Esta historia me tiene meditando mucho estos días. La conocemos y la hemos leído, pero realmente, al menos yo, no había profundizado en ella.

Esta historia la encontramos en Génesis 4. Todo un capítulo para hablar de la vida de los dos primeros hermanos que son tan diferentes. Dos hermanos que nos ejemplifican dos tipos de personas: un justo y un injusto.

Después de la caída, cuando ya había pasado un tiempo (v.3) estos hermanos nos ilustran lo que vemos a lo largo de toda la biblia: los creyentes y los no creyentes delante de un Dios justo. Dos corazones: uno que confía y otro que confía en sí mismo.

La ofrenda

Todos ofrendamos a algo, o a alguien. Una ofrenda es dar un tributo, material o personal, a algo o a alguien que honramos o apreciamos mucho.

El corazón de Abel era justo porque presentó una ofrenda aceptable a Dios (Heb. 11:4). Abel dio como ofrenda a Dios de la labor de pastor que realizaba, lo mejor que tenía. Caín, en cambio, dio del cultivo de la tierra, lo que él DECIDIÓ que era mejor ofrendar a Dios.

Abel deseaba agradar a Dios. Caín determinó lo que le agradaría a Dios. Esta es una consecuencia tangible de la caída. El hombre ahora conoce el bien y el mal, sin embargo, algunos desean abrazar las tinieblas y no la luz (Rom 1:19–20; Jn 3:19).

Lo único que ambos debían presentar era una ofrenda de obediencia porque honraban y confiaban en Dios. «Sin fe es imposible agradar a Dios» (Heb. 11:6a). Abel creía. Caín no. Abel obró justamente porque creía en Dios. Caín obró injustamente porque su corazón era autosuficiente y sin temor a Dios.

La historia sigue. ¿Cuál fue la actitud de Caín? Su actitud impactó grandemente mi corazón. Porque, para ser sincera, yo he actuado como Caín. Pero sigamos. Encontramos cuatro respuestas o actitudes de Caín hacia la advertencia de gracia que Dios le muestra.

Caín se enojó (v.7)

«¿Por qué estás tan enojado? Preguntó el Señor a Caín. ¿Por qué te ves tan decaído?». Luego de que el Señor no aceptara la ofrenda de Caín, éste respondió en enojo. Dios le explica por qué no aceptó su ofrenda y le advierte que, de continuar en enojo, el pecado lo podría dominar porque está a la puerta acechando. Aun así, Caín muestra una actitud de auto justicia. El enojo particularmente muestra que nuestros deseos no se cumplieron. Caín se enoja con Dios y continua con su plan malévolo impulsado por un corazón depravado, lleno de enojo.

Caín mató a Abel (v.8b)

«Mientras estaban en el campo, Caín atacó a su hermano Abel y lo mató». El autor Bonhoeffer explica sobre la palabra asesinato: «Es un odio a Dios por aceptar a otros que nos han ofendido, o porque Dios favorece con dones a otros».

Caín no solo no aceptó la advertencia de Dios, sino que ejecutó su propia justicia a su hermano justo. Su enojo lo vertió en su hermano. Muchos hacemos lo mismo. El enojo nos lleva a matar con nuestra lengua que está llena de veneno mortal, es maligna e incansable (Stg. 3:8). Justamente como Dios le dijo, el pecado lo dominó. Su corazón estaba enojado y con ansias de justicia. Tristemente no pudo ver la gracia de Dios en advertirle, en darle la oportunidad para arrepentirse.

Caín miente soberbiamente (v.9)

«Luego el Señor le preguntó a Caín: ¿Dónde está tu hermano? ¿Dónde está Abel? No lo sé contestó Caín. ¿Acaso soy yo el guardían de mi hermano?». Puedo sentir la soberbia de Caín. La recuerdo cuando uno de mis hijos me ha retado con sus respuestas al no desear obedecer la corrección a sus vidas. Caín, de manera soberbia y rebelde, no solo miente sarcásticamente, sino que encima su respuesta es de insolencia. Muestra la amargura e indiferencia al Dios tres veces santo.

