¿Quién se habría imaginado diez, o quizás quince años atrás, que el cristianismo sería tan influenciado e iba a tener tanta influencia  por el mundo de las redes sociales, por el mundo del internet, por la era digital?

Blogs, páginas web de movimientos cristianos, canales de Youtube, grupos en Twitter, Facebook, Instagram. A la par con la cantidad de data e información que se genera y se comparte online, el mundo cristiano, si lo podemos llamar así, se ha movido y se sigue moviendo en un mundo que ya agrupa al 50% de la población mundial –aquella que cuenta con acceso a internet-. A todo esto, debemos sumar la crisis sanitaria global producida por el Covid-19, que ha llevado a que todas o la gran mayoría de las actividades eclesiásticas se muevan al internet.

Es relevante saber que la información sobre credos, confesiones, sistemas doctrinales, movimientos, denominaciones y pare de contar, se encuentran disponibles para cualquier persona en cualquier momento. Sin lugar a dudas este momento es único en la historia de la Iglesia.

Quiero compartir 5 peligros que enfrenta la iglesia hoy frente a la gran cantidad de ofertas disponibles en el internet:

Trivializar lo sagrado

Algunos han afirmado que vivimos en la era de la información. Una era en la que la información es la fuerza motora de los cambios sociales que se experimentan en el mundo. Expertos debaten si aún seguimos en dicha era, o si nos hemos movido a una era diferente. Al margen de las opiniones, este tiempo en que vivimos, nos abruma por la gran cantidad de información y de ofertas que vemos en línea. Podemos caer en la ligereza de trivializar aquello más sagrado de nuestro Dios.

Vemos tantos videos en Youtube o tantos artículos sobre determinado tema que, aun siendo un tema importante, nuestro corazón pude inclinarse a darle cada vez menos importancia. Y es que ver lo mismo una y otra vez, puede llevar a la monotonía. Ese es el peligro de la tanta información disponible en internet y, en un abrir y cerrar de ojos, podemos encontrarnos que el contenido de la página “X” o la entrada de hoy del sitio “Y” puede reemplazar nuestro devocional diario, y nuestra comunión con el Señor. Y algo similar ocurre con las conferencias.

Hace diez años, asistir a una conferencia cristiana como por ejemplo, “Together for the Gospel” era la máxima aspiración de muchas personas devotas. Hoy día, esto ha ido mermando, en parte, debido a la trivialización de los temas (no tanto en cuanto a la parrilla de invitados se trata), a la repetición de los mismos,  a la falta de internalización que hacemos (o deberíamos hacer) de las cosas, entre otros. Creo que el listado es muy largo, y no intento simplificar aquí algo que es bastante complejo. El mensaje es que debemos cuidarnos de no trivializar lo sagrado de Dios, como muchos creyentes han hecho en el pasado.

Canalizar el tiempo que es de Dios hacia otras cosas

Sabiendo que nuestro corazón es más engañoso que todas las cosas y además es una fábrica de ídolos, debemos estar conscientes de qué cosas disponibles en el mundo digital pueden convertirse en un ídolo para nosotros. Por la sangre del Cordero, estamos en un pacto. Este Pacto costó la vida del Hijo de Dios. Necesitamos predicarnos a nosotros mismos, día a día, que estar en ese Pacto implica que entramos en una relación, relación que debe ser cultivada a diario ya que de lo contrario, nos enfriaremos de la misma manera que Israel se enfrió como pueblo; nos encontraremos más lejos de Él en la medida que otras cosas reemplacen el tiempo y los pensamientos que debemos dedicar a nuestro Salvador.

La necesidad de la devoción personal nunca puede ser reemplazada por el contenido digital disponible con tan solo desbloquear nuestro Smartphone.

No valorar las opiniones de los demás

No verle la cara a alguien cuando “hablamos”, no significa olvidarnos del valor que tiene como criatura y/o como hijo de Dios (por eso es tan fácil insultar en twitter, Facebook u otras redes sociales). Es cada vez más común ver que la gente se enfrasque en discusiones, debates y foros (los comentarios de Youtube o Facebook se pueden convertir en el escenario perfecto para un foro) que llevan a minimizar la posición del otro, o peor aún, a dejar de valorar a mi prójimo. Somos tan proclives a valorar más nuestras opiniones que a otras personas que, en este caso, olvidamos que tratamos con hijos de Dios, hombres y mujeres comprados por precio de sangre. El gran peligro que corremos en este punto, como creyentes, es que si eso es lo que hacemos con otros hermanos, ¿qué nos espera del trato que le daremos a no creyentes?

