Si creciste yendo a campamentos de jóvenes de la iglesia, quizás recuerdes a ese chico que parecía tener un arranque espiritual cada verano, sólo para volver a su antigua forma de vida poco después. No importaba lo que hiciera, no lograba hacer progresos duraderos. Tal vez tú eras ese chico. Tal vez hoy te sientes como ese chico.

El libro de Hebreos trata del peligro de no estar a la altura de lo que sabemos que es verdad. El autor escribe a un grupo de cristianos que luchan por mantenerse fieles a Cristo. Es probable que sintieran la presión de volver a su antigua fe judía, especialmente después de enfrentarse a la persecución por no hacerlo. Así que el autor les insta (y a nosotros) a que continúen siguiendo a Cristo, a que presten más atención a lo que han oído, “no sea que nos desviemos” (Heb 2:1), a que no vuelvan a una vida de meros indicios cuando ya han visto la realidad misma.

A medida que el autor exhorta, advierte y apela, se detiene en medio de la discusión para abordar algo serio que entorpece nuestra perseverancia en la fe. Mientras persuade a sus lectores para que no vuelvan al antiguo pacto –porque Jesús, de un nuevo orden sacerdotal, es mejor que todos los sumos sacerdotes de ese pacto– se detiene de modo abrupto para hacer una observación sobre sus oyentes: sufren de un desarrollo espiritual detenido:

Acerca de esto tenemos mucho que decir, y es difícil de explicar, puesto que os habéis hecho tardos para oír. Pues aunque ya debierais ser maestros, otra vez tenéis necesidad de que alguien os enseñe los principios elementales de los oráculos de Dios, y habéis llegado a tener necesidad de leche y no de alimento sólido. Porque todo el que toma solo leche, no está acostumbrado a la palabra de justicia, porque es niño. Pero el alimento sólido es para los adultos, los cuales por la práctica tienen los sentidos ejercitados para discernir el bien y el mal. 

(Heb. 5:11-14)

Eran adultos tomando biberón. Una vez disfrutaron de un bistec espiritual, pero ahora estaban retrocediendo. Antes habían aprendido “los principios elementales de los oráculos de Dios” –que las Escrituras del Antiguo Testamento apuntan a Cristo, y se cumplen en Él– pero ahora necesitaban que alguien les enseñara de nuevo. Una vez habían escuchado y obedecido y reconocido a Jesús como Señor; ahora se habían “vuelto tardos para oír”.

Oidores perezosos

El autor dice que lo que quiere enseñarles es difícil de explicar. Fíjate en la razón que da para esto. No es porque la enseñanza sea demasiado profunda técnicamente y complicada de entender, tampoco por ser un misterio esotérico que sólo unos pocos iluminados pueden comprender, mucho menos porque se considere a sí mismo un mal maestro, ni porque piense que son inferiores en el área intelectual.

El diagnóstico que da es que “se han vuelto tardos para oír”. Una vez sus oídos espirituales estuvieron sincronizados; ahora ya no lo están. Esto es algo que les ha sucedido a lo largo del tiempo. La palabra que se usa para tardos es la misma que se utiliza para perezosos un capítulo más tarde (Heb 6:11-12). Se han vuelto holgazanes en su capacidad de escuchar la verdad.

Bíblicamente hablando, oír no es sólo escuchar sino también entender y obedecer. Con anterioridad en Hebreos, el autor habla de los israelitas que escucharon la Palabra de Dios pero se alejaron y no heredaron la tierra prometida: “a nosotros se nos ha anunciado la buena nueva, como también a ellos. Pero la palabra que ellos oyeron no les aprovechó por no ir acompañada por la fe en los que la oyeron” (Heb 4:2).

Escucharon las mismísimas promesas de Dios, en toda su esplendorosa misericordia y gracia, y aún así no perseveraron. Escucharon pero no continuaron en la obediencia. Escucharon la Palabra de Dios, pero se alejaron de su Señor.

Dejando la leche atrás

La pereza al escuchar llevó a un desarrollo atrofiado. Dice que aunque a estas alturas deberían ser maestros, todavía necesitan leche en lugar de alimentos sólidos. Deberían estar listos para graduarse de la universidad, pero ahora necesitan volver a la escuela primaria. Deberían estar disfrutando de un bistec, pero en lugar de eso, necesitan leche espiritual, para aprender de nuevo “los principios elementales” de la palabra de Dios.

Es importante señalar que el autor no minimiza la necesidad de la leche para exaltar las virtudes de los alimentos sólidos. Una dieta que consiste solo en leche no es mala en sí misma. Los pañales no son malos. Gatear por todos lados no está mal. Estas cosas no son malas en sí mismas, no para un bebé. Lo que las hace malas es la frase “ya debierais”. Ya no son bebés, y por lo tanto comportarse como uno es un signo de preocupación.