El debería saber que Dios es Omnisciente, que Él todo lo ve y todo lo conoce. Dios no tarda en decirle que escuche cómo la sangre de su hermano clama a Él desde la tierra (v.10). Ni siquiera tuvo remordimiento o dolor por lo que le hizo a su hermano, como la Escritura relata sobre el corazón de Caín en Judas 11 y en 1 Jn. 3:12.

Caín no se arrepiente (v.13)

«Caín respondió al Señor: ¡mi castigo es demasiado grande para soportarlo! Mi castigo es demasiado grande para soportarlo. Me has expulsado de tu presencia; me has hecho un vagabundo sin hogar. ¡Cualquiera que me encuentre me matará!».

¡Ajá! Caín sí sabía lo que había hecho. Caín conocía lo que Dios pedía y quién era Dios. Pero no quiso la manera de Dios. Su necio corazón no se quebrantó, sino que se volteó a él mismo, a ver lo que sufriría. Quizás empezó hacer planes de cómo esconderse para que no lo matarán. De hecho, es como una queja victimizándose. Le preocupaba más lo terrenal, se preocupaba por él mismo. Lastimosamente no pudo ver la gracia de Dios.

Hay esperanza en Cristo

Yo he actuado como Caín, aun conociendo al Señor. Caín actuó como uno que no tenía esperanza. Y Dios sí se la dio. En las Escrituras no encontramos que Caín se arrepintió. Solo sabemos por los versos consiguientes que Dios no permitió que lo matarán al colocarle una señal y que incluso se casó, tuvo familia y edificó una ciudad llamada Enoc (v.v.16-18).

La sangre de Abel gritaba justicia, PERO la sangre de Jesús en la Cruz grita: perdón de pecados para que no andemos errantes y sin esperanza en esta tierra. Los pecados escondidos que nos esclavizaban ya no serán más nuestros dueños si tenemos fe en la obra terminada de Cristo, en Su muerte y resurrección. Bendita esperanza que ahora tenemos no solo una manera de cómo vivir, sino LA UNICA BUENA MANERA de vivir, la manera de Dios, en y por Cristo.

Mi corazón actúa como Caín. Buscando su propia justicia, creyendo que me puedo esconder de Dios o que no tendré una consecuencia por mis actitudes. Cristo ya pagó por nuestros pecados, ya nos ha justificado, su vida recta está en nuestro lugar delante de Dios.

Pero aun vivimos en cuerpos mortales que pelean con la carne todos los días (Rom. 7). Este mundo es como una garganta feroz que nos atrae para comernos. Lo que ofrende este mundo, nunca nos satisfará, sino que nos matará, pero el que hace la Voluntad de Dios permanecerá para siempre (1 Jn. 2:15-17).

Si nos dejamos dominar por el pecado, andaremos en obscuridad, envidiando a otros, alejándonos de Dios, sin perdonar, negando Su Gracia perdonadora y restauradora; si no traemos la fe en Cristo delante de Dios, caminaremos sin esperanza. ¡Qué ingratitud!

No son nuestras obras las que nos salvan. Cristo ya nos hizo justos. Él fue la obra justa y sigue siendo la única obra justa. Pero conociendo a Cristo, nuestro corazón debe rebosar de fe y esperanza, de agradecimiento.

Las buenas obras que hacemos son una respuesta de que Él mora en nuestro corazón y que nos ha escogido por Su Gracia para agradarle. Cristo es la ofrenda de paz entre Dios y los hombres (Lv. 3:1-17) de una vez y para siempre.

Por tener una esperanza en Cristo, sabemos que sus mandamientos son fieles y buenos para nuestra alma. Su manera, su propósito y su plan, siempre serán mejores que los nuestros (Is. 55:9-11), y en esto debemos confiar.

Aun cuando todo se vea injusto, la justicia que más necesitábamos ya nos fue hecha en Cristo. Nuestra fe está arraigada a la obra de Cristo, por la fe creemos en Él y por la fe seremos preservados hasta que Él regrese por nosotros. Esto es lo que le agrada a Dios, esta es la ofrenda que podemos dar todos los días, porque por gracia somos salvos por medio de la fe que es un don de Dios (Ef. 2:8).

Mientras más confías, mas descansas; tener o no tener fe, hace toda la diferencia.