Hoy, más que nunca, vivimos en un mundo obsesionado con los números. La tecnología moderna ha hecho que la vida sea más medible, cuantificable y contable. Y muchos de nosotros no podemos dejar de contar.

¿Cuántos seguidores tengo? ¿Cuántas personas vinieron a la iglesia el domingo pasado? ¿Cuántas cifras hay en mi cuenta bancaria? ¿Cuántos puntos he sacado en el examen? ¿Cuántos “me gusta” o comentarios ha recibido mi post? ¿Cuántos artículos he escrito, libros he publicado? ¿cuántas charlas he dado? ¿Cuántas cosas más qué… he hecho?

En mis peores momentos, busco en los números mucho más que medidas objetivas útiles. Indago en ellos la identidad y el significado. Los utilizo para fortificar los muros de mi inseguridad y asegurarme de que soy alguien. Les pido que me den un futuro y una esperanza.

Por esto, puede ser una experiencia sorprendente recordar la historia de un rey cuyo recuento estuvo a punto de destruirlo. Su historia es una advertencia para todos nosotros -y quizás especialmente para los líderes ministeriales- que nos sentimos tentados a dar a los números una voz más fuerte que la del Señor nuestro Dios.

El trágico censo de David

Para los oídos modernos, la orden del rey David a Joab, el comandante de su ejército, sonó inofensiva: “Id, contad a Israel desde Beerseba hasta Dan, y traedme el resultado para que yo sepa el número de ellos” (1 Cró. 21:2). Estamos familiarizados con los censos; en Estados Unidos, hacemos uno cada diez años. Así que los resultados de este censo son, cuando menos, sorprendentes: David es humillado hasta el polvo, el ángel del Señor atraviesa Judá con una espada, y setenta mil hombres de Israel caen (1 Cró. 21:14-16).

La historia resulta aún más sorprendente cuando nos damos cuenta de que en el libro de Crónicas este censo toma el lugar del adulterio y el asesinato de David. El autor de Crónicas no menciona este sórdido episodio. En cambio, cuando llegamos a la parte de la historia donde esperaríamos encontrar a Betsabé y Urías, encontramos el censo. En la mente del cronista, el conteo de David es un pecado que rivaliza con su adulterio y el asesinato que encargó.

Pero, ¿por qué? ¿Qué había de malo en la orden de David de hacer un censo? La respuesta a esa pregunta pone al descubierto no sólo el corazón de David, sino también el de muchos de nosotros. Consideremos, entonces, tres mentiras ocultas en el impulso de David de contar.

La fuerza está en los números

A diferencia de los censos modernos, el propósito de David no era reunir las cifras generales de la población, sino medir la fuerza militar de Israel. No era ilegal hacer un censo en sí mismo; la ley de Moisés incluso ofrece instrucciones sobre cómo realizarlo (Éx. 30:11-16). Por lo tanto, el pecado de David probablemente no estaba en su método, sino en su motivo.

La respuesta de Joab a David insinúa el cáncer en la petición del rey: “Añada el Señor a su pueblo cien veces más de lo que son . . . ¿Por qué procura esto mi señor?”. (1 Cró. 21:3). La palabra procurar, también traducida como buscar, aparece varias veces en los capítulos que preceden al censo, sobre todo en 1 Crónicas 16:10-11, donde David canta:

“Gloriaos en su santo nombre;

alégrese el corazón de los que buscan al Señor.

Buscad al Señor y su fortaleza;

buscad su rostro continuamente.”

Sin embargo, cuando David ordenó el censo, Joab escuchó una canción diferente: “¡Busca a los soldados y su fuerza; busca su poder continuamente!” En algún momento, parece que David empezó a contar su ejército en lugar de contar con la fidelidad de Dios; empezó a enumerar sus fuerzas en lugar de enumerar las promesas de Dios. Buscó su fuerza más profunda, su seguridad y el descanso de su alma en las probabilidades terrenales, y no en el hecho de que Dios estaba a su favor.

Nuestra situación es muy diferente a la de David, por supuesto. Ninguno de nosotros se enfrenta al ataque de ejércitos enemigos, aunque muchos nos hemos quedado despiertos por la noche, con alguna inseguridad royendo el alma, enfrentados de nuevo a una elección: ¿Buscaré mi fuerza sólo en Dios, o me apoyaré en un brazo de carne (2 Cró. 32:8)? Y a menudo, el brazo de carne más tentador es el que se puede medir.

La cuestión, al final, no es si contamos o no. En un mundo como el nuestro, a veces debemos contar, y no es necesario decir que David se equivocó al hacerlo. Más bien, la cuestión es si contamos desde un lugar de seguridad en nuestro Dios, o para encontrar alguna seguridad fuera de Él.

Las promesas no son suficientes

Sin embargo, antes de que alguien deje de buscar la fuerza de Dios, algo más profundo ha fallado: ha dejado de confiar en la promesa de Dios. Dios había prometido a David: “Someteré a todos tus enemigos” (1 Cró. 17:10). El censo de David dijo, en efecto, “No, no lo harás. Pero yo lo haré”.

