Mientras se celebra la Navidad cada año vienen a mi mente los recuerdos de los sentimientos que afloraban desde mi niñez en esta época. En aquellos tiempos, sentía un vacío, lloraba, tenía nostalgia de algo que me faltaba, algo difícil de explicar, y no se debía a que no tuviera un padre y una madre especiales para conmigo, ni se trataba de la ausencia de regalos, de comida y de reuniones familiares las cuales abundaban, ya que mi padre tenía 11 hermanos y mi madre 10, así que eso multiplicado por esposos, esposas e hijos, más los abuelos, era suficiente familia en la celebración. Los años que no pude estar en la casa de mi familia en esas fechas me sentía tan vacía.

Cuando me arrepentí de mis pecados y reconocí a Cristo como mi Salvador y Señor pude comprender que ese vacío se debía a la necesidad de un Salvador quien trajo esperanza y gozo a mi vida.

Debido al llamado que El Señor nos ha dado a mi esposo y a mí en las misiones, nuestras fechas de celebrar en familia no necesariamente han sido en Navidad, pero eso, no las ha hecho menos significativas, ni celebradas, pues mi esperanza está en mi Señor y eso nos lleva a celebrar nuestra esperanza en Él los 365 días del año.

Al meditar en la esperanza, podemos hacernos algunas preguntas:

¿Cuál es la deferencia entre la esperanza del mundo y la esperanza cristiana?

La esperanza del mundo en general como la define el diccionario de la lengua española es: “Estado de ánimo en el cual se nos presenta como posible lo que deseamos”[1] o sea que posiblemente pasará lo que deseamos.

Cuando vamos a la Biblia, que es nuestro manual de instrucciones, vamos a encontrar varios versículos que hablan de la verdadera esperanza que es Cristo, pero la palabra esperanza es crucial en la epístola de 1 Pedro.

Al hacernos nacer en espíritu a la esperanza viva, nos damos cuenta de la esperanzadora obra del nuevo nacimiento que se produce en nosotros por intervención divina. La esperanza, según vemos en la epístola, está conectada a la obra de Cristo.

“Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, quien según Su gran misericordia, nos ha hecho nacer de nuevo a una esperanza viva, mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, para obtener una herencia incorruptible, inmaculada, y que no se marchitará, reservada en los cielos para ustedes. Mediante la fe ustedes son protegidos por el poder de Dios, para la salvación que está preparada para ser revelada en el último tiempo” (1 pedro 1:3-5).

¿El fundamento de nuestra esperanza?

Qué bendición para nosotras sus hijas que cada día de nuestra vida, nuestra esperanza está puesta en Dios, y no en los hombres. Aunque a nuestras vidas llegan días de sufrimiento, dolor, enfermedad, pérdida; pues nunca faltarán debido al pecado que entró al mundo por Adan y Eva; sin embargo, el amor de Dios fue tan inmenso que envió a Su Hijo para que nuestra esperanza esté en Cristo.

“Que por medio de Él sois creyentes en Dios, que le resucitó de entre los muertos y le dio gloria; de manera que vuestra fe y esperanza sean en Dios” (1 Pedro 1:21).

El fundamento de nuestra esperanza debe ser Cristo y Su Palabra, aunque las pruebas lleguen y nos asusten. Él nos recuerda al final del Sermón del Monte estas palabras que deben consolarnos ante el sufrimiento:

“Descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y golpearon contra aquella casa; y no cayó, porque estaba fundada sobre la roca” (Mateo 7:25).

¿Cómo debemos mostrar la esperanza en Cristo en el sufrimiento?

Mientras caminamos cada día en esta tierra, el sufrimiento por tener celo de hacer lo que Él Señor nos manda es algo que vendrá, pero debemos tener la confianza que Él Espíritu Santo que mora en nosotras es nuestro intercesor ante Él Padre y estamos seguras en Cristo; por lo tanto, debemos estar preparadas para manifestar a Cristo con nuestra manera de vivir. La esperanza en Cristo es mostrada con mansedumbre y reverencia en aquellos momentos que somos insultadas, rechazadas, no amadas, por fidelidad y obediencia a Su causa.

“Pero aún si sufrís por causa de la justicia, dichoso sois. Y no os amedrentéis por temor a ellos ni os turbéis, sino santificad a Cristo como Señor en vuestros corazones, estando siempre preparados para presentar defensa ante todo lo que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros  pero hacedlo con mansedumbre y reverencia, teniendo buena conciencia, para que en aquello que sois calumniados, sean avergonzados los que difaman vuestra buena conducta en Cristo” (1 Pedro 3:14-16).

Conclusión

Amada hermana, oro al Señor por ti y por mí para que cada día de nuestra vida, sin importar las circunstancias, podamos celebrar que un día nació un niño en Belén a quien el Padre envió a morir en una cruz y derramar Su sangre hasta morir, fue sepultado y resucitado para nosotras tener la esperanza eterna en Cristo y recordarnos el evangelio en medio cualquier tormenta.


[1] Diccionario de la Lengua Española, Edición 2001

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Liliana Llambes
Liliana Llambés esposa de Carlos Llambés quien es pastor y misionero. Tienen 4 hijos adultos. Es consejera bíblica, y mentora en su iglesia local. Misionera de la IMB desde 2005 en Rep. Dominicana , 2014 en Ciudad de México. Co-produce el programa “Mujer para la gloria de Dios”. Tiene una Maestría en Estudios Teológicos en el Southern Baptist Theological Seminary Su pasión es llevar el mensaje de salvación donde el Señor la envía y hacer discípulos por la gracia y misericordia del Señor a mujeres de todas las edades, con el fundamento bíblico dela Palabra de Dios. Autora de “7 Disciplinas Espirituales para la Mujer” Puede encontrarla en Facebook : Liliana Llambes Page Twitter:@lilyllambes Instagram: @lilyllambes