Recuerdo cuando mi hijo menor era un bebé. Celebrábamos todas las pequeñas cosas que hacía, desde gatear hasta sus primeras palabras balbuceadas. Pero si mi hija, que es seis años mayor, hubiera hecho las mismas cosas, no lo hubieramos celebrado. Nos habríamos preocupado mucho. Del mismo modo, el autor de Hebreos se preocupa de que parecen estar volviendo a una infancia espiritual. Él define esto con más detalle en Hebreos 6:1-2:

Por tanto, dejando las enseñanzas elementales acerca de Cristo, avancemos hacia la madurez, no echando otra vez el fundamento del arrepentimiento de obras muertas y de la fe hacia Dios, de la enseñanza sobre lavamientos, de la imposición de manos, de la resurrección de los muertos y del juicio eterno.

Recuerden que los lectores sintieron la presión de volver a su antigua fe judía, en especial después de enfrentarse a la persecución por no hacerlo. Ahora que Cristo ha venido, el autor de Hebreos quiere que sus lectores se aferren a la madurez del nuevo pacto, cualquiera que sea la persecución que enfrenten. No pueden volver al judaísmo. Deben dejarlo atrás e ir a la madurez que es la vida fiel a Cristo.

Es muy importante aclarar lo que quiere decir aquí con “dejar”. Dejar no significa deshacerse o prescindir y abandonar. Es similar al estudiante de primaria que ha aprendido el alfabeto: no desecha el alfabeto; las letras son esenciales para la comunicación del aprendizaje más avanzado.

Ya sea en la historia de la redención, o en nuestras propias vidas espirituales, el progreso hacia la madurez es acumulativo. Lo mismo ocurre con la doctrina cristiana. Los primeros principios son fundamentales y son esenciales para cada etapa de desarrollo. El fundamento del principio (el viejo pacto) no es el punto de llegada sino el trampolín hacia el nuevo. Así también la vida cristiana no es estática. Progresa, crece y madura. El retroceso es motivo de preocupación.

Cómo crecer en Dios

¿Y qué hay de nosotros hoy? La mayoría de nosotros no estamos tentados de volver al judaísmo dejando de lado a Cristo, pero muchos parecen sumidos en una vida espiritual estancada o incluso en retroceso.

Noten que Hebreos no sugiere que empiecen a comer alimentos sólidos. Es peligroso comenzar a nutrir con alimentos sólidos a los bebés que no pueden procesarlos. Cuando mi hijo era un bebé, hubo un período de tiempo en el que no mantuvo un peso saludable para su edad. El problema se debía al hecho de que no retenía bien la leche. La solución no fue empezar a probar la carne, sino trabajar para que pudiera retener la leche. Y es así como funciona con nuestro crecimiento y madurez espiritual: necesitamos retener lo que ya sabemos.

En la iglesia occidental, a menudo caemos en el error de que la madurez espiritual viene de obtener más información. Nos inscribimos en estudios bíblicos y clases de teología para satisfacer esta necesidad. Aunque esas clases pueden tener mucho que ofrecer, no siempre arreglan el problema de la audición perezosa. Por sí solas, no te llevan a la madurez. No se trata de una mera cuestión intelectual o educativa.

El autor dice que los maduros son “los cuales por la práctica tienen los sentidos ejercitados para discernir el bien y el mal” (Heb 5:14). La cuestión no es la falta de conocimiento sino la falta de práctica. A través de la obediencia, crecemos en la madurez para poder tomar alimentos sólidos. El camino hacia la madurez cristiana no es sólo llegar a ser una persona más educada, sino una persona más obediente.

Si Dios lo permite

La práctica entrena nuestros poderes de discernimiento para distinguir el bien del mal. Como un atleta que desarrolla la memoria muscular, cuando ponemos en práctica la Palabra de Dios entrenamos nuestros músculos de la fe para creer en el Señor y rechazar el pecado. Nos entrenamos a nosotros mismos probando y viendo que Dios es de hecho bueno cuando seguimos Sus órdenes, y nuestros poderes de discernimiento continúan creciendo. Así es como se ve el crecimiento en la madurez cristiana.

Pero no alcanzamos la madurez por nosotros mismos: “Y esto haremos, si Dios lo permite” (Heb 6:3). Esto es un recordatorio para todos nosotros de que este trabajo de madurez es uno que es dependiente de y dirigido por Dios. Al final del día, no podemos simplemente empujarnos a nosotros mismos hasta la madurez. Nos volvemos hacia Dios en total dependencia.

¿Sientes que tienes un desarrollo estancado o incluso detenido en lo que se refiere a tu crecimiento espiritual? ¿Anhelas avanzar hacia la madurez en tu fe? Si tu respuesta es afirmativa, acude a Dios con todo tu corazón, alma, mente y fuerza, y somete toda tu vida a Su Palabra, para conocerla, amarla, apreciarla y vivirla.

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Afshin Ziafat
Afshin Ziafat (@afshinziafat) es el pastor principal de la Iglesia de la Providencia en Frisco, Texas. Su pasión es enseñar la Palabra de Dios como la autoridad y guía para la vida, predicar a Jesucristo como el único Salvador y Redentor de la humanidad, y proclamar el amor de Cristo como el mayor tesoro y esperanza en la vida. Él y su esposa, Meredith, actualmente residen en Frisco con sus tres hijos.