 Timoteo 3: 1-7). “Porque el obispo debe ser irreprensible como administrador de Dios, no obstinado, no iracundo, no dado a la bebida, no pendenciero, no amante de ganancias deshonestas” (Tito 1:7). No obstante, los sospechosos a menudo están convencidos de que solo ellos pueden ver el mal que acecha el corazón de sus pastores.

Tenlos en muy alta estima

No estimaremos mucho a nuestros pastores si nuestras expectativas de ellos son inalcanzables o si un espíritu crítico ha envenenado nuestra capacidad de recibir instrucción de ellos, o si nuestras sospechas nos han llevado a juicios injustificados y a ser faltos de amor sobre su carácter.

La solución es triple: arrepentirse, creer y orar. Arrepiéntete de las actitudes pecaminosas que tengas en contra de tus pastores. Cree que los caminos de Dios son buenos, lo que significa que la autoridad pastoral, a pesar de lo que nuestra cultura te haga creer, es para tu bien. Ora por tus pastores con regularidad, sin ostentación ni irritación. Pídele a Dios que haga cosas extraordinariamente buenas en la vida de tus pastores: que los transforme cada vez más en la imagen de Cristo, que los mantenga humildes y sin mancha en el mundo, que les otorgue poder en el Espíritu para todo lo que hagan.

Puede ser que no haya una manera más poderosa de tener en muy alta estima con amor a tus pastores que hablar con Dios en su nombre. Nuestras oraciones a Dios por nuestros pastores inevitablemente comenzarán a ablandar nuestro corazón para amarlos como Dios los ama y ​​nuestras palabras y comportamiento reflejarán el creciente respeto y estima que tenemos por ellos.

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Abigail Dodds
Me llamo Abigail. Soy la esposa de Tom y soy una ama de casa de cinco hijos. Somos miembros de la Iglesia Bautista de Belén en Minesota. Escribo artículos, estudios bíblicos, un libro, una canción ocasional, y por supuesto, en mi blog. Nuestro hijo menor tiene necesidades especiales, o, lo que solíamos llamar, discapacidades. Trabajar en esa realidad ha sido una dura providencia de nuestro Dios amoroso y ha formado a nuestra familia de manera graciosa. Cristo es antes de todas las cosas; él hizo todas las cosas; él lo mantiene todo unido (Col. 1, 15-20). Mi misión es atraerme a mí misma y a los demás a la realidad de que Cristo es todo y que todo es de Cristo, para que un día seamos presentadas maduras en él para alabanza de la gloria de Dios (Col. 1:28).