Nuestra carne no quiere saber nada de confiar en Dios. Buscaremos algo, lo que sea, en lo que apoyarnos en lugar de una mera promesa. Queremos números, datos, probabilidades, o cualquier cosa que nos dé más confianza que la Palabra de Dios solamente. Después de todo, ¿qué le parece mejor a la carne: aventurarse con un ejército que sabes que puede conquistar a tu enemigo, o marchar sólo con la fuerza del “yo haré” de Dios?

La tentación en desconfiar de las promesas de Dios puede crecer con nuestro éxito. David, por ejemplo, no tomó su censo desde un lugar de debilidad, sino desde uno de tremenda fuerza, no cuando estaba rodeado por ejércitos extranjeros, sino cuando casi los había vencido (ver 1 Cró. 18-20). En otras palabras, cuanto más cumplía Dios Su promesa de someter a los enemigos de David, más tentado estaba éste de desestimar la promesa.

Esta incredulidad podría parecer increíble si no fuera tan común entre nosotros. Imagina a un plantador de iglesias que se lanza a un barrio con diez personas a su lado. Se dedica a su ministerio con fidelidad mientras se aferra a las promesas de Dios. Con el tiempo, sus labores dan fruto: diez se convierten en treinta, treinta en sesenta, sesenta en cien y poco a poco, incluso de modo imperceptible, se vuelve menos desesperado. Los números, en sí mismos fruto de las promesas de Dios, van desplazando poco a poco las promesas de Dios. Presta más atención -y pone su confianza- a las estrategias, los modelos y los consejos para el ministerio. Sigue reconociendo su dependencia de Dios, por supuesto, pero en todo lo que importa, no se apoya en las promesas, sino en el pragmatismo.

Ciertamente, no todo recuento es desconfianza en las promesas de Dios, aunque podemos hacer bien en preguntarnos: ¿Proclama mi ministerio: “Sin mí, nada podéis hacer” (Jn. 15:5)? ¿O más bien dice: Aparte de la estrategia correcta nada podéis hacer?

Tu eres un administrador de Dios, no un señor

Cuando Dios instruye a Moisés sobre cómo hacer el censo, le dice: “Cada uno dará al Señor un rescate por su persona cuando sean contados, para que no haya plaga entre ellos cuando los hayas contado” (Éx. 30:12). Cada soldado numerado debía ofrecer un rescate de medio siclo por su vida, declarando en efecto que no era suyo, sino que pertenecía enteramente al Señor su Dios.

Pero la orden de David de numerar a Israel no contiene ninguna mención al rescate, ni siquiera a Dios. En el centro de la orden de David, de hecho, está el propio David: “Ve, cuenta a Israel… para que yo sepa su número” (1 Cró. 21:2). Si un censo debía decir: “Israel pertenece a Dios”, el censo de David decía: “Israel me pertenece a mí”. Aunque sólo es un administrador del reino de Dios, cuenta como si fuera el señor preeminente de Israel.

Contar puede convertirse con facilidad en un ejercicio de formación de la identidad, como si los frutos de nuestras labores dijeran más de nuestras habilidades que de la gracia de Dios. Hemos tomado los talentos que el Señor nos ha dado, los hemos multiplicado por su poder, y luego hemos considerado que el conjunto es obra nuestra. Como resultado, los números que deberían profundizar nuestra humildad y agradecimiento nos transforman en pequeños Nabucodonosores: “¿No es ésta la gran Babilonia que yo he edificado con la fuerza de mi poder y para gloria de mi majestad?” (Dan. 4:30).

Cuando consideramos el fruto en nuestros ministerios, ¿lo sumamos con el orgullo de un señor? ¿O contamos con santa reverencia, sabiendo que estamos contando los hijos de Dios, los talentos de Dios, la cosecha de Dios, sobre la que nos ha designado como administradores?

Fidelidad sin límites

Más adelante en la historia de las Crónicas, el profeta Hanani le dice al rey Asa, uno de los hijos de David:

“¿No eran los etíopes y los libios un ejército numeroso con muchísimos carros y hombres de a caballo? Sin embargo, porque te apoyaste en el Señor, Él los entregó en tu mano. Porque los ojos del Señor recorren toda la tierra para fortalecer a aquellos cuyo corazón es completamente suyo. Tú has obrado neciamente en esto. Ciertamente, desde ahora habrá guerras contra ti.” (2 Cró. 16:8-9)

El Señor del universo no necesita grandes números para derrotar a grandes ejércitos. Sabe cómo formar una galaxia de estrellas a partir de la descendencia de un solo hombre (Gén. 15:5). Es capaz de convertir un grano de mostaza en el mayor de los árboles (Mt. 13:31-32). Incluso puede tomar un grano de trigo caído, y de él dar el fruto de la salvación en todo el mundo (Jn. 12:24).

Los ojos de este Dios recorren la tierra para encontrar a aquellos cuyos corazones son intachables: no a los que son perfectos, sino a los que están desesperados. Los que saben que su fuerza, su esperanza y su identidad no se esconden en nada que puedan contar, sino en el Cristo, cuya fidelidad es incontable.