Soy una persona que renuncia. Si lo soy, al menos lo soy en algunos aspectos. Hay partes y lugares de la vida en los que mantendré una determinación obstinada hasta el final (como, por ejemplo, todo esto del blog diario que he estado haciendo). Pero hay otros en los que me doy por vencido y que puedo abandonar con demasiada facilidad. Y uno de esos lugares es la batalla contra el pecado. Ciertos pecados, al menos.

Creo que Dios bendice la obediencia. Creo que Dios tiene bendiciones almacenadas para aquellos que son fieles en obedecer sus mandamientos. Él es un buen Dios que ama dar buenos dones a sus hijos. Yo quiero esos dones, el don más precioso de ellos es la cercanía, esa relación cercana con Él. A medida que voy matando el pecado y viviendo para la justicia, me doy cuenta cómo me acerco más a Dios, de modo que lo conozco mejor y confío más en Él. Por el contrario, cuando ignoro el pecado, lo fomento o me niego a confesarlo, encuentro cada vez más esa inquietante sensación de distancia relacional. Claro que lo hago, porque el pecado siempre es un acto dirigido contra Dios, siempre va dirigido a declararse independiente de Él. La alegría de la obediencia es la alegría de la cercanía; la maldición de la desobediencia es la maldición de la distancia.

Quiero la bendición y la alegría que viene con la obediencia conformándome a Cristo. La pregunta es, ¿lo quiero lo suficiente como para soportar la tentación por ello? Me gusta obedecer cuando la obediencia es fácil. Me gusta obedecer cuando la obediencia es un asunto rápido de sí o no o cuando es un asunto de rehusarme a aquellas cosas que al final no son una tentación. ¿Pero qué pasa con esos momentos en los que la obediencia requiere resistir? ¿Qué pasa con esos momentos en los que la bendición se encuentra al otro lado de una larga y seductora tentación? Es exactamente cuando me siento tentado a abandonar.

Y en esos momentos necesito recordarme que es necesario aguantar. Necesito aferrarme a las promesas de Dios. Necesito recordarme a mí mismo la alegría que me espera al otro lado de la tentación. Necesito asegurarme de que la obediencia vale la pena y que la desobediencia siempre decepciona.

A menudo converso con jóvenes que se están ahogando en la tentación sexual. Y quiero que sepan que Dios bendice la obediencia, pero esa bendición viene después de soportar la tentación. La bendición está esperando más allá de la tentación. Quiero que sepan que si soportan la tentación aprenderán que las promesas de Dios son verdaderas, que Dios realmente puede satisfacer y lo hace. Pero si pecan ahora, si sucumben a la tentación, ellos nunca sabrán, nunca aprenderán, nunca experimentarán esa dulce alegría y comunión.

A menudo converso con personas que están batallando con otros pecados, quizás pecados como el enojo. Cuando están experimentando la tentación, parece que la satisfacción sólo vendrá si ceden a ella. Se encuentran en una situación en la que están siendo aguijoneados, en la que la frustración crece, en la que los ánimos se encrespan, en la que parece que sólo pueden quedar satisfechos si explotan y se desahogan. Pero una vez más, Dios promete que hay una gran satisfacción en la obediencia más que en la desobediencia. Pero ellos tienen que resistir para descubrirlo, tienen que aguantar. Dios quiere que se aferren a Su Palabra por un tiempo más, y entonces podrán ver. Pero no lo verán si no se aferran. De nuevo, la bendición está más allá de la tentación.

A menudo converso conmigo en esas áreas donde el pecado es especialmente tentador para mí. Y me recuerdo que necesito aguantar. A veces pienso en Jacob quien tuvo que luchar con Dios toda la noche antes de que pudiera recibir su bendición (lee Génesis 32). Como Jacob, yo quiero mis bendiciones ahora. Pero algunas veces Dios me da las bendiciones solo después de haber resistido. Y cuando resisto, invariablemente encuentro que las promesas de Dios son ciertas, que Su presencia está cerca, que la obediencia fue mucho mejor que la desobediencia. Nunca me siento decepcionado.