No podemos perder de vista que cada persona lleva consigo la imagen de Dios y por tanto una dignidad y valor intrínsecos que le han sido dados por Dios. No se trata de nosotros, de querer ser el centro del universo, de querer siempre tener la razón. La razón la tuvo uno solo y se llama Jesucristo, y a Él debemos mirar cada vez que tratamos con nuestro prójimo, especialmente en áreas que no tienen que ver con la fundamental.

 

Querer estar más pendientes de otros de lo que deberíamos

Recientemente recibí unos comentarios de una persona que se identifica con la ortodoxia cristiana. En dicho mensaje él criticaba el estilo de adoración de una iglesia…y ni siquiera era el estilo de adoración de dicha iglesia: lo que criticaba era un “concierto” especial que esta iglesia organizó. En su crítica, esta persona afirmó que un ortodoxo no debía identificarse con estilos musicales contemporáneos que no obedecen a la “ortodoxia” cultural de la iglesia, o que no posee relevancia “estética” producto del seno de la iglesia (como lo podría ser un canto gregoriano, por ejemplo). Este evento me hizo cuestionarme muchas cosas, y una de ellas fue precisamente cuán inmiscuidos queremos estar en las vidas de los demás, de otros ministerios y de otras iglesias, al punto que podemos criticarlos públicamente sin ningún tipo de reparo.

Nuestros pensamientos son transmitidos del cerebro (o de nuestro corazón) vía nuestros dedos, a una pantalla, a través de un teclado. El medio de comunicación por excelencia en el hombre, que es la lengua, ahora es el teclado y la delgada línea que divide, por ejemplo, una denominación de otra, ahora solo está separada por un click de distancia. La delgada línea que separa una teología o un sistema teológico de otro, se encuentra a un enter de distancia. Es ahora, más que nunca, cuando debemos ser cuidadosos, porque si “de la abundancia del corazón habla la boca”, podemos decir que de “la abundancia del corazón habla el comentario”.

Nuestra vida se ha hecho tan impersonal, que cada vez que le hablamos a otro a través de las redes sociales, sin verle la cara, nos podemos creer el hecho de que le estamos hablando a un robot que, eventualmente nos responderá. Corremos el peligro de deshumanizar nuestra interacción con otros, y así, desvalorar completamente el imago dei –la imagen de Dios– de los demás.

Buscar la aprobación

Una de las grandes bendiciones de las redes sociales y del internet, es que nos mantiene comunicados. Somos relevantes para muchos, y podemos comunicarnos con amigos y familiares en tiempo real, aun estando a miles de kilómetros de distancia. Sin embargo, para algunos, las redes sociales y el internet se han convertido en un medio a través del cual pueden darse a conocer, sentirse importantes…sentirse valorados. Las redes sociales pueden convertirse en el peligro de la “aprobación”, del “número de likes” o del “número de vistas”. El número de likes y el número de vistas no son pecaminosos per se, pero pueden convertirse en el medio para elevar nuestro ego, nuestro sentido de relevancia, nuestro sentido de identidad. Nuestra identidad está en Cristo y algunos pasajes (Ef. 1:11,14,18; 1 Col. 1:12; Heb. 1:15; 1 Pe. 1:4) nos dejan bien claro cuál es nuestro llamado y cuál nuestra herencia en Cristo.

Por otro lado, es válido cuando un ministerio o una persona bien conocida en las redes, alguien que influencia, tiene muchos likes y vistas, cuando el propósito fundamental del que está detrás es alcanzar a más perdidos, o ministrar a más creyentes. Lamentablemente, como ya hemos mencionado, nuestro corazón es una fábrica de ídolos y es ahí cuando debemos cuidarnos de no convertir esos likes y esas vistas en un ídolo. Por otro lado, pretender poseer una identidad diferente en el mundo de las redes sociales, es una mentira que queremos hacerle creer a los demás, y aun así, es una mentira que podemos terminar creyendo nosotros mismos. Cuando mentimos, no amamos, y cuando no amamos, evidenciamos que las personas no nos importan. Así que mi invitación es a que puedas revisarte bien en este punto, y pedirle al Dios del universo que te ayude a enfocarte en Él y en lo que Él demanda de ti.

En resumen, seamos cuidadosos con las redes, y en especial, comprendamos en qué momento histórico nos encontramos, para “redimir bien el tiempo” para la gloria de Dios.